Ya viene la navidad, ¿conoces su origen?
¡La Navidad! época de júbilo, de festejo, de fraternidad, de reconciliación . . . ¡Las luces, las fiestas. los regalos, el alboroto! lo variado, lo elaborado de lo que en estos tiempos se prepara de comida riquísima . . . -sí, literalmente: ¡en calorías también!- ¡Ah! pero ¿para qué, si no, las semanas y los meses enteros de trabajo y sacrificio -¡uf! y de ejercicio- si no se tiene el contrapeso, la recompensa? ¿Para qué los horarios y la puntualidad si no para, siquiera ahora, expansionarse, “reventarse” (como se decía todavía hace poco); disfrutar del acopio ganado -sí, ¡y muy merecido!- ? Sí, eso es: la Navidad; es una época, por definición, copiosa. O debe serlo. Queremos que lo sea.
Todo lo cual puede parecer pagano en extremo. Apartadísimo del júbilo humilde con el que debería tal vez celebrarse, en recogimiento y recato ante el acontecimiento trascendental de la llegada del Redentor entre nosotros . . .
¿Verdad? Pues no. Por cerca de cuatro largos siglos el nacimiento de Jesucristo no era lo que la iglesia principalmente celebraba. La Epifanía sí, identificada con el bautismo en el Jordán, fundamento del sacramento primero del cristianismo y en el cual, según el Evangelio de Mateo, estuvieron patentemente presentes las Tres Personas de La Trinidad. Pero, históricamente, la Epifanía desde luego tuvo lugar cuando Jesús contaba ya con bastantes años de edad -y no apenas doce días de nacido. La Pasión por supuesto, también fue ocasión de rituales desde los muy primeros tiempos del cristianismo. Pero, acerca de la Navidad en concreto, repasemos rápidamente la historia.
Aproximadamente en el año 200 de nuestra era, Clemente de Alejandría menciona varias fechas como posibles ¡ y las condena como supersticiosas ! El 25 de Diciembre era, en la antigüedad clásica, la fecha festiva del mithraísmo, la “Natalis Invicti solis” o sea “el Nacimiento del Invicto Sol de Philocalo”. Con lo cual los sirios cristianos de los primeros tiempos -que sostenían que la verdadera fecha era el 6 de enero- acusaron a los romanos de idólatras, de cultores de arcaicas Divinidades Solares.
En “Occidente” (específicamente en Roma) hacia el año 353, la Festividad del Natalicio se aunaba a la del Bautismo (Epifanía) del 6 de enero, y en Jerusalén fue totalmente suplantada por éstas últimas (fecha y festividad) desde 360 hasta 440, cuando el obispo Juvenal introdujo la festividad del 25 de diciembre, que hacia esas mismas fechas se establecía en Alejandría de Egipto.
La “Cuadragésima de Epifanía” (la Presentación en el Templo, que hoy celebramos el 1º de enero como la Circuncisión del Señor) siguió celebrándose en Jerusalén el 14 de febrero hasta el reinado de Justiniano. En casi todos los demás sitios de culto se había re-instituido desde hacía mucho al 2 de febrero como fecha institucional de La Presentación para concordar con la de la nueva Navidad. Los historiadores armenios refieren, empero, que en Jerusalén dicha transferencia de fechas ¡ocasionó desórdenes civiles!
En el año 340 los Padres de la Iglesia decidieron establecer definitivamente la fecha en coincidencia con el Solsticio de Invierno (y, así, voluntaria o involuntariamente, en la antigua fecha celebratoria del mithraísmo, como ya apuntamos, y que era también en la cual culminaba la semana de las “Saturnales” romanas, que tenían por objeto invocar -y celebrar-el retorno de los más prolongados días).
El extraordinario predicador que fue San Juan Crisóstomo (se le llamó así justamente por su elocuencia: crisosJomh significa boca de oro en griego), en un sermón pronunciado en Antioquía en diciembre de 388, arguye que la fecha de diciembre 25 era la conocida y aceptada en todo Occidente, desde Tracia (en Grecia) hasta Cádiz (en España) desde el principio (del Cristianismo, se entiende). La transición del paganismo al Cristianismo fue gradual, pero, a partir de la Caída de Roma en 476, se volvió muy aparente, ya que la iglesia era la única institución que ofrecía cierta estructura y coherencia en medio del caos civil y político.
II
Se cree que el “árbol de Navidad” se originó en Alemania, donde Bonifacio, misionero inglés del siglo VIII, cristianizando y catequizando a los adoradores de Odín, la divinidad teutónica, sustituyó el roble, emblemático de ésta divinidad, por la conífera (pino) que todos conocemos; adornándola de guirnaldas análogas a las que los romanos empleaban en las saturnales, pero adscribiéndoles un significado ya intencionadamente cristiano.
La tradición nos dice que fue Francisco de Asís quien instauró, en 1244, la costumbre del presepe ( = pesebre) -nuestro muy querido, tradicionalísimo “nacimiento”, como todavía lo conocemos- para conmemorar la alegría de la llegada del Redentor. Se le atribuye también a San Francisco la tradición de cánticos y músicas festivas para celebrar estas fechas. La música constituye, en efecto, incluso desde antes, un importantísimo elemento en la anual celabración del acontecimiento.
Y fue Martín Lutero ¡nada menos! quien instituyó colocar en el árbol velas encendidas -que los foquitos y la electricidad hoy sustituyen con una considerable disminución de riesgo de incendio -si, también, de auténtica poesía . . .
Dichas tradiciones, el pino y las velas, fueron privativamente alemanas hasta fines del siglo XIX; al contraer matrimonio con el príncipe alemán Alberto de Saxe-Coburg-Gotha, la Reina Victoria de Inglaterra adoptó esta costumbre -y con ella, gradualmente, no sólo Gran Bretaña misma sino el Commonwealth en general y, en su estela, los países del mundo anglo-hablante en su totalidad, lo hicieron también.
Y tras ellos ¿qué más que la evidencia misma? los países geo-económica y geo-políticamente situados (México, Puerto Rico), en la “primera línea” de la esfera de influencia de nuestros antaño “vecinos distantes” y ahora prácticamente socios inter-NAFTA/TLC . . .
San Nicolás, obispo y santo del siglo III de nuestra era, cuya fecha onomástica se celebra e el 6 de diciembre, ganó fama de dar regalos, principalmente a los niños, en ocasión del Natalicio del Redentor (niño al fin también Él en ese momento; el Divino Niño, nada menos). De la contracción de su nombre latino (anglicizado), Nikolaus, = ‘Klaus, se originó la tradición, parece que en los Países Bajos (Bélgica y Holanda).
Pero la costumbre se ha extendido al mundo entero, aun cambiando de nombre en algunas partes: Papá Noël, Kris Kringle, la Befana, Yule Tomten, Christkinli . . . En el proceso, de caballo blanco cambió a trineo tirado por alces. El otro cambio, a personaje rubicundo, rechoncho, riente, roji-blanco de atavío, fue tipificado -cascabeles y todo- en los años 30 del siglo pasado por dos factores determinantes: la publicidad y la Coca-Cola Company . . .
No me detendré en “las Posadas”, originalmente una Novena devocional como las que se dedican para solicitar la intercesión de algunos santos; nuestras tan queridas, tan entrañablemente vividas y ¡con cuánta nostalgia! recordadas posadas por quienes sentimos que la mayoría de las de hoy no tienen ya el apego a esos cánones entre rituales y familiares que solían tener la mayoría de las de antaño. . . Pero claro, “la nostalgia ya no es como la de antes...” tampoco (cito de memoria y mal la felicísima frase de Monsivais).
Hoy por hoy, sin embargo, la Navidad es ya una institución que rebasa el cristianismo que, directa o indirectamente, le dio origen. Si no totalmente “pagana”, sin duda que sí es ahora una institución civil y cultural; internacional, también -y, siéndolo, apenas (muy superficialmente, en este contexto) de índole religiosa. Pero el hecho mismo que “haya soltado las amarras” con sus raíces religiosas y que, ya así “liberada” haya, no sólo perdurado, sino que se haya incluso fortalecido (hasta por razones económico-comerciales nada despreciables, de todos conocidas), postulándose socialmente hasta -como ya apuntamos- consolidarse en indudable Institución, obedece a . . . ¿Qué?
Después de tanto aparente cinismo iconoclasta (que, con el permiso de Uds., yo insistiría en argüir es mera “objetividad histórica”), pecaré tal vez de ingenuo y/o de “increíblemente crédulo” (por paradójico que resulte el enunciado) si digo que, más allá de los inmediatos y evidentes motivantes económicos y comerciales ya mencionados, tengo la firme convicción de la existencia de un poderosísimo substrato emocional, muy humano, muy Nosotros todos, pues; y con ello y por lo mismo honorablemente nuestro ¡qué caray!) que mueve todo este macro-entorno social: el abrirnos -así sea por este corto tiempo- a la vulnerabilidad de manifestar nuestro no menos sensitivo y frágil deseo de hacernos amar . . .
Aquí es donde tienen cabida esas palabras que de costumbre apartamos con impaciencia, como a moscas -o a lágrimas- molestas e importunas: esperanza, anhelo, cariño, dádiva, ternura . . . ¡Sí, sí, pronto! ¡No nos gane la melosa cursilería del sentimentalismo! ¡Qué diantre! Somos gente práctica ¿qué no? Las computadoras . . . Los negocios . . . Lo demás. . . Los demás. . . Bueno ¡una vez al año! ¿eh? ¿Por qué no?
Guglielmo Perina
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