Analizando al amor
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Guglielmo Perina |
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Claro que no todo el mes -¡imagínense! todo el mes, aunque sea el mes más corto, cortitito- sino “oficialmente” sólo el día catorce, celebración de San Valentín. Desde días antes, ya lo sabemos, las tiendas vuelven a entrar furiosamente en un período de ventas de chocolates, caramelos etc. etc. las más de las veces debidamente envueltos en cajas, fundas, bolsas, forros... en forma de corazón y de color rojo.
Pero más que los índices de ventas, las gráficas comparativas con años anteriores y las previsiones para las ventas del año actual (y por qué no, las de los siguientes lustros y decenios) en ese rubro, asuntos todos ellos de agudísimo interés para las contabilidades, proyectos de inversión y de manejo de todo lo referente a producción, comercialización, réditos etc. de Capital Importancia para el Capitalismo que nos rige y nos condiciona -gústenos o no-, a mí en lo personal me parece harto más interesante abordar (ahora sí que de raíz) el tema del Amor -así, con mayúscula.
Y claro que por cuestión de espacio, y tantas y tantas otras limitantes, me veo forzado a abordar el tema desde un muy específico ángulo: el amor de pareja. (Que, además, creo que es el que se festeja; no el “amor a Dios” o al prójimo en general, o a los tíos y a los primos, a los hermanos y hermanas, o a los progenitores o a los hijos, ni a los hijos de los hijos . . .)
Aunque ellos todos ¡ qué caray ! también son muy dignos de ser amados y de que se les demuestre ese amor que por ellos tenemos. Y acerca de la “cauda” (léase: “cola”) del slogan: “del amor y la amistad” pues remitiría yo a mis lectoras/lectores a que leyeran el ensayo “De Amicitia” de ese clásico, tan empolvado ya, Marco Tulio Cicerón. Aunque hay ahora un ensayo -que a mí me pareció estupendo, penetrante y “actual”- de ese eminente sociólogo italiano Francesco Alberoni: “La Amistad”.
A mi ver, mucho del amor que tenemos por el prójimo resulta más bien encasillable en el amplísimo terreno de la amistad. Incluso mucho del “debido” a una buena parte de nuestra parentela.
El amor de pareja, en cambio, lo creo bastante inequívoca y certeramente apuntado a eso que es lo que de costumbre denominamos Amor. Admito que ello incluye las parejas de un mismo sexo. Lo cual, después de todo, es sólo una vertiente de esa inclinación principalmente erótica que sentimos por alguien; un alguien que, como nosotros mismos y nuestros semejantes, es un ser humano también, con todas las similitudes y las innumerables diferencias que a todos nos caracterizan.
Ahora que, en lo personal, y respetando mucho ese otro enfoque del amor, a mí quien me resulta sexualmente atractiva ha sido siempre una persona del otro sexo. Y eso a pesar de condicionantes paradójicas. Me explico. Me ha ocurrido sentirme poderosísimamente atraído hacia alguna mujer hacia la cual no tengo -habiéndola tratado y conocido así sea poco más que superficialmente- ni la más leve brizna de estima. Mientras que hacia alguno de mis amigos varones, que sí estimo y que considero dotados de atractivo varonil, pues todo queda en amistad y sencillamente no se me genera ni el menor asomo de atracción erótica.
Si estoy escribiendo esto es porque tengo la certeza de que la inmensa mayoría de mis compañeros seres-humanos, hombres y mujeres, son regidos por los mismos sentidos, instintos, etc. que yo. Es decir, siento que soy únicamente una voz que habla por ellos (casi)todos en medio del océano de mis semejantes; hombres y mujeres. Y como prueba creo que las estadísticas son implacablemente reveladoras: seis mil millones de humanitos y humanitas en este planeta. Con todas las características raciales, ideológicas, etc. por las que se les quiera clasificar, la constante es que obedecen fielmente a ese imperativo genético que nos rige a todas/todos.
En el cristianismo que prevalece en nuestra civilización, se diseñó “el sacramento” del matrimonio para instituir de manera “legal” los resultados de ese atractivo. Resultados que son no únicamente la convivencia y los “frutos” que en ella en promedio se originan (léase: la prole; hijas e hijos).
Pero siempre resulta interesante remitirse a “otros ángulos” para examinar el mismo fenómeno partiendo de actitudes que a nosotros, acostumbradísimos como estamos a las nuestras, nos resultan no sólo interesantes sino, creo yo, enriquecedoras por la diversidad implícita que nos brindan. Concretamente estoy pensando en la que es acaso la más antigua de todas las tradiciones religiosas y de la civilizaciones que, fundadas en ella, aún operan hoy en día. Me estoy refiriendo al Hinduísmo. Y de las derivadas como el Budismo y, menos directamente, el Taoismo, el Confucianismo, el Shintoísmo.
Nadie pone en duda la primordial importancia del instinto sexual. Vamos, no necesitamos ni siquiera quedarnos en lo humano. Ahí están todos nuestros “hermanos” (para hablar Franciscanamente)mamíferos para constatarlo.
Pero entre los humanos, y por las restricciones que la complejísima convivencia conlleva, sabemos a qué grado ha sido “reprimido” o, por lo menos, “condicionado”. Claro que hoy en día, ya en el Tercer Milenio y gracias al Sr. Freud hace “ma-o-meno” un siglo, ha vuelto a abrir los pétalos y, floreciente, invitarnos a participar de manera menos “subordinada” y restringida a su llamado. Y a Su dominio, agregaría yo.
No tengo ya espacio ni tiempo para extenderme más sobre el tema. Pero creo importante, en el contexto de este artículo, mencionar el culto que se le rinde en la India a esas “imágenes” (“ídolos”, si así lo prefieren Uds.) del Lingam-Yoni. El Lingam es el falo ( = el pene en erección) y el Yoni es la Vulva semiabierta para acogerlo. Es interesante saber que, al pasar frente a alguna de estas “estructuras” (¿? “ïdolos” o como elijan Uds. llamarlo), los pasantes hacen una reverencia (¿a esa “deidad”, a ese poderío?) antes de seguir por su camino.
En el tantrismo budista también econtramos la imagen del yab-yum que se tiene en tantas y tantas tangkas tibetanas que representa a algún Boddhisattva en coito con su Shakti; también siempre receptores de culto ritual de quienes enfrentan la imagen.
Feliz día de San Valentín.
Guglielmo Perina
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