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El amor es una fantasía

Lic. Hortensia Flores G.
 

Existen un sinfín de obras creadas o recreadas por grandes maestros de la poesía, de la música o de cualquier manifestación de las bellas artes,  historias de amor que por siglos han impactado e inspirado a la humanidad, obras que nacen ya sea como producto de la imaginación o inspiración de sus creadores, o bien; como tributo a un hecho histórico o al conocimiento popular que se considera digno de perpetrar a través de los años.

En el siglo XII, en que se da el nacimiento de las Universidades,  existió en París una mujer que no sólo destacó por su belleza sino por su extraordinaria preparación y conocimientos,  ésta mujer se llamaba Eloisa.  Un ser de fuerte carácter, de convicción y fuera de todos los cánones y costumbres de su época, que a sus 17 años sabía filosofía (estudió a los pensadores clásicos Platón,  Cicerón, Ovidio, Virgilio, Séneca,) griego, hebreo y latín,  lo que inspiró a su tío Fulberto, Canónigo de la Catedral de París, hombre interesado y mezquino, que buscó la forma de incrementar el acervo cultural de su sobrina adquirido durante los años de internado en el convento, contratando al mejor maestro de París, con lo que Eloisa lograría un “muy conveniente matrimonio”, con un importante aristócrata.

Resultó que en ese momento el gran maestro era Pedro Abelardo,  primogénito de una familia acomodada de Bretaña,  considerado el hombre más brillante de su siglo, que dominaba la dialéctica, filosofía y teología.  Abelardo fue un alumno brillante y a sus 20 años se convirtió en el profesor más seguido, admirado y solicitado entre el alumnado, un hombre poderoso por su capacidad de convocatoria,  famoso y adinerado, con cierto rango social en París, lo que despertó la envidia de algunos de sus superiores.

En esos tiempos, las personas dedicadas a la enseñanza debían ser célibes y eso no molestaba ni inquietaba a Abelardo, sin embargo al conocer a Eloísa,  la atracción hacia la chica fue algo que sobrepasó todos sus principios y su único propósito fue conquistarla.

Eloisa se enamoró perdidamente de Abelardo lo que la orilló a entregarse a él sin reserva alguna, desafortunadamente su relación fue descubierta por el tío Fulberto corriendo de su casa al maestro y encerrando a su sobrina, quien para ese momento estaba embarazada. Al enterarse Abelardo buscó la forma de sacarla de su cautiverio y la llevó a casa de una de sus hermanas donde nació su hijo Astrolabio, mismo que quedaría al cuidado de su tía.

La ira del tío Fulberto fue interminable, Abelardo buscó incansablemente la forma de aplazarla y lo consiguió al proponer como solución casarse con Eloísa en estricto secreto para no perder todos los privilegios que su posición de profesor le otorgaba.  El amor de Eloísa era tan inmenso y desinteresado, que al no querer perjudicar a Abelardo no aceptaba la propuesta,  pero ante la  presión de su tío accedió.  A partir de ese momento la vida de los enamorados fue desdichada y difícil, él no lograba concentrarse en sus actividades de docencia y ella sufría al tener que disimular ante todos y verse con él en secreto muy esporádicamente.

El tío Fulberto por convenir así a sus intereses, se encargó de revelar el secreto de los enamorados,  lo que originó una serie de tribulaciones a Abelardo, quien con el propósito de acallar las habladurías y evitar todas las consecuencias que por esto se suscitarían decidió recluir a Eloisa en el convento de Argentuil.  La decisión encolerizó a Fulberto, por lo que decidió castigar a Abelardo mandándolo castrar.  Este hecho hundió a Abelardo en una terrible depresión al grado de  no soportar la presencia de Eloisa y mucho menos la compasión de sus colegas y alumnos, por lo que decidió dejar la docencia e ingresar a la Abadía de San Dionisio en París, allí profesó después de haber participado en la ceremonia en la que entregaron el velo a Eloisa con el que se convirtió en monja.

A partir de este momento se podría considerar que esta historia de amor había concluido ya que inevitablemente Eloisa y Abelardo se separaron, pero no fue así, ya que Eloisa nunca dejó de amarlo, lo que se inició la  serie de cartas de amor que durante veinticinco años se enviaron y que hoy día son célebres a través de la autobiografía de Abelardo la cual tituló “Historia calamitatum” (Historia de las Calamidades) así como a través de otras publicaciones.

Abelardo fue avisado de que sería denunciado al rey por maldiciente,  por lo que consideró prudente huir y por voluntad propia se destierra a un lugar de nombre Nogent-sur-Seine en los Estados del conde de Champague, que era su protector.  Ahí inicia la construcción de un oratorio dedicado al Espíritu Santo conocido como el  Parácleto y continúa con sus actividades docentes.  Mientras tanto el convento en el que se encontraba Eloisa recluida es cerrado por falta de fondos y al no tener donde resguardarse, ella decide solicitar asilo a Abelardo junto con  algunas de las hermanas.
 
Los últimos días que Abelardo pasó en el Parácleto, vivió con el temor de ser llevado ante un concilio, y así fue, por eso al ser acusado de nuevo de herejía, sumido en la desesperación se refugia en el antiguo monasterio de Saint-Guildas de Rhuys.  Eloisa continúa con la obra y concluye el oratorio que Abelardo inició.

En 1142 Eloisa se entera de la muerte de Abelardo a los 63 años de edad y solicita al Abad de Cluny sus restos.  Estos son trasladados desde Chalons al Paráclito donde son sepultados. Veinte años después en 1164, muere Eloisa y siguiendo su deseo, la entierran en el mismo sepulcro de su enamorado y plantan un rosal sobre su tumba.

Cuenta la Leyenda que al momento de abrir el sepulcro donde se encontraba Abelardo para depositar los restos de Eloisa el esqueleto abrió los brazos para recibir a su amada en un último pero eterno abrazo.

El Parácleto fue vendido al Estado en 1792, sólo se excluyó el sepulcro de los enamorados el cual se mantuvo hasta 1808 cuando sus cenizas se trasladaron al Museo de Monumentos Franceses en París.  En 1817 las cenizas fueron sepultadas en el cementerio parisino de Père Lachaise, donde reposan en un mausoleo neogótico, en el que hoy día enamorados de todo el mundo siguen depositando flores sobre su lápida.

Cabe destacar que en 1988 Clive Donner filmó “Stealing  Heaven”  (Robado al Cielo),  con Kim Thomson y Derek de Link,  una producción británico-yugoslava, en la que Donner nos presenta una versión de esta impactante historia de amor.

¡ Hasta la próxima ¡

 

 
 
 
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