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Enero y febrero, desviejadero...
Primera Parte

Cristina Goddard
 

Enero y febrero eran, sin duda, los mejores meses para Lorenza Siller, especialista en sucesiones testamentarias. Su tarjeta de presentación era un tanto equívoca, ya que en la práctica sus clientes eran precisamente los otros, la inmensa mayoría de los deudos, los que sorpresivamente quedaban suspendidos en el vacío: los descendientes de intestados. Viudas y huérfanos a tutiplén.

Muy machos en vida, pero a la muerte le sacan la vuelta”, pensaba la abogada mientras conducía su BMW por Avenida Cuauhtémoc, rumbo al Sanborns del Centro Médico. Don Roque, el del estacionamiento, la saludó con deferencia mientras atoraba la contraseña en el limpiador del parabrisas y se apuraba a retirar la cubeta del lugar reservado para la Lic. Años de conocerla y generosas propinas explicaban ese trato preferencial. Lorenza bajó del auto, sonrió al empleado y se encaminó con paso firme hacia puerto seguro: Quo Vadis, Agencia de Pompas Fúnebres. El nombre del velatorio era tragicómico, al igual que la Funeraria Dante, unas pocas cuadras al norte. Sólo en México, en el D.F., en la Colonia de los Doctores, alguien podía etiquetar así la penúltima morada.

Lorenza vestía traje sastre negro, blusa blanca, medias de color oscuro pero translúcidas, zapatos de tacón no muy alto, un sobrio juego de aretes y collar de perlas. Discreta, pero impecablemente maquillada, las uñas manicuradas en tono nacarado. El pelo, castaño oscuro y salpicado con una que otra cana, tenía un corte moderno y apenas le llegaba a los hombros. Un tenue aroma de Chanel N° 5 emanaba discretamente de la abogada, conjurando imágenes de limpieza y frescura. El delgado portafolios color miel, de cuero suave y visiblemente usado, proyectaba una mínima pero contundente imagen profesional. La licenciada Siller no dejaba nada al azar, ni siquiera la cándida naturalidad que cautivaba de inmediato a sus prospectos. Tacto, oportunidad y sutileza eran su modus operandi.

Entró suavemente a la capilla ardiente, inclinó la cabeza y bajó la mirada en dirección al ataúd gris flanqueado por cuatro cirios eléctricos de luz roja. Se santiguó. Levantó los ojos y recorrió la habitación como si buscara a alguien específico. De inmediato, un hombre se acercó, se abrazaron y Lorenza musitó palabras de pésame. Acto seguido, alguien le cedió el asiento junto a la viuda, le ofrecieron un café, le prodigaron toda clase de atenciones. Nadie sabía quién era la mujer del portafolios, pero todos suponían que era conocida, cercana a la familia, importante. Nunca fallaba...

Después de un rato, alguien se animó a preguntar.

  • Perdone la indiscreción, pero no recuerdo su nombre
  • ¡Por favor! Soy yo quien debe disculparse por no haberme presentado antes. Lorenza Siller, a sus órdenes.
  • ¿La conozco de algún lado? ¿Conocía usted a mi papá?
  • ¿Su nombre..?
  • Agustín Cerecedo, para servirle.
  • Agustín, ¡qué gusto conocerlo aunque sea en estas lamentables circunstancias! Mire, yo vengo de parte de Don José Gómez Palazuelos, muy querido por su papá.
  • ¿Gómez Palazuelos? No creo recordar...
  • Don José le tuvo siempre infinito aprecio a Don Francisco y sólo por eso se atrevió a pedirme el favor de contactar a la familia.
  • El favor? Perdóneme, pero es que no entiendo...
  • Sí, mire usted. Aquí tiene mi tarjeta. Yo tengo una práctica profesional muy exclusiva y no suelo tomar estos casos, pero siendo el licenciado Gómez Palazuelos mi maestro, usted comprenderá que no me podía negar. Y créame, estoy aquí con mucho gusto y en la mejor disposición de ayudarle a su mamacita, a usted y a sus hermanos.
  • Licenciada, este... Siller, yo le agradezco mucho pero fíjese que...
  • ¿Dejó testamento Don Francisco?
  • Ay caray, no que sepamos
  • Agustín, tranquilícese. Yo comprendo que éste no es el mejor momento, que usted y su familia están muy afligidos, consternados, confundidos. Ya tendremos tiempo de hablar en los próximos días, pero sí quiero que se dé cuenta lo que implica una situación de in-tes-ta-do...
  • ¿Es grave, licenciada?
  • Nada que no pueda arreglarse por los procedimientos legales establecidos y ante las instancias que correspondan. Pero es un proceso que lleva su tiempo y, naturalmente, sus costos asociados.
  • Es que estamos tan gastados, Lic. Si no sé ni cómo le vamos a hacer para sepultar a mi papá y ahora esto del in-como-se-llama...
  • Agustín, Agustín. Vaya con su mamá que lo está llamando la pobrecita. Despreocúpese y atienda a su familia. Recuerde que, como decía su papá que en paz descanse, usted es el hombre fuerte. Espero su llamada, ¿me lo promete?
  • ¡Claro que sí, Licenciada Siller! Gracias por acompañarnos y por tomar nuestro caso. ¡Que Dios se lo pague!

Acto seguido, Lorenza se acercó a la viuda, la abrazó cálidamente y le ofreció efectivas palabras de consuelo. Se retiró del velatorio como había llegado: discretamente, con presencia, con clase. “Una persona tan fina”, “Tan sencilla ella”, “Como mandada del cielo”, “Gracias a Dios que vino”, “Dicen que es de lo mejor”, “Dios quiera y nos resuelva”. Apagados murmullos que le confirmaban, una vez más, el veredicto: la leyenda siempre la tejen los otros, anudando expectativas con el frágil hilo de la fantasía.

La licenciada Siller se encaminó con paso seguro a la siguiente agencia funeraria y, con las variantes adecuadas, representó idéntico papel. Un asunto, por demás interesante. Joven viuda, sin hijos, suegros desconfiados, atractivo seguro de vida. Mucha tela de dónde cortar, muchos resortes tensos que ella iría disparando según la conveniencia del caso.

Daban las once y media de la mañana y el hambre empezaba a estrujar las tripas de la abogada. Una expresión acuñada por ella misma, ya que su perspectiva de la vida se basaba en años de paciente observación: Somos animales de carne y hueso, viscerales y básicos. Al final, siempre son las entrañas las que dictan nuestro comportamiento. La moral la determina invariablemente un puñado de tripas. La jornada había empezado muy temprano, a las 7 de la mañana. Llegó al Sanborn’s, se sentó en su gabinete de la esquina norte, saludó afablemente a Marisela – su mesera – y mientras llegaba un desayuno que no había tenido necesidad de ordenar, hojeó rápidamente El Financiero y Excélsior. Se distrajo momentáneamente para disfrutar de lleno un plato de huevos rancheros, picositos y acompañados de frijoles refritos gratinados y totopos crujientes, jugo de naranja y molletes doraditos con mantequilla. Una taza permanentemente llena de café, hacía aún más placentero el prolongado almuerzo. Éste era un momento privilegiado para Lorenza, una merecida gratificación oral y un espacio que le permitía revisar sus estrategias, analizar el desarrollo de los casos, planificar nuevas intervenciones. “¿Más café, Lic?”, preguntaba la mesera mientras llenaba la taza sin esperar respuesta. “Así está bien, Marisela. ¿Cómo van las cosas con tu hijo? ¿Te está llegando la pensión todos los meses?” En ese momento, Lorenza Siller dobló el periódico, levantó la mirada y le hizo saber con su lenguaje corporal a la mesera, que ella, Marisela, era lo más importante en ese instante. Lorenza le había llevado, exitosamente, un juicio para obtener la pensión alimenticia de su hijo. Sin cobrarle nada, ni un centavo. Bueno, sin cobrarle casi nada, porque Marisela era una de sus más acertadas informantes, sin saberlo siquiera. La mesera, para mitigar un poco el cansancio de las ocho horas de pie, se distraía pescando al vuelo fragmentos de conversaciones. Secretos íntimos, escándalos, artimañas, reputaciones pisoteadas, amenazas, intrigas, engaños. Los acongojados y enlutados clientes, prófugos de los cercanos velatorios, hablaban como si ella no existiera... Pero, ¿de qué valía enterarse de todo esto, si no podía compartirlo? Por eso le gustaba atender a la licenciada que venía unas tres o cuatro veces por semana a almorzar. Ella sí le prestaba atención, ella sí la trataba como persona. La licenciada siempre escuchaba, preguntaba detalles, compartía. A Marisela, sin poder ponerle nombre a la relación, le encantaba esa inocente complicidad con su cliente preferida.

Años atrás, la estudiante de Leyes había caído en cuenta que legalidad y justicia no eran sinónimos. Primero había experimentado desencanto, luego había optado por el cinismo. Si ésas eran las reglas del juego, las utilizaría a su favor minimizando esfuerzos y maximizando beneficios. Después de explorar distintas ramas del derecho, se había decidido por la especialidad de sucesiones testamentarias como la alternativa que mejor se ajustaba a su perfil: una práctica independiente, ingresos interesantes y poder absoluto. Lo que realmente había seducido a Lorenza Siller, a fin de cuentas, había sido el poder. Sus prospectos, como ella elegantemente los llamaba, eran dúctiles figuras de arcilla en sus manos.

Ya eran casi las dos de la tarde y Lorenza dobló el periódico para pedir la cuenta. Cuando Marisela la trajo a la mesa, la abogada puso su mano sobre la de la mesera y le dijo: “Como siempre, todo estupendo Mari. De verdad que es un gusto tratar contigo. Salúdame a tu chamaco y por aquí nos vemos la próxima semana. Cuídate,” al tiempo que dejaba una generosa propina de treinta pesos. Cuando se levantó y dirigió a la caja para pagar, varias miradas la siguieron. Su magnetismo era infalible. Sonrió al cajero, le dio diez pesos a Don Roque y salió del estacionamiento rumbo a su despacho en la Colonia del Valle. Las tardes las dedicaba a entrevistar clientes y a trabajos de investigación. Camino a la oficina, se activó el vibrador de su celular y tomó de inmediato la llamada.

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Cristina Goddard
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