Shangri-la
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Cristina Goddard |
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Mi madre murió cuando yo vine al mundo. Por eso nos quedamos a vivir con las tías, las hermanas de ella. Dicen que antes de morir, le arrancó a mi padre el juramento de que siempre las cuidaría. “Sólo así pudo descansar en paz,” decía mi nana, “con la certeza de que el celador, sería celado siempre.”
Crecí escuchando historias como ésas en estos corredores eternos, preñados de murmullos, frases a medias, incómodos silencios. Nunca supo el pueblo porqué el joven médico se había casado con Elena Saldaña. No había sido por interés; se decía que el doctor prestaba poca atención al dinero. Ella era mayor que él, poco agraciada, hosca... “Algo pasó mi niño, porque su padre se echó a cuestas una cruz de por vida.” Cuando a los quince años de casados Elena anunció su embarazo, todos pensaron que el niño cambiaría la vida gris del matrimonio. Pero mi madre se llevó a la tumba esa posibilidad y mi padre se encerró en un mutismo absoluto. Lo recuerdo distante, frío, como si mi presencia lo irritara. Siempre fue así. Es hasta ahora que, sonriéndome desde el fondo de una caja, me invita a descubrir un pasado que yo ignoraba.
Regresé a Sayula después de veinte años. A los doce me mandaron interno con los jesuitas; muda pero contundente señal de que no querían nada conmigo, que simplemente no me querían. El pueblo sí había cambiado. La casona y las tías, no. Fue un velorio de los que duran toda la noche. Luego, bajo un sol inclemente y envueltos en una ventisca de arena salina, sepultamos a mi padre. Los dolientes se dispersaron y ya solos los tres, regresamos a casa en silencio. Nos sentamos en la sala de espera del consultorio. Ellas se miraron entre sí y me dijeron: “Tu padre no dejó testamento; no tenía nada. Ni dinero, ni ambición. Ahí dentro están sus cosas. Tú que eres hombre, dispón de ellas. Ya sabes que nosotras nunca entramos al despacho. Toma lo que quieras y luego vete.” Cruzaron el vestíbulo y, enmarcadas por el arco del patio, el rojo crepúsculo se tragó sus siluetas.
Cuando abrí la puerta no me sorprendió lo escaso de las posesiones de mi padre. Su proverbial austeridad rayaba en ascetismo. Posé la mirada sobre sus polvosos libros de anatomía, acaricié el obsoleto instrumental, abrí distraído la Biblia con tapas de cuero. Mis ojos ausentes recorrieron los estantes, hasta detenerse en una brillante caja de latón, la misma que tengo ahora entre mis manos. La bajé de la repisa, la agité y su ruido crepitante de hojarasca me intrigó. No quise abrirla enseguida. Una mezcla de pudor y miedo me lo impidieron. Adornan su tapa colores chillantes que dibujan un paisaje de cielos azules, volcanes níveos, nubes blancas, ríos, cascadas y un sendero que se pierde en el horizonte. En la caligrafía perfecta de mi padre, aparece escrito un solo vocablo sobre la etiqueta amarillenta: Shangri-La.
La palabra es poderosa, conjura en mi mente imágenes idílicas, la tierra mítica, el paraíso perdido. Algo me dice que esa etiqueta no fue producto del azar. Contenido y significado seguramente tuvieron una relación unívoca para mi padre. Esa certeza enciende mi deseo por abrirla, al mismo tiempo que el temor me sobrecoge. Una noche oscura, sin luna, envuelve el valle. Sintiendo su abrigo protector, me decido.
La tapa no cede fácilmente, las líneas ocres de herrumbre me cuentan que no ha sido abierta en mucho tiempo... ¿Por qué? Con la ayuda de un bisturí logro destrabarla. Cede la tapa y siguiendo su inercia, la hoja de acero rasguña mi pulgar izquierdo. Una raya perfecta, una línea roja, una gota de sangre que cae sobre la primera fotografía. Desde ella, un joven me mira fijamente. El ángulo particular del pabellón de la oreja, el arco de sus cejas, su frente, me recuerdan mi propia imagen frente al espejo. También hay una mujer, seguramente su madre, que lo abraza. Los veo nuevamente a ambos y no me cabe duda: los pómulos salientes, la boca y el mentón son como los de ella. Observo la oscura gota de sangre que se seca sobre su pecho femenino, como si mi violenta irrupción en su vida le hubiera roto el corazón. Debajo hay más fotografías, seis imágenes en orden cronológico, regresivo. En todas aparecen ella y él: primero joven, luego adolescente, después niño. En todas aparecen él y su madre, menos en la última. En ésa, desde el fondo de la caja, el rostro de mi padre sonríe abrazándola a ella, sentada sobre su regazo, colgada de su robusto cuello. Siento un nudo en la garganta. Es la primera vez que veo sonreír a papá. Repaso nuevamente las fotografías y éstas me cuentan una historia sin palabras.
Las sostengo, tembloroso, en mis manos. Son como un mazo de cartas, como un oráculo revelador. Sé que si veo el reverso, ya no habrá marcha atrás. Me acobardo, titubeo. Pero la sonrisa de mi padre, la que nunca imaginé siquiera, la que jamás fue para mí, me anima, me fortalece. Leo nombres, fechas, lugares, dedicatorias: ahora las imágenes hablan. Con estos fragmentos hilvano la trama y poco a poco emerge la historia del hombre que nunca conocí: vital, apasionado, temerario y, al final, prisionero de su propia cobardía. Las fechas de las fotografías se traslapan peligrosamente con las que legítimamente pertenecieron a Elena Saldaña. La fotografía donde mi sangre abre una herida en el corazón de la mujer, está fechada siete meses antes de mi nacimiento... Sin duda, ésa fue la última. Puedo imaginar a mi padre eligiendo el deber. Sepultando en la caja amor, pasión, deseo. Colocando la fotografía encima de las otras y cerrando la tapa para no volverla a abrir jamás.
Cerrar la caja marcó el principio del infierno para papá; abrirla significa el final del mío. Vuelvo a mirar el último eslabón de esa historia trunca. Me reconozco plenamente en el joven que sigue mirándome y por primera vez en la vida, no me siento solo. Amanece, escucho el canto del gallo que rasga la noche y veo la luz que invade todos los rincones. Cierro la caja, aliviado.
Mi padre ausente se ha ido para siempre, pero en mis manos tengo mi redención, la promesa de un hermano, el paraíso perdido.
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