Fruta exótica
 |
Cristina Goddard |
|
Carmela sólo comía pitahayas coloradas y zapote negro. Cuando la estación no era propicia para estos frutos, se sometía a un prolongado ayuno apenas aliviado por una infusión de azahares endulzada con piloncillo. Amenazas, ruegos, castigos y súplicas de amigas, autoridades y clientes jamás lograron cambiar la extraña dieta de La Ventanera. Este sobrenombre obedecía a su particular manera de publicitar sus servicios profesionales. Carmela se asomaba por la ventana, con escasa ropa, e inducía a los transeúntes a subir a la buhardilla para entablar una relación personal y, en la mayoría de los casos, duradera.
Todo marchaba sobre ruedas, hasta la tarde aciaga cuando uno de sus clientes más añejos, el Profesor Margáin, divagó sobre el calentamiento global y los microclimas, sembrando así la semilla de la fatalidad en la mente visionaria de la sexoservidora. La Ventanera era una profesional ecléctica, ya que además de dominar las artes de su oficio, se interesaba por todo aquello que enriqueciera su vasta cultura general. Por eso, cuando el Profesor dejó los reales sobre la mesita de noche y salió por la puerta, Carmela avizoró que sus días estaban contados. Más pronto que tarde la sequía o el diluvio arrasarían con las fuentes primigenias de su supervivencia. Sin pitahayas coloradas ni zapote negro, moriría de inanición.
El desgano y la melancolía hicieron presa de Carmela, con el consecuente impacto en su trabajo. Poco a poco, como se evapora un charco de agua, así fue menguando la clientela hasta desaparecer por completo. La imagen de La Ventanera emergiendo de la buhardilla daba lástima y generaba suspicacia. ¿Qué había provocado esa mudanza de ánimo? Presa del secreto de confesión, la mujer se negaba a develar el intercambio ocurrido durante aquella tarde, entre ella y Amador Margáin.
“¡Llevémosla con el Chino!” sugirieron sus correligionarias. Y entre todas cooperaron para pagar los honorarios del asiático que prometía curas milagrosas con métodos alternativos del legendario oriente. Los dos mutismos, enfrentados, generaron una singular sinergia que salvó los abismos culturales y permitió la comunicación sin palabras. Durante esas visitas vespertinas, ambos sanadores sellaron un pacto indisoluble.
A La Ventanera le salieron rubicundas chapas, embarneció y su frondoso continente volvió a asomarse por la buhardilla. Con renovada enjundia acometió el despliegue de sus legendarias artes, y la clientela regresó a pagarle con interesantes divisas: plata, rumores, secretos y tejemanejes. El Chino subió como la espuma, acumulando poder, fortuna e influencias. Tanto así, que se avecindó legalmente en el país, con papeles y toda la cosa.
Carmela pelaba su pitahaya colorada y majaba su zapote negro, no sin antes desprenderles la etiquetita de produce of China. Un lejano invernadero mandarín le garantizaba disponibilidad de ambos frutos todos los días del año. En reciprocidad, ella le susurraba al Chino el quién, dónde, cuándo, cómo, qué y con qué necesarios para lograr el perfecto equilibrio de su ying y su yang.
Lo demás, es historia. Ya ven que nunca falta un alma bienintencionada que mete aguja y saca hebra… El hilo de Ariadna que conduce a un laberinto cada vez más intrincado.
Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com |
|