Tardes de plata
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Lorena Careaga Viliesid |
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Uno de mis recuerdos más antiguos y permanentes es la limpieza de la plata. Debía yo tener unos 6 o 7 años, o sea que muchas tardes de lluvia han transcurrido en casi cinco décadas desde entonces.
Una vez al mes se le dedicaba, en mi casa, una tarde entera a la plata. Nos sentábamos en la mesa de la cocina, acogidas por el calorcito y los aromas que salían del horno, rodeadas de los mosaicos de Talavera azules y blancos que cubrían las paredes. Nos sentábamos todas: la cocinera, la costurera (a veces, pues era una señora ya muy mayor), la mucama, la lavandera, la nana y la niña. O sea, yo. Todas menos mi madre, cuya vida sucedía en latitudes, dimensiones y planos más elevados. Pero de ella venían la orden y las instrucciones.
Mientras una de las sirvientas traía poco a poco a la cocina todas las piezas de plata que estaban en el comedor y en los cajones del trinchador, otra preparaba la mesa cubriéndola con periódicos, sacaba un frasco de sustancia blanquecina y olor penetrante, los cepillitos para los adornos barrocos y las esquinas rebeldes, y los paños de franela de distintos tamaños.
Me dejaban escoger las piezas grandes y lisas que costaba menos trabajo pulir y que pronto y sin esfuerzo quedaban como espejos: platones, charolas, platos base y platitos del pan, además de alguno que otro cenicero. Las jarras eran una lata, lo mismo que el juego de te de mi abuela, que hasta samovar tenía, y que por lo tanto le tocaba a las adultas. Los cubiertos - tenedores, trinches, cuchillos de carne, de pescado, de mantequilla, cucharas de sopa, cucharitas de postre, cucharillas de café, cucharones de servir - eso se limpiaba aparte, en el fregadero de la cocina, con un líquido especial, agua y jabón, y era la tarea privilegiada e incompartible que la cocinera se había adjudicado a si misma.
Las más de las veces sonaba el radio, pero casi nunca música, pues era la hora dramática de las radionovelas: Kalimán, Chucho el Roto, El Ojo de Vidrio, El Derecho de Nacer y una antigüedad cubana, La Tremenda Corte, que nos tenía riendo a carcajadas de principio a fin. En ella un juez trataba de impartir justicia a un pillo redomado que se llamaba Tres Patines, que siempre timaba a una señora, Nananina, quien clamaba justicia junto otro personaje de cerrado acento gallego. Al final, el juez siempre terminaba diciendo: “Escriba ahí, señor secretario”. Y éste siempre gritaba “Venga la sentencia”, la cual era impartida por el juez en verso y usualmente en contra de Tres Patines, para hilaridad del auditorio.
Luego se apagaba el radio y venían las rememoraciones. La cocinera y la nana, que trabajaban en mi casa desde hacía 25 años, relataban cómo se había ido añadiendo cada pieza de plata a la colección, de dónde venía o quién se la había regalado a mi madre, qué anécdotas se entretejían a su alrededor, cuáles - muy pocas - eran de rancio abolengo por haber pertenecido a bisabuelos y tatarabuelos.
Y finalmente - tarea en la que a mi me daba mucha pereza participar - se regresaba el lustroso y lustrado juego de te al lugar honorífico que ocupaba en el comedor, cada platón y platito de brillo encandilado a su funda de fieltro verde, los cubiertos renovadamente limpios a sus respectivos compartimentos en sus respectivos cajones. Desparecían los periódicos manchados y los paños usados y todo mundo debía lavarse larga y cuidadosamente las manos, disolver con jabón el negro del óxido de la plata y los resabios blancos del líquido limpiador.
Sin pensarlo, danzábamos a los últimos acordes y compases de un baile doméstico que ya entonces era solariego y que ahora es historia.
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