Tierra caliente
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Cristina Goddard |
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Cuando murió la Sra. Adams, el desconocido campamento Black Marshes salió del anonimato a la luz pública. Perdido en la espesura de la Guyana Británica, sólo era accesible por avioneta en ciertas épocas del año. Su clientela era muy particular: gente blanca, angloparlante, entomólogos por afición o profesión, agnósticos y sumamente reservados huéspedes. Nadie llegaba por azar; todo aquél que lograba encontrar el sitio era referido por un visitante previo. Black Marshes se regía por un tácito pero solemne código de honor: jamás revelar la identidad propia ni pretender conocer la ajena. Un mínimo de buenos modales y diálogos acerca del clima eran suficientes para aceitar la maquinaria social de aquellos cazadores de insectos insólitos. El secreto transmitido a voces se mantuvo por años en ese selecto y esotérico círculo. Pero un día asesinaron a la Sra. Adams y el encanto desapareció como cuando a los caimanes se los tragan las arenas movedizas del pantano.
Tom Reeds encontró a la vieja australiana tendida boca abajo en la hamaca de la habitación número12. De su espalda adiposa manaba un espeso chorro de sangre oscura. Tom Reeds era nativo de Black Marshes y el guía oficial de las expediciones. Aborigen, sin edad ni pasado, era quizá el activo más valioso del campamento. Tom Reeds nunca faltaba a su palabra y había prometido a la Sra. Adams que pasaría por ella a las 4 de la tarde, después de la siesta, para llevarla a un manglar donde podría ver una colonia de escarabajos turquesa con cornamenta. El guía llegó a las 4, tocó la campana de la habitación 12 y aguardó prudentemente varios minutos. Cuando vio que un líquido negruzco avanzaba por el piso y traspasaba el umbral, decidió entrar. Inmutable observó la escena, se abstuvo de tocar nada y corrió a informar de lo sucedido a Master Jeremy. El administrador escuchó, dio instrucciones precisas a Tom y decidió no tomar acción alguna sino hasta después de la cena. Acertadamente pensó que nada ganaría con precipitarse.
Era difícil saber con precisión cómo había llegado la Sra. Adams a Black Marshes. Pero ahora que estaba muerta, asesinada a sangre fría, era necesario averiguar quién era ese obeso personaje. Mientras los huéspedes tomaban en silencio la acostumbrada copa de oporto en el porche, Jeremy se alejó discretamente rumbo al bungalow de los acontecimientos. Ninguna persona había reparado en la ausencia de la Sra. Adams, y de cualquier forma, aún notándolo alguno de los huéspedes, nadie se hubiera atrevido a preguntar o comentar al respecto. Jeremy aprovechó la oscuridad del sendero para calzarse unos guantes de látex, de los que usaba para manejar las delicadas estructuras de los insectos que coleccionaba. Entró al cuarto y el dulzón aroma de la descomposición le llenó las fosas nasales. Se cubrió la nariz con un pañuelo impregnado en lavanda y venciendo su pudor, empezó a registrar las escasas posesiones de la víctima. No tardó en encontrar el pasaporte y descubrir que en caso de muerte, accidente o emergencia debía contactarse a Sir Harold Adams, Embajador de Australia ante la Commonwealth. El escándalo proyectó su sombra amenazante sobre el pálido rostro del administrador.
Mientras Jeremy solicitaba urgentemente por la banda civil de radio la presencia del Comisario de Policía de Georgetown, los huéspedes comentaban sobre el torrencial aguacero de la madrugada previa y su estupendo efecto para las colonias de milípedos atigrados. El Dr. Bradshaw se mostraba impaciente. Comentó que probablemente había extraviado su cuchillo durante la excursión de la mañana. Al querer desprender un enjambre de avispas, se había percatado de su ausencia. –Es un cuchillo Bowie, comentó mirando fijamente al Texano Jim. El hombre de camisa a cuadros y sombrero Stetson siguió masticando tabaco sin inmutarse, contemplando el reflejo de las antorchas en sus lustradas botas de piel de avestruz. Miss Simpson movía sus ojitos nerviosos detrás de sus anteojos de gatito y fingía toser para cambiar el curso de la conversación. Al fin el Profesor Goldsmith captó la atención de la concurrencia al mostrarles un bello ejemplar de una Mantis Rex, verde esmeralda y que medía casi cincuenta centímetros de largo. Surgieron teorías, explicaciones, preguntas y se disipó lentamente el enrarecido ambiente del porche.
A la mañana siguiente, justo al terminar el desayuno, Jeremy presentó los hechos de la noche anterior, así como al Comisario de Georgetown, ante la atónita mesa de exploradores. Empezó el interrogatorio, uno por uno. Las preguntas buscaban determinar la proximidad en tiempo y distancia de alguno de los sospechosos a la habitación de la Sra. Adams. Este largo proceso se llevó todo el día, hasta el momento en que apareció la nauyaca.
Cuando Tom Reeds se percató de la presencia del colosal ofidio enroscado en la columna central del salón, susurró el grito de alarma: Mayhem, mayhem. Nadie se movió, todas las miradas convergieron en las masivas fauces de la serpiente que sostenían un cuchillo ensangrentado. En su lenguaje viperino el temible reptil espetó su declaración: -Yo también estuve en la habitación número 12. Tom fue el único que entendió el mensaje, ya que sólo los nativos de Black Marshes pueden comunicarse con las alimañas en ese código ancestral. La nauyaca echó hacia atrás la poderosa cabeza y arrojó el cuchillo al centro del salón. Un intenso efluvio de cacao, melaza y aguardiente envolvió a los estupefactos espectadores. Cuando apareció la cocinera, toda ébano y misterio, el dedo acusador del Comisario la señaló. En su declaración, utilizando a su esposo como intérprete, Margareth Reeds confesó que ante el hechizo que ejercía la Sra. Adams sobre su Tom, no le había quedado más remedio que quitarla de en medio. El Georgetown Herald publicó la noticia, el espantoso crimen se comentó en los altos círculos diplomáticos y la jungla devoró en un par de años el paraíso entomológico de Black Marshes.
Tom Reeds es ahora un salvaje desnudo que vaga por la espesura repitiendo el mensaje que acabó con el paraíso, el mensaje revelador de la serpiente: yo también estuve en la habitación número 12...
Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com
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