Cuento corto: "De la prisión"
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Cristina Goddard |
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“Muerto en vida “, dice Tere mientras teje sin ver las agujas. Derecho, revés, derecho, revés, derecho revés... Yo miro cómo el estambre se convierte en una tira larga mientras mi abuelita sostiene la bocina con el hombro y habla con su comadre. Nadie le decimos abuela, todos le decimos Tere.
“Seguro habla del Abuelo”, pienso mientras hago mis planas de tarea. No entiendo qué quiere decir con eso. O está muerto, o está vivo. Y el domingo, apenas hace dos días, estaba todavía ahí. Mi mamá y mis tías nos llevaron a verlo a su casa, porque ya no vive con nosotros. No nos gusta ir, pero tenemos que hacerlo por el Abuelo. Eso dicen ellas, aunque yo creo que a él le da igual. Casi siempre está acostado con los ojos cerrados. Cuando nos oye llegar los abre y se nos queda mirando. Mi mamá dice que sí sabe quiénes somos. Casi no habla y tampoco escucha. No porque no oiga, sino porque yo creo que no le importa lo que le platican las tías.
Un día pasé por la cocina cuando ellas estaban platicando del Abuelo. Cada una piensa algo diferente. La que es mi madrina dice que fue porque perdió un dinero. Mi mamá dijo que no, que la depresión le viene de familia. La otra, la más chica, dice que el Abuelo se enfermó de deveras cuando nací yo. Cuando oí eso me quedé tieso. ¿Tendré yo que ver algo con lo de la presión del Abuelo? Porque luego Tere dice que hay que cambiarle la medicina, que le sube la presión. ¿Depresión, presión, prisión? Como hablan tan quedito luego no les entiendo bien. Pero así como yo veo las cosas yo creo que él está enfermo de prisión. Está como en la cárcel, aunque donde vive puede salir del cuarto si quiere y pasear por el jardín y ver la tele cuando quiera. Pero el Abuelo no quiere nada, ya nada le gusta.
No me gustó eso que oí de que cuando yo nací se puso peor. Por eso le pregunté a mi tía la chica que porque había dicho eso. Primero se enojó y me dijo que no anduviera de metiche oyendo pláticas de viejas, que esas cosas son de grandes, que no podía entender nada de lo que pasaba. Pero yo no me moví y me le quedé mirando, porque andar cargando con esa culpa está rete canijo. Mi tía se puso muy seria y casi se le salen las lágrimas cuando me contó. “Mira Pablo, tu abuelito está enfermo desde hace muchos años, mucho antes que tú nacieras. Lo que pasa es que al principio le daban medicinas y se componía y volvía a estar bien. Otras veces la medicina no le hacía y se lo tenían que llevar al hospital una temporada. Ahí le daban toques y pasados unos días regresaba a la casa como si nada. A ti no te tocó vivirlo, pero el Abuelo era quien mandaba en esta casa.
Era regañón y cuando se enojaba, olvídate. Pero también le gustaba divertirse y contaba chistes colorados. Se echaba sus tequilas y le gustaba comer bien. Siempre nos dio de todo, eso sí, de todo lo que él quería. Pero era generoso y querendón a su manera.
Además, el Abuelo era un doctor muy famoso que hizo mucho dinero y conocía a gente muy importante. Lo que pasó es que cuando tú ibas a nacer le dijo a tu mamá que la medicina que le había recetado su doctor no era buena, que no se la tomara. Y tu mamá le hizo caso y por poco y le cuesta dos vidas: la tuya y la de ella. Cuando naciste sano y fuerte, el Abuelo se vino para abajo. Le volvieron a dar pastillas, pero no le hicieron. Lo llevamos al hospital, pero no pudieron curarlo. Por eso nos acordamos de esa fecha. Porque desde que tú viniste al mundo, el abuelo se empezó a ir de él.
Tengo que pensar en eso que me dijo mi tía, porque la verdad no le entiendo muy bien. ¿Cómo puede ser que el Abuelo sea doctor y no pueda curarse solo? A lo mejor ya se le olvidó lo que sabía y se equivocó como con mi mamá. Pero ya ven, otros doctores le dan medicinas y tampoco lo curan. Eso de la prisión está rete feo, porque debe ser como una jaula sin barrotes. Yo veo al jilguero que tenemos en el patio: brinca pa' un lado, brinca pa'l otro. Los ojitos le brillan y los mueve mirándolo todo. Quiere subirse a los árboles del jardín, bañarse en el charco de la fuente, picar la fruta de la higuera. Silba y silba diciéndole sabe Dios qué a los pajaritos de afuera. Si le abriera la jaula, seguro sale volando y nunca regresa. Así de ganas de hacer cosas tiene el jilguero, más que cualquier otro pájaro porque siempre ha estado enjaulado. En cambio la prisión del Abuelo es diferente. No necesita candado ni cuidador porque no va a hacer nada, porque no quiere nada, porque nada le gusta ya. Y como no habla, no sabemos si siente algo, si tiene recuerdos o pensamientos. Solo duerme y come.
“Muerto en vida “, dice Tere. “ Cuando tú viniste al mundo, él se empezó a ir “dice mi tía la chica. “Es cosa de familia “dice mi mamá. Las tres cosas me asustan mucho porque yo quiero ser feliz y si el Abuelo sigue así, me voy a poner cada día más y más triste y no quiero lo de la prisión.
Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com
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