La muerte y dos historias
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Lorena Careaga Viliesid |
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¿Se acuerdan de El séptimo sello, de Ingmar Bergman? Mientras la peste bubónica asola Europa cobrando miles de víctimas, un caballero y su escudero regresan de las Cruzadas.
La Muerte se presenta ante el caballero para llevárselo, pero éste la reta a una partida de ajedrez. Si gana, la Muerte lo dejará libre, si pierde, se entregará a ella. El caballero obtiene, así, un respiro mientras dura el juego, un tiempo precioso en el que hace varias buenas obras, a la par que cuestiona y se cuestiona acerca de la existencia de Dios, del Diablo y de lo que hay más allá de la muerte: quizá la nada, quizá el vacío que percibe en sí mismo y que lo ha hundido en la desesperanza. Huelga decir que la Muerte, no sin engañarlo - lo cual equivale a hacer trampa - gana la partida.
El séptimo sello me recordó otra obra maestra que vio la luz dos años después, en 1959: Macario, inspirada en el relato de Bruno Traven y llevada magistralmente a la pantalla por Roberto Gavaldón, con Ignacio López Tarso en el papel protagónico. Macario era un campesino muy pobre que vivía obsesionado por la idea de la muerte y su mujer decide cumplirle el mayor de sus anhelos. Se roba un guajolote, lo guisa y se lo da a Macario diciendo: “toma, no lo compartas ni conmigo ni con tus hijos, llévatelo y disfrútalo solo”.
Macario se va al monte y cuando está a punto de darle la primera mordida, aparece el Diablo, quien le pide que comparta el pavo con él. Macario le contesta que, siendo el Diablo, cuenta con todas las argucias para hacerse maléficamente de un guajolote. Luego aparece Dios y también le pide un poco del guiso, a lo que Macario responde que Dios, siendo todopoderoso, puede obtener cualquier vianda en cualquier momento. Finalmente, a punto está de empezar a comer cuando aparece la Muerte y le pide compartir un bocado. Sin dudarlo un segundo, Macario le da la mitad del pavo y ambos se sientan a comer. Al terminar, la Muerte, extrañada, le pregunta que por qué con ella sí compartió ese banquete, mientras que se negó a hacerlo con Dios y con el Diablo. Macario le explica que, en parte, porque la veía tan flaca y famélica como él mismo, y porque, al compartir su comida, tendría al menos la oportunidad, antes de morir, de saborear aunque fuera la mitad del pavo, mientras la Muerte consumía la otra mitad.
Complacida por el ingenio del campesino, la Muerte decide premiarlo con una pócima milagrosa. Unas cuantas gotas le servirán para salvar a cualquier moribundo, siempre y cuando vea a la Muerte a los pies de la cama. Si la ve en la cabecera, no habrá nada que hacer. Macario se dedica entonces a realizar muchas buenas obras, es decir, salvar las vidas de numerosos enfermos desahuciados por los médicos. Pero justo al enfermo que más le interesa curar, a ese no puede, pues encuentra a la Muerte en su cabecera. Y por más vueltas que le da a la cama, tratando de engañarla, el enfermo fallece.
En la caverna de la Muerte, donde miles de velas de distintos tamaños, que son las vidas humanas, arden hasta consumirse, el propio Macario ve entonces la suya propia que se extingue. Comprende que el tiempo transcurrido desde su encuentro con la Muerte ha sido, hasta ese momento, un sueño fugaz. A la mañana siguiente de haberse ido al monte, su esposa lo encuentra muerto, con la mitad del pavo aún por comer.
Con astucia, haciendo trampa, ingeniosamente o sin engaños, nadie todavía le ha ganado la partida al único personaje inevitable: la Parca Cruel, la Flaca, la Huesuda, la Catrina, la Segadora, la Calaca, la Impía, la Cierta, la Jijurria, la Tiznada, la Jedionda, la Igualadora, la Llorona, la Tía Quiteria, la Tía de las Muchachas, la Madre Matiana, la Güera, la Cuatacha, la Novia Fiel, la Pelona, la Dientona, la Descarnada, la Tembeleque, la Pepenadora, la Chirifusca, la Pálida, la Tilinga...
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