Cuento corto: Ocelotl
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Cristina Goddard |
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En realidad nunca supe por qué escogí precisamente el verano para realizar mi práctica en Chiapas. Incluso, no sé por qué decidí que el tema de mi monografía fueran los lacandones. No hubo nada de original en esa selección. Los tarahumaras, los coras, los huicholes y los lacandones constituyen los temas más trillados en el ámbito de la antropología mexicana.

La selva chiapaneca, en verano, es un infierno. Se respira en la atmósfera un calor húmedo que sofoca, que se pega a la piel. Pero eso, ahora, no tiene ninguna importancia. El pelaje que me cubre es aislante y me conserva siempre a la temperatura ideal. Así como tampoco me importa el otro calor –más candente aún- que viene de dentro hacia fuera. Ese calor de las entrañas del suelo que quema a quienes por él transitan. Mis patas son acojinadas y no me apoyo sino ligeramente sobre la tierra. Pero aquel mes de agosto, mis pies estaban destrozados: hinchados por el calor, lastimados por las piedras, calcinados por la tierra de fuego. Ahora duermo en las altas copas de los árboles. Árboles de selva, frondosos, exuberantes. Es mejor así.
Mi compañero y yo dormíamos en una tienda de campaña junto a una de las casas. Aprendimos a vivir con toda clase de reptiles y coleópteros. Muy pronto nos dimos cuenta que nuestra práctica etnográfica estaba condenada al fracaso. Esa región había sido visitada por demasiada gente durante demasiados años. No había nada nuevo qué ver. Nosotros resultamos ser las marionetas de unos aborígenes politizados, aculturados y resentidos. Sin embargo, no sentimos que peligraran nuestras vidas. Ellos fueron hospitalarios y sonreían siempre: con esa sonrisa de sutil y feroz burla. Aunque ambos lo pensamos, nunca hablamos de salir de ahí para regresar. ¡Quién sabe por qué nos quedamos!
Después de muchas semanas, empecé a sentir un raro malestar. Pensé que era producto de la desnutrición. Una tarde sentí escalofríos que recorrían mi cuerpo, un sudor más copioso que de costumbre. La fiebre me postró durante horas. Después, una calma y un sopor muy agradables que duraron eternamente. Y de nuevo, algunas tardes pero no todas, otra vez el escalofrío y la fiebre. Supe entonces que tenía paludismo. Me imaginaba los plasmodia vivax flotando en mi torrente sanguíneo, sacudiéndome en febriles convulsiones. Pero como me había contagiado del estoicismo indígena, esperaba el arribo de la fiebre con serenidad. Esa misma serenidad con la que ahora espero que la angustia y el miedo, se apoderen de mi presa antes de atacarla.
Fue en esos periodos de delirio que el ocelotl, que yo comencé a rondar la tienda. Oía las suaves pisadas y percibía el olor salvaje. De pronto abría los ojos y tenía frente a mí una enorme cabeza felina con las fauces entreabiertas. Y los ojos, amarillos, fijos en los míos. Yo no tenía miedo. Empecé a notar rasgos antropoides en la fiera. Comencé a sentir que las fuerzas me abandonaban, pero me sentía mejor. Mi piel se cubrió de fino vello. Su pelaje parecía desvanecerse y adquirir tonos amarillentos. Mi capa de vello engrosaba y aparecían manchas pardas e informes. Sus colmillos parecían retraerse.
Ese día sentí agitación a mi alrededor. Busqué los amarillos ojos del gato. Estaban vidriosos, opacos, oscuros. Miré más atentamente y en su humedad vi reflejada la cara del ocelotl. Ése era el instante del desdoblamiento, de la transmigración. Fue cuando ella perdió el conocimiento, cuando la cubrían con trapos empapados en agua helada. Mi compañero, bueno, el de ella, decía que no recuperaba la consciencia. Me escondí entre los matorrales al oír las aspas del helicóptero que luego se los llevó.
Ella cuenta siempre una historia, la única cosa que puede relatar. Dice que un animal se llevó su pensamiento. Nadie le cree. Pero yo sé que así sucedió. Soy un ocelotl y ningún otro ronda por aquí. Yo pienso y ella recuerda…
Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com
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