El Polvo
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Cristina Goddard |
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Una “a” delineada perfectamente sobre el polvo, manuscrita, con ese trazo infantil característico de Irene. Cuando venga la policía tomarán fotografías, levantarán huellas dactilares, quizá hasta involucren a un grafólogo que corrobore lo que yo sé: que fue Irene quien trazó esa letra antes de...
Ése es el problema, no sé qué pasó después de esa travesura espontánea. Pero no vendrá la policía, ni los expertos, ni los fotógrafos. Todavía no. Hubiera sido estúpido llamar a la comisaría y declararla ausente, secuestrada, extraviada, simplemente porque no estaba en casa cuando llegué ayer por la tarde. Hubiera parecido un tonto si me preguntaran sobre su ropa, sus objetos personales, su agenda, porque yo hubiera contestado que todo estaba ahí, en orden, que no faltaba nada. Así fue, no podría decirles a unos perfectos desconocidos que ayer abrí la puerta, que el piano estaba cubierto por una fina capa de polvo, que una “a” negra y reluciente era lo único que quedaba de Irene. Una “a” minúscula, inocente, inocua para todos menos para mí. Veo la letra y pienso que encierra infinitas posibilidades: abandono, amenaza, amante, a...

Las cosas no iban bien entre nosotros, pero tampoco mal. Dormíamos en la misma cama, los amigos venían a cenar con frecuencia, veíamos juntos la televisión porque – cosa rara entre parejas – nos gustaban los mismos programas. Hacíamos el amor por accidente, sin demandas, sin recriminaciones. Fue la indiferencia de Irene lo que primero me inquietó. Hacía días que su serenidad me irritaba. Encontraba su aceptación, afectada; su complacencia, peligrosa. Acostumbrado a su tensión permanente, a sus crisis de “creatividad” cuando pasaba horas frente a la pantalla sin escribir nada, a sus constantes cuestionamientos, de pronto esa calma – como mancha de aceite sobre el agua – me sobresaltó.
Al principio creí que me abandonaría.¿De qué le servía yo? Podía perfectamente vivir sin mí. Empecé a buscar indicios de su próxima huida, y le pregunté abiertamente una noche antes de apagar la luz. No dijo ni sí, ni no. Sólo se sonrió moviendo la cabeza. Algo sabía, algo con lo que podría hundirme, amenazarme. ¿Sería posible que hubiera escuchado mis conversaciones, registrado mi escritorio? ¿Acaso sabía del desfalco, todavía oculto para todos menos para mí? Con las mujeres, ninguna precaución está de más.
Hace dos días caí en la cuenta: tenía un amante. Sus cambios, los nuevos detalles, la luminosidad de su rostro. Todo encajaba perfectamente. Era tan obvio que me había pasado desapercibido. No me sorprendió el descubrimiento, sino mi reacción frente al hecho. No sentí nada, era como si yo fuera espectador de lo que a otro le sucedía.
Ayer por la noche Irene y yo salimos a cenar. Ya adentro del auto, ella decidió regresar a la casa por algo que había olvidado. Siempre lo mismo, siempre un detalle de último momento. Ahora pienso que quizá fue entonces cuando trazó la “a”, ¿Aviso, advertencia, acusación? Cerró luego la puerta, se subió al coche y nos fuimos. Después, no sé qué pasó.
Estoy cansado, sucio, desvelado. Mi ropa está hecha jirones, los zapatos enlodados, tengo rasguños en la cara, en mis manos. De lo único que me acuerdo, es que llegué a casa sin Irene. No la he llamado ni la he buscado por las habitaciones. Presiento, sé que su ausencia esta vez será permanente. No me cabe la menor duda. Veo el piano con la luz del crepúsculo sobre la tapa y me intriga el mensaje que encierra esa “a” sobre el polvo… ¿Asesino?
Cristina Goddard
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