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Mañanitas Mexicanas

Cristina Goddard

-Siempre me dicen que venga mañana, gritó al vacío. Hans Albretch, después de cincuenta años, reaccionaba con la misma vehemencia y frustración al escuchar la promesa imposible. -En este país, el futuro jamás es consecuencia lógica del presente, ¡qué va!  El porvenir es un vacío cómodo y distante donde se postergan decisiones, promesas, compromisos, obligaciones.  El mañana, en estas tierras, es una dimensión preñada de ilusiones donde se espera que la magia dé a luz milagros

A los diecisiete años, recién llegado con otros cientos de refugiados, había trabado amistad con Pepe Carús y se había convertido en su cobrador de rentas. Todas las semanas visitaba las ruinosas vecindades del Centro, todas las semanas le decían lo mismo: “Venga mañana, güero”. Las palabras siempre iban acompañadas de perros azuzados por los inquilinos, de injurias, de baldes de agua lanzados desde los balcones, de frases incomprensibles como “dígale a ese pinche gachupín judío que parece muerto de hambre”. Todo menos una negativa. Los pagos vencidos siempre se prometían para el día siguiente. Nunca para el próximo sábado cuando se cobraba la raya de la semana, jamás para fines de diciembre cuando el excedente era previsible por regalos y aguinaldos. Todo se resolvía con un “Venga mañana, güero”.

Dicen que en el país de los ciegos el tuerto es rey. Poco tiempo le llevó a Herr Albretch  despejar la ecuación del éxito. Orden, previsión, ahorro y constancia dieron como resultado un joven empresario dueño de la fábrica de tornillos Bavaria. Los inspectores de Hacienda, Salubridad, del Trabajo, así como los de Comercio y Fomento Industrial le exigían permisos, licencias, sellos y timbres que nunca obraban en su poder. Encargaba entonces los trámites al contador, al abogado, al gestor en turno. “Venga mañana, Don Hans”.  Mañana llegaba, y nada. Cuando, exasperado, decidía tomar cartas en el asunto y gestionar los permisos él mismo, las empleadas del mostrador invariablemente le decían: “Fíjese que tal cosa, a que no sabe qué pasó, ándele no sea malito Sr. Albrecht ¿venga mañana, no?”  En ninguna ocasión le dijeron que su oficio nunca saldría, que su expediente estaba perdido pero que podría aparecer si la solicitud se acompañaba de unos billetes, que el documento solicitado era una artimaña del coyote para extorsionarlo. Pero como el Sr. Albrecht creía en la palabra empeñada, regresaba todos los días a la dependencia hasta obtener el papel esperado. Nunca se lo dieron al día siguiente. O ya se lo habían enviado por correo certificado el mes anterior, o la nueva ley lo eximía de esa obligación, o se atravesaban las vacaciones de Semana Santa. “No se preocupe, de mi cuenta corre, se lo aseguro. Venga mañana.”

Cuando quiso casarse con su secretaria ante la contundente realidad de sus seis meses de embarazo, el padre de Micaela lo plantó tantas veces para la pedida de mano, que estuvo a punto de desistirse de su cruzada de honor. “Venga mañana, gringo jijo. Ya hablaremos de hombre a hombre, porque me cai que ahora le cumple. No faltaba más.” Sudando bajo el cuello almidonado, temiendo por su integridad física, Hans paseaba por la Alameda de Santa María esperando ver al futuro suegro en el kiosko morisco. La amenaza del mañana no se concretaba, la panza de Micaela crecía, hasta que optaron por la solución práctica:  casarse sin el consentimiento paterno. “Venga mañana para conocer a mi nieto, venga mañana para darle mi bendición antes de irme a Morelia, venga mañana por algo que tengo para usted.” El yerno extranjero acudía fiel al llamado. Su interlocutor siempre aparecía en otra parte, otro día, para otra cosa.

Pasó el tiempo, pero los años no pudieron minar ni la ingenuidad, ni disminuir la frustración permanente de Hans Albretch con el contenido hueco de esa frase tantas veces escuchada. Hasta que ayer sucedió lo que les cuento ahora. A las nueve de la noche un fuerte dolor le oprimió el pecho al inmigrante, el sudor le escurrió por los surcos de la frente, la silueta con la guadaña se dibujó en el espejo del ropero. En un acto de fe sin precedentes, Hans Albretch murmuró: “Venga mañana...” y el segador, conmovido, se apiadó de él.

Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com

 

 
 
 
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