Para éste inicio de clases
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Lorena Careaga Viliesid |
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En 1994 salió a la luz el último manuscrito en el que trabajaba Albert Camus antes de su muerte, ocurrida en enero de 1960. Aunque incompleto, fue publicado bajo el título de “El Primer Hombre”. Dos novelas fuera de serie: “La Peste” y “El Extranjero”, junto con diversos ensayos filosóficos y varias obras de teatro, constituyen el acervo que le valió el Premio Nóbel de Literatura en 1957. Su “Discurso en Suecia”, pronuciado al recibir dicho galardón, es una de las reflexiones más profundas y hermosas sobre su filosofía de la vida, tan ligada, en un momento dado, al existencialismo de Sartre, y que luego tomó su propio rumbo.

En los anexos de la edición de “El Primer Hombre” hay dos cartas: la primera, escrita por Camus a su maestro de primaria después de recibir el Nóbel, y la segunda, la contestación de dicho maestro.
Creo que hablo por todos aquellos que nos hemos dedicado en algún momento de la vida a la enseñanza, cuando digo que no hay como el placer orgulloso de saber que ayudamos a sembrar una semilla de potencial en alguien que la lleva hasta su florecimiento y que, como maestras y maestros, florecemos, aprendemos y crecemos a la par de ese alumno o alumna especial.
Estas cartas no solamente hablan de ello, sino también del peligro que corre la educación laica y universal frente a tendencias reaccionarias, fundamentalistas y religiosamente fanáticas siempre al acecho. He aquí algunos fragmentos:
19 de noviembre de 1957
Querido Señor Germain:
He dejado que se extinga un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de dirigirme a usted de todo corazón. Acaban de concederme un gran honor, que no he ni buscado ni solicitado. Pero cuando me enteré de la noticia, mi primer pensamiento, después de mi madre, fue para usted. Sin usted, sin esa mano afectuosa que le tendió a aquel niñito pobre que era yo, sin sus enseñanzas y su ejemplo, nada de esto habría ocurrido. No me hago grandes ilusiones sobre esta clase de honores, pero éste, por lo menos, me da la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y continua siendo para mí, y para asegurarle que su esfuerzo, su trabajo y el corazón generoso que siempre puso en ello, permanecen siempre vivos en uno de sus pequeños estudiantes, quien, a pesar de su edad, no ha dejado de ser su agradecido alumno. Le abrazo con todas mis fuerzas.
Albert Camus.
Argel, el 30 de abril de 1959.
Mi querido pequeño:
Enviado por tí, he recibido el libro Camus que ha tenido a bien dedicarme su autor, el señor Jean Claude Brisville.
No se cómo expresar la alegría que me has dado con este amable gesto ni la forma de agradecértelo. Si fuera posible, abrazaría al gran muchacho en el que te has convertido y que siempre será para mí “mi pequeño Camus”.
No he leído más que las primeras páginas de esta obra. ¿Quién es Camus? Tengo la impresión que aquellos que tratan de penetrar en tu personalidad, no lo logran del todo. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la posibilidad de revelar tu naturaleza, tus sentimientos. Lo logras tanto mejor al ser simple, directo ¡y encima bueno! Estas impresiones, tú me las ha dado en clase. El pedagogo que pretenda hacer a conciencia su trabajo, no pierde ninguna ocasión de conocer a sus alumnos, sus hijos, y éstas se presentan sin cesar. Una respuesta, un gesto, una actitud son ampliamente reveladoras. Creo, entonces, conocer bien al gentil hombrecito que eras, y un niño, a menudo contiene el germen del hombre en el que se convertirá. Tu gozo de estar en la clase explotaba por todas partes. Tu cara manifestaba el optimismo. Y observándote, jamás sospeché la verdadera situación de tu familia. No tuve más que un destello en el momento en que tu mamá me vino a ver con respecto a tu inscripción en las listas de candidatos a becas. De hecho, eso tuvo lugar en el momento en el que ibas a dejar mi clase. Pero hasta entonces me parecías estar en la misma situación que tus camaradas. Siempre tuviste lo que se necesitaba tener. Como tu hermano, siempre ibas pulcramente vestido. Creo que no puedo hacer un elogio mejor que éste de tu mamá.
Regresando al libro del señor Brisville... he visto la lista que crece incesantemente de las obras que te han dedicado o que hablan de ti. Y es una satisfacción muy grande para mí constatar que tu fama (es la pura verdad), no se te ha subido a la cabeza. Has seguido siendo Camus. Bravo...
Antes de terminar, te quiero contar lo mal que me siento, como profesor laico, ante los proyectos amenazadores urdidos en contra de nuestra escuela. Creo, durante toda mi carrera, haber respetado aquello que es lo más sagrado en un niño: su derecho a buscar su verdad. Los he amado a todos ustedes y creo haber hecho todo lo posible por no manifestar mis ideas e influir así en su joven inteligencia. Cuando se trataba de Dios (está dentro del programa), yo decía que algunos creen en él, otros no. Y que en plenitud de sus derechos, cada quien debía hacer lo que quisiera. Igualmente, en el capítulo sobre las religiones, me limitaba a indicar aquellas que existen y a las cuales pertenecen aquellos que así lo desean. Para ser honesto, siempre agregaba que hay personas que no practican ninguna religión. Sé bien que esto no le agrada a aquellos que quisieran convertir a los maestros en agentes de ventas de la religión y, para ser más precisos, de la religión católica.
En la Escuela Normal de Argel (instalada en ese entonces en el parque Galland), mi padre, al igual que sus compañeros, era obligado a ir a misa y a comulgar cada domingo. Un día, cansado de esta presión, colocó la hostia “consagrada” en un libro de oraciones y lo cerró. El director de la escuela fue informado de ello y no dudó en expulsar a mi padre. He ahí lo que desean los partidarios de la “Escuela libre” (libre... de pensar como ellos). Tal y como está compuesta la actual Cámara de diputados, me temo que ese mal golpe no se evitará. El periódico El Pato encadenado ha señalado que, en un departamento, una centena de clases de la Escuela laica funcionan bajo un crucifijo colgado en el muro. Veo en ello un abominable atentado en contra de la conciencia de los niños. ¿Qué ocurrirá, quizá, en poco tiempo? Estos pensamientos me entristecen profundamente.
Mi querido pequeño, he llegado al final de mi cuarta página. Es abusar de tu tiempo y te ruego me perdones... Estáte seguro de que, aunque no escriba, pienso seguido en ti y tu familia... Afectuosamente tuyo,
Germain Louis.
Le Canard enchaîné. La palabra canard significa pato, y en sentido figurado, “falsa noticia” o “noticia sin importancia”. La traducción de ambas cartas es mía.
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