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Chaturanga

Lorena Careaga Lorena Careaga Viliesid

La primera vez que oí la palabra fue en un taller de yoga para instructores. El maestro, Ganga White, estaba demostrando una secuencia de posturas, y de pronto dio un brinco y cayó sobre manos y pies diciendo ¡chaturanga! A mi me sonó como a invocación mágica, algo así como el abracadabra de los cuentos infantiles; pero en realidad el maestro se refería a una postura del yoga que imita a una lagartija.

De hecho, chaturanga, en sánscrito, significa “lagartija” y se parece a lo que en gimnasia también se conoce como hacer lagartijas. El cuerpo, con la espalda recta y el abdomen contraído, está suspendido en el aire como una unidad y descansa su peso únicamente en las manos y en los dedos de los pies.

Es la postura perfecta para trabajar la resistencia física y la pureza de la mente. Sin embargo, la fuerza que se requiere para hacer chaturanga, y que es mucha, no es lo más importante. Lo es la habilidad para integrar y organizar diferentes elementos corporales para que funcionen en armonía y cooperación. Solamente se puede hacer si existe una gran energía cohesiva e integradora que corra a lo largo de la columna vertebral, de manera recta y sin cortes.

Tomando esto en cuenta, no es de sorprenderse que la palabra “chaturanga” se encuentre también en los versos del poema épico hindú Mahabarata, describiendo una formación de combate entre dos ejércitos. Y quizá por esta razón, tampoco sea sorprendente que “chaturanga” haya sido el nombre original del ajedrez, cuando fue inventado por los rajás de la India en el siglo VI de nuestra era.

En un principio participaban en el juego cuatro jugadores, utilizando dados y un tablero de 64 cuadros como el que conocemos actualmente. Ya las piezas tenían distinta jerarquía de poder y el resultado final, es decir, la victoria o la derrota, dependía de lo que le ocurriera al Rey.

Sin embargo, la pieza estratégicamente más importante no era ni el Rey ni una lagartija, sino el elefante, signo de fortaleza y capaz, en los albores de este juego de ingenio y destreza, de moverse libremente por todo el tablero. De hecho, los rajás conocían bien la invencible naturaleza del elefante, su resistencia y fuerza física, el invaluable rol táctico que jugaba siempre en las batallas. Y es que el ajedrez es la guerra. Fue inventado para estudiar y practicar estrategias de ataque y educar a la realeza en la lid bélica.

Chaturanga evolucionó para dar paso a “shatrani”, el ajedrez de dos jugadores, sin dados y con una nueva pieza importante: el consejero del Rey, que más tarde se convertiría en la Reina. La victoria se lograba dando muerte al Rey o bien eliminando de la jugada a todas las demás piezas.

Con esta estructura, el juego fue exportado de la India a China hacia el año 750, y luego en el siglo XI a Japón y Corea. Fueron los árabes quienes, a través de la expansión de su imperio, lo llevaron al norte de África, a España y al resto de Europa, mientras que los vikingos se encargaron de difundirlo en Islandia e Inglaterra.

A pesar de estos andares, Chaturanga no desapareció, pues el moderno ajedrez es, y será siempre, un juego de estrategia, cálculo, destreza bélica, capacidad para prever los movimientos del enemigo, y sobre todo, habilidad para integrar, en armonía y cohesión, las distintas piezas jerárquicas de este ejército simbólico.

El poderoso elefante tampoco se perdió. Continúa, hasta hoy, arrasando el tablero la pieza que lleva su nombre en árabe: Alfil.

 
 
 
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