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Lorena Careaga Viliesid 

 

¡Escuchen, oh hijos nuestros!

 


Revolviendo dentro del baúl de los recuerdos, me encontré un gastado fólder. La carátula, con letra de mi madre, decía simplemente: pensamientos que me gustan. Había varios recortes de periódico, un par de artículos de alguna revista, muchos papeles escritos a máquina y a mano. Uno de ellos hablaba sobre el 28 de agosto, “Día del Anciano”. 


¿Se sigue celebrando en México tal fecha? ¿Será ahora – en los lenguajes se supone que políticamente correctos – el Día de los Adultos Mayores? ¿O mejor dicho, el Día de l@s Adult@s Mayores? Junto con el nuevo lenguaje, ¿habremos cambiado también nuestra actitud hacia la vejez y hacia las y los ancianos? 

El término en sí no me molesta, quizá porque no considero haber llegado aún a esa venerable edad. Quizá porque cuanto más me acerco a la ancianidad, más lejos la veo. Pero cuando pienso en ancianos, dada la forma en que la vida se ha alargado y las mentalidades han cambiado, pienso en aquellos seres humanos que se aproximan al centenario de años e imagino a los sabios ancianos de la tribu, aquellos que, por haber vivido más tiempo, saben más.  

Me lo confirma el texto que encontré con el título de “Día del Anciano”. Eran fragmentos de un discurso pronunciado por el Dr. Ignacio Chávez, una de las lumbreras científicas y humanísticas de México1, al cumplir 80 años en 1977: 

En mi lento camino que desciende, llego al lindero en que tengo que admitir la vejez... Entro a la vejez y, con ella, a la zona de riesgo. No me refiero al de morir, aunque bien advierto lo que hermosamente dijo Alfonso Reyes: “el muro de la vida se adelgaza y ya por transparencia se ve la eternidad”. No; yo me refiero a un riesgo más temible, el de la declinación inexorable de la capacidad física y mental, el deterioro progresivo lo mismo en lo orgánico que en lo espiritual, daños que al secar la savia de la vida, acaban con la alegría de vivirla. 

Ése es el riego al que tememos todos. Llegar al día en que el ser humano, en vez de ser un apoyo, se convierte en una carga y en vez de ser un elemento útil, es socialmente un estorbo. La amenaza es universal, pero más sensible para ciertos temperamentos, el mío uno de ellos. 

El secreto que me ha permitido llegar hasta esta edad sin caer ostensiblemente en la degradación física o mental ha sido ponerme una meta y trabajar por alcanzarla. Trabajar siempre, no como una manía, sino como una satisfacción, como una manera de sentirme útil y de conservar, por ello, mi propia estimación; como una manera de alcanzar el gozo de mirar una obra levantada por mi esfuerzo. Y cuando llegó la edad del retiro, mi fórmula tenía un complemento: no caer en la inactividad, que enmohece los resortes del alma, sino buscar una tarea que polarizara los mejores impulsos; y de no haberla, inventarla y consagrarme a ella. En una palabra, acogerme al trabajo y hacerlo con alegría. 

Mi madre, como médico que era, admiraba profundamente al Dr. Chávez y recuerdo que a ella le preocupaba mucho precisamente esa degradación progresiva, el olvido, la inactividad, la inutilidad, el “ser hecha a un lado como un bártulo viejo e inservible”, como solía decir. Y comprendo que haya guardado entre los pensamientos que le gustaban, éste otro que reproduzco a continuación, que estaba unido con un clip al discurso del Dr. Chávez, y que ignoro cómo o de dónde llegó a sus manos: 

¡Escuchen, oh hijos nuestros! No somos un grupo de interés especial. Somos sencillamente sus madres, padres y abuelos. No les estamos pidiendo una limosna. Nosotros manejamos el mundo hasta que ustedes llegaron. Trabajamos en las fábricas, aramos la tierra, engendramos hijos y los educamos, cuidamos a los enfermos. Construimos autopistas, ferrocarriles y trenes subterráneos. No somos más que la primera o segunda generación que les hemos precedido. Cuando desaparezcamos, ustedes pasarán a la vanguardia y otra generación se preguntará qué hacer con ustedes, salvo despeñarlos por un precipicio. 

No estamos pidiendo a nuestros hijos y nietos algo que no merezcamos. A costa de un gran sacrificio y de muchas vidas, creamos los sindicatos de trabajadores y de campesinos, conseguimos la jornada de 8 horas, eliminamos el trabajo de los menores, logramos la seguridad social e inventamos el concepto de que el cuidado de la salud no es un acto de caridad, sino un derecho humano. 

Millones de nosotros luchamos toda nuestra vida por conseguir un mundo de paz. No lo logramos. Pero no nos culpen por nuestro fracaso. Esa lucha es nuestro legado. 

Al pedirles la oportunidad de vivir nuestra vejez sintiéndonos creativos, útiles y cómodos, lo hacemos no sólo por nosotros, sino por ustedes. No somos un grupo de interés especial. Somos sus madres, padres y abuelos. Somos sus raíces. Ustedes son nuestra continuidad y lo que logremos será su herencia. 
 

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