La ultima primavera del milenio
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Cristina Goddard |
Me tomé la Semana Santa completita... Fueron días dedicados al Ego con “E” mayúscula. A los placeres epicúreos. Al abandono en brazos de Morfeo. A la anti-tradición. ¡Nada de visita a las Siete Casas, ni Via Crucis escénico, ni quema de Judas, ni romeritos, ni capirotada, ni telemaratón de Rey de Reyes, Ben-Hur, El Mártir del Gólgota o La Vida de Jesús! Ni huevos de Pascua, ni Acapulco a tope, ni nada de nada asociado con la Semana Mayor.
Para mí fueron días de frondas violetas, de alfombras liláceas, de un esplendor de tintes morados nunca antes visto. ¿Vieron las jacarandas esos días? No recuerdo fenómeno semejante en años anteriores. Sería El Niño, o La Niña, o El Popocatépetl, o la capa de ozono, o vaya usted a saber qué... Pero la profusión de flores y la intensidad cromática que se dieron cita esta primavera, nos regalaron un espectáculo único y grandioso. ¡Qué bonitas estuvieron las jacarandas! Las gocé desde mi ventana, caminé por senderos tapizados de tonalidades malva, apuré el fragante perfume y me deleite en la explosión de color. ¡Mi alma alabó al Señor, y mi espíritu se regocijó en Dios, mi Salvador!
En la última Semana Santa del milenio: ni dolor, ni ritual, ni muerte. Sólo resurrección.
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