Cuento corto: Blanco y negro
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Cristina Goddard |
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El mundo bizarro existe, no es fantasía de cómics ó historietas. Te lo digo con pleno conocimiento de causa, porque ahí es donde yo existo. Puedo verte mientras te afeitas con parsimonia frente al espejo, porque en esta dimensión, al otro lado de la superficie de azogue, lo contrario prevalece y la asimetría es la norma. Para hablar en tu lenguaje, tú no me ves porque el reflejo de tu imagen te lo impide; en cambio yo no solamente te veo, sino que conozco tu lado oscuro, desconocido, tu mismísimo alter ego.
Te esmeras en acicalarte, disimular imperfecciones, esconder tu mediocridad. Con firmeza tu mano diestra manipula la hoja de acero, remueve la espuma y el crecimiento hirsuto, descubre la dermis suave. Pero de este lado, tu diestra es la siniestra y con cada movimiento tu faz se torna repulsiva, grotesca, desfigurada. ¡Claro que aquí esos atributos te fortalecen!
Ven conmigo, no tengas miedo. De este lado del cristal, podrás escapar de esa frustración que te amordaza, serás capaz de dar rienda suelta a tu cólera, saciar tu apetito de venganza, llevar a cabo todas tus perversas fantasías. En este mundo bizarro, tamaños no te faltan y nomás tus chicharrones truenan. La injusticia, la humillación, el desprecio de allá, acá se transmutan en el ajuste de cuentas, la mano dura y el pavoroso terror que tu sola presencia inspira. Aquí, amiguito del espejo, tú eres Juan Camaney.
La hoja pavonada de la navaja atrapa un rayo de luz, ilumina tu iris glauco y me deja ver el interior de tu alma. ¡Cómo quisieras hundir el filo en sus carnes tumefactas! Sueñas con rozar su cuello marchito, apenas haciendo contacto, y ver sus ojos desorbitados por el terror. Someterla, disminuirla, hacerla añicos y polvo. Si te atreves, si das el paso y te adentras a esta dimensión, podrás lograr eso y más. Sin culpa ni remordimiento, sin castigo ni condena. Aquí serás libre…
¿Tienes miedo? ¿Por eso te tiembla la mano? ¡Qué esperabas! En tu mundo eres un cobarde, un pusilánime, un fracasado bueno para nada. Yo sólo espero una señal de tu parte, un mínimo destello de osadía para sustraerte de allá y traerte para acá. ¡Apúrate! Mira que ya escucho los pasos de Rosa aproximándose, su voz chillona que destila amargura, ahí está su semblante que lo dice todo: ¡Cómo te desprecia!
Sin tocar la puerta del baño, entró su mujer. Una sola palabra rompió el silencio, interrumpiendo el ritual matutino que le permitía sacar fuerzas para enfrentar la adversidad de un mundo que lo oprimía cada vez más…
-¡Gutierritos!
Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com
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