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PECADOS CARNALES

 

Lorena Careaga Cristina Goddard

“¡Llévame a Jaumave, pero pisa el acelerador hasta el meritito fondo, dale recio hombre!” Ésas fueron las únicas palabras que le oí pronunciar al señor cura, porque después de espetármelas a boca de jarro y abordar mi camioneta por sorpresa, lo demás fue pico de cera. Yo lo miraba por el retrovisor y siempre veía el mismo cuadro: la sotana negra, el alzacuello blanco, las manos translúcidas surcadas por venas azules, las cuentas del rosario dale que dale, el murmullo hipnótico de sus jaculatorias en latín. Apenas dejar Victoria, me di cuenta de mi imprudencia. Eran las siete de la tarde, empezaba a oscurecer y no estaban ni los tiempos ni las horas para andar transitando por esa carretera. De haber sido otro el pasajero, lo bajo de la troca y doy por terminado el asunto. Pero, ¿cómo negarle el traslado al padrecito? A ver, dígame usted.

Me concentré en los cincuenta kilómetros que tenía por delante, en afinar la vista para distinguir el ganado que a veces cruza la carretera, en anticipar dónde estarían los retenes militares. Cualquier cosa para distraerme y no pensar en lo que estaba por ocurrir. Si el mismísimo Monseñor Dámaso Arizpe tenía prisa por llegar a Jaumave, eso sólo significaba una cosa. Y yo en medio del fuego cruzado, sin deberla ni temerla. Con decirles que prefería que nos detuviera la soldadesca, antes que llegar a casa de Serafina. Porque no me cabía la menor duda de que llegando a Jaumave, ahí mandaría detenernos Su Paternidad.

 

El cura no llevaba aparejos, ni la custodia de plata, así que el único sacramento que podía administrar era el de la confesión. Además del rosario, yo había advertido una Colt ceñida a su pantorrilla izquierda, misma que la sotana no había logrado encubrir cuando abordaba el vehículo. Otro quizá hubiera pensado que se trataba de un rufián disfrazado de clérigo, pero yo conocía perfectamente al cura y el que viajaba conmigo era el mismísimo Monseñor Arizpe. La carretera se me acabó de repente y, en un abrir y cerrar de ojos, entrábamos a Jaumave. Yo ni esperé indicaciones del pasajero, dirigiéndome sin chistar al portón de Serafina Guevara. Ya era de noche y olía a humo de mezquite y pólvora quemada. Apagué el motor y alguien abrió mi portezuela y la del padrecito. Don Dámaso se plantó en la acera, esperó a que yo rodeara la camioneta y sólo entonces avanzamos hacia el portón, escoltados por la fuerza y con sendos cañones incrustados en las costillas.

 

El patio estaba iluminado por antorchas y al centro ardían dos fogatas de mezquite. Serafina salió del cuarto del fondo llevando en cada mano un animal de pelaje negro. Ceñido a su amplia cintura, un cuchillo corto. Cuando Serafina asintió con la cabeza, el cura dio un paso al frente, se arremangó la sotana, pidió el cuchillo a Serafina y con asombrosa destreza cercenó el cuello de una de las bestias, mientras la mujer recogía la sangre en una amplia batea de madera. Hizo lo mismo con el otro y luego dejó a los animalitos colgados por los cuartos traseros de dos ramas de un árbol. “Hasta que se desangren completamente” dijo en voz alta. Pasada una hora, con la misma navaja los desolló, evisceró y trozó en ocho cada uno. Entonces se acercó uno de los hombres, encañonó al padrecito y éste reaccionó sin chistar bendiciendo la mesa. Serafina volvió a asentir con la cabeza y los mismos dos fulanos nos escoltaron de regreso a la camioneta. Cerraron las portezuelas y Monseñor me dijo: “¡Llévame a Victoria, pero pisa el acelerador hasta el meritito fondo, dale recio hombre!”

 

Fue hasta meses más tarde que me enteré que al Kelín , hombre fuerte del cártel del Golfo, le gustaba el cabrito en su sangre y que Serafina, bragada como era, no quiso jugársela echando a perder la receta. Para ir a la segura, mandó traer al único cristiano en todo Tamaulipas que sabía prepararlo como Dios manda, y ése era nada más y nada menos que Dámaso Arizpe.

 

 

Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com

 

 
 
 
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