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PADRE ACCIDENTAL

 

Lorena Careaga Cristina Goddard

Se lo dije a María esta mañana: “No me queda mucho tiempo, debemos prepararnos para cuando yo falte.” Ella sonrió como siempre, me acarició la barba hirsuta y asintió con la humildad que le caracteriza. Salió luego a traer agua y me dejó solo con mis pensamientos.

Las articulaciones me duelen, tengo vista cansada, debo ser cuidadoso cuando ocupo la herramienta. Con un formón afilado me hice un corte ayer, porque las manos no me responden como antes. Mi hijo tendrá que ocuparse del taller, y eso si no le da por seguir los misteriosos designios de los que a veces habla. Es más diestro que yo, trabaja la madera con facilidad asombrosa, es joven, fuerte, buen mozo. Ojalá siga con la carpintería, pero con los hijos nunca se sabe. En ocasiones su rebelión se manifiesta cuando eligen una vocación completamente distinta a la del padre. Me tranquiliza, sin embargo, saber que es buen muchacho y, sobre todo, buen hijo.

Nací en Nazareth, soy descendiente de David, pero humilde y reservado. Nunca pensé en casarme y mucho menos en tener familia. De hecho, ya se me había pasado el tiempo cuando vi a María por primera vez. Su belleza me cautivó y la bondad que irradiaba me causó un estremecimiento singular. No pensé que se fijara en mí, pero las cosas se dieron de tal forma que, con la anuencia de nuestras familias, nos desposamos un martes por la tarde. Estábamos prometidos y sólo esperábamos unas semanas y los preparativos necesarios para celebrar los esponsales. María se ausentó unas semanas para visitar a su prima Isabel y yo me quedé en Nazareth preparando nuestra casa y haciéndole a María una mesa de cedro para amasar el pan.

Cuando regresó, María estaba transformada. Una luz muy especial brillaba en sus ojos, una absoluta serenidad la envolvía y un vientre apenas abultado delataba su preñez. Nos encontramos a solas en el huerto y me arrebataron el asombro y la ira. Jamás había estado con ella como marido y su gravidez me deshonraba. Con un candor indescriptible, María me reveló el porqué de las cosas. No supe qué decir y la dejé con la palabra en la boca. ¡Nunca me he sentido más desconcertado que esa tarde! Caminé y caminé por los olivares hasta que me venció el cansancio y caí dormido. Tuve entonces un sueño que cambió mi vida para siempre.

Regresé con María para compartirle la visión que había tenido y ella me paró en seco: “José, no quiero que cumplas la obligación de los esponsales. No quiero tampoco que te sientas comprometido por un mandato de Dios. Lo que te pido, si tu corazón está en ello, es que seas un padre para mi hijo, para nuestro hijo.” Eso me desarmó y yo accedí a esa paternidad porque me lo pidió la mujer que más he amado en la vida.

No sé como quieren los padres que engendran a sus hijos. Sólo sé que el amor que tengo por Jesús es incondicional, sin medida, generoso y complaciente. Le he dado lo mejor de mí mismo, le he enseñado mi oficio, el respeto a la ley y el amor a su madre. Las pocas veces que le he reprendido o corregido, su docilidad me ha asombrado porque en ella percibo magnanimidad, ternura y sabiduría. Es difícil de explicar cómo un joven es más grande que un viejo.

Nunca esperé que las cosas sucedieran de esta manera, pero doy gracias a Dios por la oportunidad de proteger a María y de ser padre de Jesús. Siento llevarles tanto camino por delante, pues pronto tendré que dejarlos desamparados. Sin embargo, desde aquel sueño en el olivar, yo ya no cuestiono los designios divinos.

Los veo por la ventana: se han encontrado en el camino. Mi hijo ha tomado el cántaro de los hombros de su madre y vienen los dos bromeando, con esa risa que es música para mi alma.

Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com

 

 

 

 

 
 
 
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