VISITA A DOMICILIO
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Cristina Goddard |
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El liquidámbar permanecía impávido en medio de la tormenta. Un rayo lo iluminó con su luz cegadora y, por un instante, el árbol se transformó en un espectro aterrador. El estertor del trueno parecía venir de las entrañas mismas de la tierra y todo el espectáculo sobrecogió de terror a Nicolasa. “Esto es una premonición,” pensó al tiempo que apretaba la capa azul sobre el uniforme blanco y, decidida, encaminó sus pasos hacia el torreón de cantera.
“¡Entre de inmediato!” rugió la voz detrás de la pesada puerta de encino. Nicolasa se sacudió el agua, asió con fuerza el maletín negro y empujó. En un rincón, apenas iluminada por la luz mortecina de un quinqué de petróleo, se dibujaba la silueta de un hombre en silla de ruedas. La enfermera se acercó, dijo su nombre y se quedó de pie esperando las instrucciones convenidas. “Tome asiento, sírvase un cognac y explíqueme el proceso detalladamente” ordenó sin preámbulos Santillana. Nadie conocía su primer nombre, pero todos lo asociaban con una crueldad desmedida. Lejos, del otro lado de la ribera, las voces susurraban y las miradas furtivas se anclaban sobre la línea almenada de la torre. Ninguno se explicaba cómo se había atrevido Nicolasa a tanta temeridad. ¿Regresaría?
Reconfortada por el amable calor del alcohol, la enfermera abrió el maletín, colocó todos los instrumentos sobre el cubrecama de brocado y con impecable didáctica fue explicando a Santillana el uso y propósito de cada artefacto, así como la secuencia en que éstos serían utilizados. También explicó Nicolasa el efecto asociado a cada instrumento, las reacciones previsibles – tanto físicas como anímicas – y la necesaria colaboración del inválido para que el procedimiento fuera exitoso. Con la parquedad que le caracterizaba, Santillana cuestionó, indagó, recapituló. “No es necesario hacerlo de inmediato” puntualizó la mujer y enseguida añadió: “Tómese su tiempo. Debo estar segura de que usted entiende, que decide con plena libertad y conciencia, que asume las consecuencias y que me exime de cualquier responsabilidad. Soy profesional, puedo quedarme el tiempo que sea necesario o bien, retirarme si usted cambia de opinión. El pago será el mismo, lleve yo a cabo el procedimiento o no.”
Con la destreza propia de quien ha tenido que subsanar limitaciones físicas, Santillana se mudó de la silla a la cama, se desnudó completamente, señaló a Nicolasa el talego de monedas junto al quinqué y cerró los ojos. Ella se desprendió de la capa, la dobló sobre una silla y sin titubeo alguno eligió el instrumental y dio inicio a la intervención. El rugido de la tormenta se vio opacado por los gritos desgarradores, espeluznantes gemidos y todo tipo de profanidades provenientes del torreón siniestro.
Al despuntar el alba, Nicolasa dejó a Santillana lánguido sobre su lecho, durmiendo el sueño de los justos y con una beatífica expresión en su rostro. La muchacha cerró el portón de pesado encino, asió su maletín negro y el pícaro tintineo de las monedas en el talego ceñido a su cintura, le confirmaron una vez más que había elegido bien su misión de vida. En la chimenea de Santillana el fuego consumía los vestigios de un uniforme de enfermera. Del otro lado de la ribera, los curiosos veían cómo regresaba Nicolasa, la dominatriz, sana y salva.
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