De Hipatias y bibliotecas
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Lorena Careaga Viliesid |
Cuando me nombraron jefa de la biblioteca de la universidad donde trabajo, un querido amigo, además de compañero y cómplice en muchas aventuras editoriales, me regaló un libro y puso en su dedicatoria: “A la nueva Hipatia”.
Me sentí profundamente halagada y, a la vez, bastante preocupada.
El libro – por cierto una novela - se titula El incendio de Alejandría y cuenta la historia de cómo tres personajes, entre ellos una mujer llamada Hipatia, tratan de convencer al emir musulmán Amir ibn al-Ass de que no le pegue fuego a aquel centro del saber humano: la más grande biblioteca de la antigüedad.
Conocemos el resultado, tanto de la ficción como de la realidad histórica: la biblioteca de Alejandría ardió, siendo consumidos por las llamas más de 900 mil volúmenes, básicamente rollos de papiro y pergamino. En la novela, Hipatia y sus compañeros no tienen éxito en su empeño, a pesar de una brava defensa que incluyó desde atinados dicursos intelectuales hasta el habil uso de los encantos femeninos.
En la realidad, poco sabemos de las circunstancias en las que la biblioteca de Alejandría fue destruida, pero podemos decir que Amir ibn al-Ass no tuvo nada que ver con el incendio, pues su vida transcurrió en una época posterior a éste y se dice que cuando entró en la ciudad con sus ejércitos, representando los intereses del califa Omar I, sólo encontró ruina y desolación. Eso sí, la frase que la leyenda le atribuye a Omar es digna de antología. Cuando Amir ibn al-Ass le preguntó al califa qué hacer con tanto libro, se dice que éste respondió: Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo a la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos. Como lectora empedernida, académica sui generis y ahora apasionada bibliotecaria, sólo escribir esto me da escalofríos.

Pero volvamos a Hipatia, víctima también, como muchos libros lo han sido, de la ira puritánica de tantos otros fundamentalistas incendiarios. Y volvamos, no a la Hipatia de la novela, que es un personaje ficticio, sino a la mujer de ciencia conocida como Hipatia de Alejandría.
El escritor y folósofo Elbert Hubbard (autor de Un mensaje para García) la definió como “una persona que dividió a la sociedad en dos partes: aquellos que la consideraban como un oráculo de luz, y aquellos que la veían como un emisario de las tinieblas”. Ni qué decir que muchas mujeres que han hecho historia, fueron y siguen siendo vistas de ese modo.
Hipatia no fue la única mujer de ciencia de la antigüedad. Tampoco fue la única mujer que se dedicó a las matemáticas y a la astronomía. Pero sí es la sabia de quien más datos tenemos, pues aunque sus obras están perdidas, existen numerosas referencias en tratados de la época. “Y además murió en un momento conveniente para los historiadores”, al decir de Margaret Alic (El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX), ya que fue la última científica pagana del mundo antiguo y su muerte coincide con el fin del imperio romano. “Como no hubo adelantos significativos en matemáticas, astronomía ni física en ninguna parte del mundo occidental durante los mil años siguientes, Hipatia ha llegado a simbolizar el fin de la ciencia antigua”.

Esta notable mujer nació en 370 d.C. Su padre, Teón, era un matemático y astrónomo que trabajaba en el Museo, institución académica, por decirlo en términos modernos, donde estaba alojada la biblioteca de Alejandría.
Creado por Ptolomeo I Sóter, el Museo había sido llamado así en honor a las musas, diosas del saber, de las artes y las ciencias. La biblioteca del Museo estaba conformada por unos diez salones, cada uno dedicado a una disciplina diferente, donde laboraban poetas, científicos y filósofos. Desde su fundación, la biblioteca fue creciendo en acervo e importancia, y desde su primer bibliotecario, el erudito Calímaco, se empezó la clasificación de todo el material.
Teón insistió en que su hija tuviera una esmerada educación y gracias a ello, Hipatia viajó a Atenas y a Italia, y luego fue nombrada “oficialmente” para explicar las doctrinas de Platón, Aristóteles y otros sabios en la cátedra de filosofía del Museo. Por ello, la mayoría de sus escritos fueron libros de texto para sus estudiantes. Más adelante impartió lecciones de matemáticas, astronomía, filosofía y mecánica, conviertiendo su casa en un centro intelectual.
Mientras su padre revisaba y mejoraba los Elementos de geometría de Euclides, Hipatia se centró en el álgebra y escribió un comentario sobre la Aritmética de Diofanto y el tratado Sobre la geometría de las cónicas de Apolonio. Se dio tiempo para diseñar varios instrumentos científicos, incluyendo un astrolabio plano que usaba para medir la posición de estrellas y planetas, y para calcular el signo ascendente del zodíaco.
Con todo esto, se entiende que me haya sentido profundamente halagada por la analogía de mi amigo.
Ahora bien, por ser pagana, racionalista neoplatónica, científica, personaje influyente en la política alejandrina y además mujer, Hipatia se colocó en una posición muy peligrosa. Le había tocado vivir la Alejandría del siglo IV: una época de confusión, cambio y choque cultural entre griegos, egipcios, romanos, judíos y cristianos. El imperio romano se estaba convirtiendo al cristianismo, las ciencias empezaban a ser vistas como herejía y el neoplatonismo como maldad.
Bajo el patriarca Cirilo, en 412, comenzó la persecución. Miles de judíos fueron expulsados de la ciudad, y luego les tocó el turno a los neoplatónicos. Como Hipatia se negara a adoptar la religión cristiana, un buen día fue sacada de su carruaje por un grupo de monjes fanáticos, arrastrada a una iglesia y desnudada. Luego la tasajearon con caracoles afilados, la descuartizaron y quemaron sus restos hasta reducirlos a cenizas.
Ahora queda clara mi precupación.
Lo que son las cosas. Hipatia fue asesinada en marzo de 415, justo un siglo después de la muerte, igualmente violenta, de Catalina, otra erudita alejandrina que era cristiana. A fin de cuentas, fueran paganas o cristianas, lo peligroso para aquellas sabias de la antigüedad era serlo.
En el caso de Hipatia, no se sabe si Cirilo ordenó su tortura y muerte brutal, pues tras de ser denunciados estos hechos a los tribunales romanos, la investigación se pospuso varias veces “por falta de testigos”. Lo que sí sabemos es que, al poco tiempo, el patriarca fue canonizado, supongo que en premio y reconocimiento a su meritoria carrera.
La muerte de Hipatia marcó no sólo el fin de la enseñanza de los textos platónicos en Alejandría, sino el fin de aquel centro de sabiduría y el de toda una era.
En 640, los árabes destruyeron lo que quedaba del Museo. Pero fueron esos mismos árabes quienes rescataron y preservaron para la posteridad los textos griegos clásicos. Y si bien los hechos del pasado tienen su espejo en realidades de violencia y corrupción actual, también es cierto que hay renacimientos. Hoy en día existe de nuevo una magna biblioteca en Alejandría, que podría convertirse - ¿por qué no? - en un faro de información y conocimiento para las nuevas Hipatias.
lorena.careaga@gmail.com
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