Cuento corto: Independencia
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Cristina Goddard |
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Conocí al “Nopala” en las celebraciones del Barrio del Niño Jesús. Era un pirotecnista consumado, un artífice de la pólvora que podía dibujar en la oscuridad del firmamento cualquier arrebato de la imaginación. Por sus frutos los conoceréis, repetía contundente el Evangelio, y así fue como supe que el cuetero era la persona indicada para consumar mi más ardiente anhelo: iluminar con destellos La Ciudad de París.
Tuve que invitarle muchos tragos para ganarme su confianza y predisposición. El “Nopala” era un tipo arisco y desconfiado como todos los prófugos de la justicia. Debía dos vidas en Tultepec y vivía escondido en algún callejón de Los Reyes, semioculto tras hirsuta melena y barba que sólo dejaban asomar sus ojillos de capulín. Nomás verle la panza y el bigote aguamielero, supe cómo echármelo a la bolsa: visitas al tinacal y curaditos al por mayor. Alternando los de apio con los de piñón, logré transmitirle mi deseo al “Nopala”, precisar los detalles y convenir en el precio. Quedamos amarrados para la noche del 15 de septiembre, a las diez en punto, sobre los tejados de La Ciudad de París.
Los fuegos artificiales empezaron a las nueve de la noche. El espectáculo estaba diseñado para ir de menos a más, creando así anticipación en el público que crecía en número y se iba juntando sobre la avenida. Cientos de ojos mirando hacia arriba, pendientes de lo que ocurría en el manto negro del firmamento. Esferas multicolores, toritos, rehiletes, letreros incandescentes que embrujaban al espectador. Toda la atención puesta en el cielo, ninguna mirada atenta a lo que ocurría en la tierra… La Ciudad de París encandilaba a la multitud con la magia de la ilusión cromática.
Tres horas fueron suficientes para abrir la bóveda del Banco. La diversión de las luces y el constante percutir de los cohetones, camuflaron perfectamente mis quehaceres. En el precio convenido con el “Nopala”, estaba incluído el Semtex y el adiestramiento sobre cómo usarlo. El cuetero hacía rato que se había trepado en el tren del progreso, dejando la pólvora para infiernitos, al tiempo que incorporaba a su arsenal y acervo cultural, explosivos de tercera generación y tecnología de punta. Al “Nopala” le quedaron las joyas de las cajas de seguridad y algunas monedas de oro. El tenía contactos para disponer en forma rápida, segura y lucrativa esa mercancía caliente. Yo me quedé con el efectivo, contante y sonante.

“¡Viva México!” grité con la muchedumbre al dejar la escena del robo, abriéndome paso con un diablito que transportaba dos costales de lona. Ahora sí podría hacer realidad mi más codiciado sueño: ver las luces de la ciudad de París, la que cruza el Sena, no el almacén de franchutes que me había encargado organizar la iluminación para las fiestas patrias. “¡Viva México, cabrones!” “¡Vive la France!”
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