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Que tienen en común la grasa de serpiente, el excremento de cocodrilo, la cáscara de...

Lorena Careaga Lorena Careaga Viliesid

No todas las mujeres deseamos tener hijos. Es una decisión y a la vez muchas cosas más: una ventaja, una desventaja, un estigma, una diferencia que nos aparta del común de las mujeres, una excepción a la regla.

Difícilmente podemos participar, por falta de experiencia propia, en el tema del embarazo o del parto, o bien en ese tema – uno de los más importantes de las conversaciones femeninas -  que parece que nos es tabú: “los hijos”. Parecería que por no tenerlos, no podemos compartir ideas al respecto.

Y no creo estar exagerando al afirmar que en muchos círculos, las mujeres que no hemos dado a luz a otro ser, somos mal vistas. Yo me he sentido como bicho raro cuando en algún taller, reunión o evento de mujeres, digo y afirmo que nunca quise tener hijos. La mayoría de las asistentes mujeres son madres y me miran con desprecio, hostilidad y hasta conmiseración, como si me hubiera perdido de lo más maravilloso del universo. Quizá sí, y he tenido que asumir las consecuencias de mi decisión. Pero hoy por hoy, todavía no me arrepiento.

Todo esto viene a cuento porque... no todas las mujeres deseamos tener hijos. Y ni somos tan pocas, ni es novedad. Los métodos para evitar el embarazo se remontan seguramente a los albores de la humanidad. Desde la antigüedad, las mujeres sabían que el fluído mágico que entraba a su cuerpo durante el acto sexual tenía algo que ver con el embarazo, y mucho antes de que, en 1677, Antonio van Leeuwenhoek inventara el microscopio y vislumbrara a través de su lente a esos inquietos bichitos llamados espermatozoides, ya había métodos para bloquearles el paso.

Hace 3 mil años ya existía, por ejemplo, una gran variedad de supositorios vaginales. Diversas culturas han hecho uso del excremento de animales, que no mata a los espermatozoides pero que tapa maravillosamente bien la entrada del cérvix. En la India y en diversos lugares de África, el excremento preferido era el del elefante. En Egipto se enviaba a los niños a recolectar excremento de cocodrilo en las márgenes del Nilo, mientras que en el México prehispánico, las mujeres aztecas utilizaban el de águila.

La ginecología, que desde la antigüedad clásica ya era una especialidad lucrativa, presentaba novedosas soluciones anticonceptivas a aquellas mujeres – generalmente de las clases altas – que las solicitaban. En la Grecia del siglo II, el ginecólogo Sorano de Efeso recomendaba una mezcla de miel de abeja, aceite de cedro y pulpa de higo, que debió ser bastante exitosa, pues Sorano acabó contratando a varias mujeres para producir, en serie, unos tampones con todo y el hilito. Se cuenta que las más creativas incluso le daban forma de pene.

Plinio (79-27 a.C.) reporta que una experta partera de Tebas untaba grasa de serpiente con miel y óxido de cobre en los genitales de aquellas mujeres que no deseaban embarazarse. Por su parte, Razhes de Bagdad inventó, en 882, una exótica mezcolanza que incluía, entre otros ingredientes, granada, cerilla de animal, excremento de elefante y cal.

Las mujeres de la isla de Sumatra, sin embargo, fueron quienes más se acercaron a los métodos de la medicina moderna. Se introducían en la vagina las hojas de ciertas plantas que contenían ácido tánico, hoy considerado como excelente espermicida. También crearon un objeto muy similar al diafragma, al tomar látex de opio, darle forma de copa y colocarlo en el cérvix.

De hecho, antes de inventarse el moderno diafragma, diversas culturas hicieron uso de él. Las chinas tapaban el cérvix con disquitos hechos de papel de seda, o bien con la mitad de una cáscara de granada. En la India y otras regiones asiáticas se utilizaban pequeños abanicos de plumas, mientras que en Medio Oriente eran esponjas. Un farmacólogo árabe llegó a sugerir el testículo derecho de un lobo, untado con aceite y envuelto en lana. Más pragmáticas, las húngaras moldeaban las copas en cera de abeja. El propio Casanova daba a sus amantes esferas de oro que debían introducirse previamente al acto sexual.

Otro socorrido método anticonceptivo eran las duchas vaginales en multitud de formas, desde trocitos de caoba hervidos en jugo de limón, hasta vino tinto en el que previamente se había macerado ajo e hinojo. Las egipcias llegaron a acuclillarse sobre una hornacina con la idea de que el humo del carbón les evitara el embarazo.

Mientras las mujeres hacían todo esto y más, muchos hombres estaban convencidos de que la fertilidad era puramente mental. Así, los filósofos chinos aconsejaban la práctica del Kong Fou: “En el momento de la eyaculación – decían - respira hondo y piensa en otra cosa”. Razhes de Bagdad, en cambio, creía más en la acción. Su método para desalojar a los espermas de la vagina era el siguiente: inmediatamente después de la penetración, la mujer debía “ponerse de pie rápido y estornudar varias veces... luego saltar hacia atrás vigorosamente unas nueve veces llamando en voz muy alta”. Por desgracia, a Razhes se le olvidó decir a qué o a quién.

 

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