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EL AVARO PATRIO 

 

Lorena Careaga Cristina Goddard


Gumersindo Aldama era un oscuro pariente de Ignacio y Juan, ambos señoritos de abolengo y codiciados solteros de San Miguel El Grande. Los lazos consanguíneos que le unían a estos aguerridos muchachos, eran evidentes: la misma nariz, las cejas pobladas, el color cetrino y las profundas ojeras violáceas. Mientras el estudiante de leyes y el cadete presumían de noble alcurnia, Gumersindo dedicaba sus días a cuidar puercos en las afueras de la villa. Su persona emanaba los efluvios del chiquero y su fisonomía reflejaba su ocupación: gordo, panzón, de cachete bofo, trompudo y nariz chata. En pocas palabras, Gumersindo era un paria. 

El ejército realista, la alta jerarquía de la Iglesia, los peninsulares, criollos, indios, negros, mulatos, cambujos, zambos y demás habitantes variopintos de la ciudad colonial, compartían un interés común: el desmedido gusto por la carne de cerdo. Nadie escapaba a la tentación de jugosas chuletas, jamones, embutidos, vísceras, chicharrón y tocino. Aunque ellos lo ignoraran, Gumer los tenía agarrados por las partes nobles y nadie podía prescindir de sus servicios. ¿Competencia? ¡Ninguna! Nadie, por más muerto de hambre que estuviera, se animaba a vivir envuelto en el miasma del olor porcino, el acre excremento de chancho o el inmundo lodazal fangoso donde los marranitos buscaban refrescarse y huir de la canícula guanajuatense. 

Hechos simples y aislados fueron encadenándose caprichosamente, para fortuna del gordo Aldama. Una mujer desatendida por su marido, un capitán del regimiento de los Dragones de la Reina que entró al quite para descarrilarla, un curita soliviantado que embarcó a Juan y a Ignacio en su fogoso desatino… Y que se arma la de Dios: ¡Viva México, Viva Santa María de Guadalupe, Viva Fernando VII, Muera el mal gobierno y que chiflen a su maúser los gachupines! 

Como dirían los economistas hoy en día, el mercado se segmentó: un nicho conformado por la Iglesia, el ejército realista y los adinerados peninsulares; otro que abarcaba a los criollos, ejército insurgente y la plebe. “No se puede servir a Dios y al Diablo,” díjose Gumersindo al ver el antagonismo entre sus otrora bien avenidos consumidores. “Tal y como están las cosas, voy a quedar como traidor, haga lo que haga.” Pero, cavilando en su insalubre inframundo, tuvo una idea genial. 

Usando sus influencias convenció a un capitán, mismo que le proporcionó un salvoconducto para entrevistarse con el Intendente de Guanajuato, Juan Antonio Riaño y Bárcena. “Su Merced,” le dijo en secreto Gumersindo, “su ejército no tendrá problema de aprovisionarse de comida, pues podrán disponer de todos los víveres que incauten a los rebeldes, así como recibir las generosas donaciones de quienes, como yo, apoyamos la causa realista. Pero la guerra es la guerra y si las cosas se complican, vendrán tiempos de escasez. Yo tengo la solución para Su Merced: le vendo hoy, a muy buen precio, el número de animales en canal y limpiecitos, que usted disponga. En su momento, Su Merced podrá canjear su documento por el lechoncito en cuestión, o bien vender el pagaré con gordas ganancias a quien quiera un taquito de maciza, buche u oreja. No hay pierde, Su Merced.” Riaño, codicioso, dispuso del erario y le compró a Gumersindo Aldama doscientos cincuenta marranos por adelantado. 


Furtivamente se reunió luego con los otros Aldama, Juanito y Nacho. “La sangre es la sangre, hermanos. Yo no puedo pelear con bravura como ustedes, pero quiero que sepan que todos mis puerquitos se sacrificarán para alimentar a la tropa insurgente. Yo se los doy al costo, no les voy a ganar nada. Pero si ustedes me compran toda la piara, dejarán sin sustento al pérfido enemigo. Los realistas se morirán de hambre, tarde que temprano,” sentenció Gumersindo a sus belicosos parientes. Hubo arreglo y convinieron en que Gumersindo y sus puercos irían a la retaguardia del ejército insurgente, sacrificando a los chanchitos conforme fuera necesario. El gordito no cabía en sí de gozo: le daban de comer, un lugar para dormir, podía jugar dados con la soldadesca, engordaba a sus chanchos con todo el desperdicio de la tropa y por cada matanza recibía cien reales en moneditas de oro. 

La historia quedó  asentada en los libros de texto gratuitos. El zipizape duró once años, los ejércitos se desbandaron y cuando acabó la guerra ya nadie sabía de qué lado estaba. Los pagarés del Intendente Riaño quedaron hechos cenizas en una refriega y cuando se le acabó la piara al gordo Aldama, éste se perdió en el monte con una buena cantidad de oro en el bolsillo. Iturbide se coronó Emperador y su ministro de Hacienda cayó en la ya probada estratagema del emergente banquero, Gumersindo Aldama, tal y como Riaño lo había hecho una década atrás. 

Desde entonces, y gracias al avaro patrio del maloliente porquerizo de San Miguel El Grande, se comercializan las lonjas de cerdo en el mercado de futuros.  
 
 

Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com

 

 

 

 

 
 
 
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