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DE LUZ Y FUERZA… 

 

Lorena Careaga Cristina Goddard


Con el decreto presidencial del 11 de octubre, le bajaron el switch a una etapa de mi vida… Se acabó una empresa centenaria, terminaron privilegios añejos y excesivos, le dieron golpe mortal al sindicato y le apagaron la luz a Necaxa. 

A principios de los sesenta, mi tío Ricardo fue trasladado al campamento de Nuevo Necaxa como ingeniero de mantenimiento. Vivió ahí varios años, escalando posiciones hasta ocupar la de superintendente de LyF para esa plaza. Era un tipo muy bien parecido, afable y niñero. Con él, no todo era miel sobre hojuelas pues tenía ideas extrañas sobre la crianza de los niños, problemas de identidad cultural (suspiraba por ser español, hablaba con la zeta, pero también se vestía de charro negro) y estaba casado con una señora que cocinaba francamente mal. Generoso como era, al llegar las vacaciones escolares de diciembre y enero (recuérdese que hablamos del antiguo calendario) extendía una invitación para llevarse a los sobrinos a pasar unas semanas a Necaxa. Mi mamá no nos preguntaba y en un abrir y cerrar de ojos, nos despachaba al exilio antes de que pudiéramos protestar o resistirnos. Comprendo que una mujer que había tenido cinco hijos antes de cumplir treinta años, veía en esa invitación la apertura momentánea de las puertas del paraíso. Necaxa era para mi madre un respiro; para mí, un verdadero Gulag. 

La odisea empezaba en un Renault Dauphine donde, sigo sin saber cómo, entraban víveres, dos adultos y cuatro o cinco niños. El tío había “aprendido” a conducir (como le gustaba decir a él) ya mayorcito y por ende era una bestia al volante. Tomábamos la carretera rumbo a Pachuca y de ahí el sinuoso trayecto que pasaba por Tulancingo, Acaxochitlán, Huauchinango, Necaxa y Nuevo Necaxa. La náusea y el mareo hacían presa de nosotros en esas curvas interminables donde yo sentía el desbarranque inminente al precipicio en cada maniobra del malhadado chofer. El viaje era eterno, pues no había autopista, y las cinco o seis horas se multiplicaban por veinte pues los tíos insistían en cantar todo el camino una gachupinada que recitaba el estribillo de: ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralalá… Finalmente llegábamos al Campamento La Mesa, generalmente de noche, y tras endosarnos unos molotes a manera de merienda, nos mandaban a dormir. Caíamos como piedra hasta la mañana siguiente… 

Despertar en Necaxa era como ingresar a una dimensión desconocida. Sin importar la época del año, una densa neblina lo envolvía todo y resultaba imposible ver más allá de un metro de distancia. El mundo se veía como a través de un cristal esmerilado durante las primeras horas de la mañana y hacía frío. El Campamento La Mesa lo conformaba una veintena de casas dispuestas alrededor de un largo camellón central. Hoy me parecen bellísimas las construcciones inglesas de principio de siglo XX, con sótano, porche, altas ventanas de madera, techo de dos aguas y ático. Pero a los 8 ó 9 años todo se me antojaba viejo, siniestro y húmedo. El verdín invadía todas las superficies, así como las sábanas, toallas y ropa que siempre olían feo. 


Como el mundo se circunscribía a ese perímetro resguardado por una caseta de vigilancia y el bosque, Necaxa nos ofrecía algo que en casa no teníamos: libertad absoluta de ir y venir a nuestras anchas. Teníamos la posibilidad de hacer lo que nos diera la gana, pero la verdad es que no había mucho qué hacer y al tercer día el aburrimiento hacía presa de nosotros. Del inenarrable hastío surgieron travesuras, accidentes y denuncias. Una de mis hermanas, en una tarde brumosa, tomó la punta de un afilado compás y se dedicó a grabar su nombre sobre la mesa de fina caoba que adornaba la sala de los tíos. En otra ocasión, ella y mi hermana menor optaron por jugar “al circo” en la ventana del ático y la más pequeña se lanzó al vacío con la consecuente fractura de un brazo. Yo, en mi desesperación por el aislamiento, escribí una carta a mis papás diciendo lo mal que me lo pasaba, cómo detestaba el lugar, suplicando que vinieran por mí a cambio de lo que fuera. Pero toda acción provoca una reacción… A la que rayó la mesa de la sala la confinaron al “cuarto del castigo”, de donde se salió por una ventana para perderse toda la tarde en el bosque. A la que voló por los aires hubo que llevarla con el médico del campamento quien la anestesió utilizando un colador y una gasa empapada en éter, para poder reacomodar la fractura, enyesarla y mandarla de regreso a México. En mi caso, la tía me interceptó la carta acusadora y me puso una filípica que todavía recuerdo. A todos nos hacían beber un vaso de leche hervida después de la comida, por más que protestábamos diciendo que nos gustaba la leche fría y cruda como la que tomaba mi papá. Los tíos hacían oídos sordos y no podíamos levantarnos de la mesa sin antes acabar el tibio brebaje con nata. 

Las salidas con la tía eran terribles… Nos subía al coche para ir al pueblo de Necaxa donde hacía la compra. A mí me dejaba varada en el molino de nixtamal, haciendo fila para comprar masa para tortillas. Los perros famélicos me rodeaban y yo moría del terror. Los domingos nos dejaba en la iglesia polvorienta, mientras ella y el tío no sé qué hacían, pues ellos se las daban de ateos y librepensadores. Algún sábado nos refundían en el cine del SME donde nos soplábamos programa doble de las películas más extrañas del mundo. Aburrido como era estar en el campamento, era mejor permanecer ahí que salir de él. 

Los paseos con mi tío eran diferentes, por decir algo. Nos llevaba a ver las plantas generadoras de  Necaxa, Tepexic, Patla y Tezcapa. Subíamos con él al “malacate” y viajábamos por pendientes casi verticales, muertos de miedo cuando por una fracción de segundo mi tío se desconectaba del suministro eléctrico y el carrito cedía a la gravedad. Otras veces, nos llevaba a Xicotepec de Juárez y nos dejaba nadar en las aguas heladas del Hotel Mi Ranchito y comer zarzamoras. A veces íbamos con él y otros niños del campamento a pasear en lancha por la presa. 

Los tíos ya pasaron a mejor vida, yo jamás regresé a Necaxa y los recuerdos ambivalentes que del lugar tengo, se irán desdibujando con el tiempo y la desaparición inminente del primer bastión hidroeléctrico de este México nuestro… El pasado se quedó sin luz, sin fuerza. 

 

Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com

 

 

 

 

 
 
 
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