IX
EUSCARIO
 |
Cristina Goddard |
|
Emmanuel David y seguidores empezaban a emerger del anonimato. No sólo en Puerto La Libertad, sino a lo largo de toda la costa y allende la cordillera. El mito se confundía con la realidad, pero todas las versiones coincidían en lo mismo: nadie sabía a ciencia cierta el origen del forastero, sus métodos de captura eran innovadores, se rodeaba de hombres marginados a quienes iba haciendo ricos, y además regalaba toneladas de pescado y marisco a los menesterosos. Era de esperarse que la comunidad se polarizara cada vez más. Pocos permanecían indiferentes al forastero y el resto se dividía en dos bandos: quienes lo respetaban incondicionalmente y los que se sentían incómodos y amenazados
por él.

El cielo apenas clareaba cuando Emmanuel David abordó el Nereida seguido de un muchacho que nadie conocía. De inmediato Simón se plantó, calabrote en mano, entre Pedro y sus hombres, y los recién llegados. Una tensa calma se apoderó de la cubierta del barco. El imperceptible oleaje cesó del todo y la mar se convirtió en una gran mancha de aceite. Emmanuel David dio la orden a Pedro de que soltaran amarras y no hizo ademán alguno de presentar al desconocido. Los hombres se miraron entre sí y se dieron a la tarea de alistar todos los aparejos para la pesca del día. El que más y el que menos ya estaban acostumbrados al carácter impredecible de su jefe. Con el forastero nunca se sabía por dónde iba a saltar la liebre.
Andrés y Juan limpiaban la cubierta del navío y de tanto en tanto miraban de reojo a los dos hombres que conversaban recargados en la baranda de proa. Emmanuel David, con su guayabera de costumbre, hablaba intensamente con el hombre que había traído a bordo. El tipo era singular: muy alto, delgado, correoso, barbicerrado y con ojos negros y brillantes como obsidiana. Contemplando la escena, a Juan se le enredaron las tripas. Sin saber por qué, resintió la familiaridad del desconocido con Emmanuel David y maldijo entre dientes: “¡Ave de mal agüero!” Andrés le miró fijamente y sólo asintió con la cabeza.
Santiago, Pedro y Felipe empezaron a bajar las redes en el punto indicado por Emmanuel David. Afanados en su tarea, poca atención prestaban a lo que ocurría en la proa. Lo importante era templar adecuadamente el cable de los winches para sacar el mayor tonelaje posible sin sobrecargar la embarcación para luego organizar el traslado al buque refrigerado, pesar la mercancía y levantar el reporte correspondiente. A su regreso a tierra, Mateo se encargaría de hacer las cuentas y pagar a cada uno su parte. Con suerte, si no los alcanzaba el mal tiempo, se reunirían todos en la casa de Bartolomé para tomar unos tragos y jugar a las cartas.
Ya Pedro iba a dar la orden de levar anclas, cuando un ademán del jefe lo paró en seco. Emmanuel David llamó a todos a proa y les informó: “Éste es Euscario Jano. Nos conocemos de tiempo atrás y crecimos en el mismo pueblo. Es, sin duda, el tipo más inteligente que conozco y será una pieza clave en nuestra empresa. Necesito de él para llevar a cabo el proyecto que traigo entre manos. Con el tiempo se darán cuenta de lo que ahora les digo. A partir de este momento, Euscario es uno de los nuestros. Ahora sí Pedro, dale pa’delante que ya empieza a soplar recio el aire.”
- ¡Psst! ¿Andrés? ¿Cómo dijo que se llamaba el nuevo?
- Euscariote de mierda… No te fíes de él.
Continuará…
Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com
|