XI
TADEO
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Cristina Goddard |
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— ¡Tadeo, acá en el muelle norte!
La voz de Emmanuel David se escuchaba sonora y clara en medio de la algarabía propia del puerto. Había emoción y afecto en esas simples palabras para el hermano faltante. Detrás de Emmanuel, Jacobo agitaba los brazos en señal de bienvenida. El resto de los hombres instintivamente se había replegado unos metros atrás, como si tácitamente comprendieran que ese círculo íntimo no tenía cabida para ellos.
Tadeo era un hombre formidable: ancho de hombros, torso amplio y un par de brazos fuertes y musculosos. Aunque los rasgos David se podían ver en su rostro, su tamaño y corpulencia lo hacían muy diferente a sus hermanos, Emmanuel y Jacobo. En contraste, su sonrisa franca y amable desarmó desde el inicio a los otros. “Si alguien puede lograr hasta lo imposible, ése es Tadeo,” había dicho Emmanuel a manera de presentación.
Acto seguido, los once y Emmanuel se hicieron a la mar y navegaron por varias horas, antes de que éste diera la orden de echar anclas. Ya se aprestaban Pedro y Santiago a lanzar las redes, cuando Emmanuel los detuvo en seco y, sentándose sobre cubierta, los invitó a hacer lo mismo. Los hombres presentían algo y permanecieron atentos a las palabras del forastero.

— Hay inquietud entre la gente de Puerto La Libertad. Mateo y Bernabé han escuchado rumores de descontento y suspicacia contra nosotros. Las cosas van a cambiar de un día para otro.
— ¿Por qué la agresión? ¿Es ilegal lo que hacemos? A nadie perjudicamos y, lo que es más Emmanuel, con tu negocio no sólo nos has beneficiado a nosotros, sino también a muchos en La Libertad.
— Tú lo ves así, Pedro. Pero no todos comparten tu punto de vista. Yo solamente quiero advertirles cómo está la situación y decirles que se preparen para lo que viene… No la van a tener nada fácil.
Tadeo propuso una partida de naipes sobre cubierta y ninguno pudo resistirse a su afabilidad y don de gentes. Se disipó la tensión y ese día no hubo pesca, sólo camaradería y unión entre los hombres. Euscario, usualmente reservado y distante, participó en el juego y fue el más bromista del navío. Emmanuel estaba complacido con sus colaboradores y feliz de haber elegido a cada uno de ellos.
Pedro se había apartado del grupo, so pretexto de revisar los motores del Nereida. Sintiendo su hosco comportamiento, Tadeo se había acercado a él y sin decir palabra había aplicado toda su fuerza para aligerar el esfuerzo de levar anclas. Al sentir Pedro que el peso cedía, se volvió bruscamente. En ese momento, Tadeo le devolvió una sonrisa de complicidad y Pedro bajó la guardia.
— Cuando Emmanuel me contó que los hermanos Alatorre eran sus amigos, supe que andaba con hombres de trabajo, de palabra y de ley. Para mí es un honor trabajar con ustedes. Espero que seamos amigos, Pedro.
— Sólo el tiempo dirá… Pero dime una cosa, ¿por qué hasta ahora te presenta Emmanuel con nosotros? ¿Por qué primero Jacobo y luego tú? Nunca antes había hablado de ustedes. Pensarías que si quería alguien de confianza, ustedes dos tendrían que haber sido los primeros, ¿no crees?
— Parece que no conocieras a mi hermano, Pedro. A mí me sorprende igual que a ti. Le tengo gran cariño, mucha admiración, mucho respeto. Pero de ahí a comprenderlo o entender lo que pasa por su cabeza… La mayoría de las veces no sé por qué hace las cosas.
— En eso tienes razón. ¿Sabes que yo fui el primero que reclutó y que me nombró capitán de su empresa? Algo habrá visto en mí.
En ese momento Emmanuel se aproximaba con dos cervezas. Al preguntarles de qué hablaban tan animadamente, Pedro había respondido:
— Le estaba diciendo a tu hermano Tadeo, que por ti doy la cara cuando sea y con quien sea, Jefe.
— Lo sé, Pedro. Y, sin embargo, no siempre será así…
La respuesta del Jefe había tomado a los dos hombres por sorpresa, quienes se miraron extrañados mientras Emmanuel regresaba a la partida de naipes.
En tierra firme, los ánimos estaban caldeados. Las fuerzas del orden y la élite de Puerto La Libertad discutían estrategias para minar el creciente poder e influencia del forastero y así acabar de una vez por todas con el grupo que empezaba a oler a subversión.
Continuará…
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