Pedro 2010
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Cristina Goddard |
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-¿Cuándo termina la veda? No podemos seguir así, con todas las embarcaciones paradas. Estamos perdiendo dinero cada día que pasa.
- Sal a pescar y refuerza tus redes y los winches. Encontrarás los mejores bancos de camarón a dos millas naúticas del puerto, hacia allá, en dirección a Isla Negra.
-Y tú, ¿quién eres para decirme qué hacer y dónde ir? Con suerte trabajas para la Guardia Costera y me quieres poner un cuatro… No sería la primera vez.
-Mi autoridad está por encima de quien patrulla las aguas y de quien impone la veda. Si no tienes miedo y te arriesgas conmigo, yo te haré capitán de flota con poder ilimitado. Piénsalo, porque si te decides a seguirme, tendrás que dejarlo todo y servirme sólo a mí.
-¿Cómo sé que hablas derecho, que todo lo que me dices no es puro cuento?
- Sal a pescar donde te dije… Espero que tu barco resista el peso, pues se ve bastante traqueteado.

Pedro Alatorre clavó la vista en el arrogante forastero, midiendo fuerzas y buscando algo que le delatara como un impostor. El tipo era joven, recio, elocuente. Vestía pantalón de mezclilla, guayabera clásica, mocasines con suela de goma. Cruzado de brazos, le sonreía tras una hirsuta y descuidada barba negra. El desconocido le sostuvo la mirada hasta que, incómodo y desorientado, Pedro optó por aceptar el reto e investigar el sitio indicado. Dándole la espalda, silbó varias veces y en un abrir y cerrar de ojos una decena de hombres abordaron el Nereida, levaron anclas y zarparon rumbo a Isla Negra. El mar parecía una gran mancha de aceite.
El barco se detuvo en las coordenadas previstas y los marineros fondearon anclas y lanzaron las redes. No había ni una brizna de aire y el calor comenzaba a hacer de las suyas. Cuatro grumetes se pusieron a jugar una partida de dados sobre cubierta, mientras el resto de la tripulación buscaba refugio del sol candente en el cuarto de máquinas y la cabina principal. No había pasado ni media hora cuando el Nereida empezó a crujir y cimbrarse por el peso de las redes. “¡Leven winches!” gritó Pedro, azuzando a los hombres. Cuando subieron las redes, nadie dio crédito a lo que veían: toneladas de camarón que amenazaban a reventar las cuerdas y hacer naufragar el barco. “¡Tiren al mar parte de la carga, o nos hundimos!” fue la orden tajante del capitán de navío. En el horizonte, ninguna otra embarcación ni señales de la Guardia Costera.
A media distancia del puerto, el Nereida fue interceptado por un barco congelador de gran eslora, con bandera panameña. En la proa estaba el tipo de la guayabera, haciendo ademanes para que Pedro subiera a bordo. Una vez sobre cubierta del navío sin nombre, el hombre hizo su oferta: “Yo no miento, Pedro Alatorre. No puedes vender tu mercancía en Puerto Libertad porque la veda persiste. Pero yo te la compro aquí mismo, pago doble y asunto arreglado. Si aceptas, trabajas para mí bajo mis condiciones. Si declinas, no nos volvemos a ver. Tú dices…” En ese momento, Pedro tomó una decisión que lo marcaría de por vida. Dio orden tajante a su tripulación de trasegar toda la pesca a los congeladores del navío, pagó generosamente a los marinos y le indicó a Andrés, su hermano, que regresara el Nereida a puerto con las redes vacías.
-¿Cuál es entonces el arreglo? ¡Bueno, ni siquiera sé tu nombre!
- Emmanuel, a secas. El trato es el que te propuse desde un principio: tú sales a pescar donde yo te diga, yo compro la carga y me ocupo de su distribución. Pero necesito saber si estás preparado a dirigir toda una organización compleja y ser mi único representante.
- De poder, claro que puedo. De querer, también. Pero me sigo preguntando: ¿cómo sé que eres de confiar?
- Ya te demostré que no miento. ¿Socios, entonces?
- ¡Va pues! ¡Socios!
Del navío bajaron una lancha con motor fuera de borda y Pedro tiró con fuerza del cable para arrancarla. Saludó con la mano en alto al forastero que le sonreía desde la proa y se dirigió, satisfecho, hacia Puerto Libertad para reunirse con Andrés y sus muchachos. Mientras se acercaba a la costa, no podía dejar de pensar en las últimas palabras que, burlonamente, le había espetado Emmanuel: Yo jamás desconfiaré de ti, Pedro. Tú, sin embargo, un día me desconocerás…
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