Andrés
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Cristina Goddard |
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Sofocado por el calor e irascible como solía ser, llegó Pedro Alatorre al bar donde se reunían los pescadores en Puerto Libertad. De inmediato avistó a su hermano Andrés y ambos se apartaron del resto sentándose en una mesa desde donde podían ver al Nereida bamboleándose sobre las aguas del muelle.

-Dime otra vez dónde y cómo conociste a Emmanuel David. ¿Qué más sabes de él?
-Fue hace unos meses, en los manantiales de La Candela, ahí donde vive desde hace años Juan El Loco. He tenido problema con las articulaciones y pensé que un remojo en las aguas termales me ayudaría a mitigar el dolor. Llegué temprano, un día entre semana cuando no había nadie más que el hippie. Lo saludé y me metí al agua, en un remanso apartado del caudal. De lejos escuchaba a Juan cantar sus mantras y de alguna manera encontré su tono repetitivo muy sedante. Cada quien a su negocio, hasta que llegó el forastero y El Loco se transformó.
-¿Cómo que se transformó? Explícate y dime exactamente lo que pasó en La Candela.
- Yo lo veía todo detrás de la cortina de follaje del sabino. Emmanuel (luego supe que así se llamaba) se quitó la ropa, se anudó una toalla en la cintura y le hizo una seña a Juan. Ahí fue donde al Loco le cambió la cara. Así de sucio y desarrapado como lo ves, en presencia del forastero se transfiguró: los ojos le brillaban, el rostro se le iluminó y como que le volvió el alma al cuerpo. Juan, con todo y harapos, se metió a la hondonada y Emmanuel hizo lo mismo. Los dos hombres tenían el agua a la altura del pecho y Juan tomó al otro por los hombros y lo sumergió un buen rato. Cuando salió a la superficie, Juan le dijo: “Emmanuel, te estábamos esperando.”
-No entiendo nada de lo que me cuentas ni me interesa. Lo que quiero saber es cómo entraste en contacto con el tal Emmanuel.
-La paciencia no es tu fuerte, hermano. Si ya te lo iba a decir. El forastero salió del agua, se secó, se vistió y me dijo: “Andrés, ¿eres el hijo de Jonás Alatorre, verdad? Ven que quiero tratar un asunto contigo.” Supuse que nos conocía, le di aventón en la camioneta y me dijo que tenía una buena oferta para ti. “Preséntame a Pedro, tu hermano”, fueron sus palabras cuando se bajó en el crucero. No sé más del tipo, pero me inspira confianza.
Los dos hombres permanecieron un buen rato sin dirigirse la palabra, tomando cerveza, mirando al Nereida. Andrés intentaba adivinar en los gestos de Pedro, su talante y disposición hacia Emmanuel. Lo que no le había dicho al hermano, era que él y el forastero se habían hecho amigos de inmediato. No sabía cómo explicarlo, pero estaba convencido de que asociarse con Emmanuel era la solución a todos sus problemas. Tenía la certeza de que la mala racha estaba por terminar. Andrés quería a su hermano y lo respetaba como capitán de navío, pero también sabía que con él había que andarse con mucho tiento. Pedro era testarudo, desconfiado… Por eso se había sorprendido gratamente cuando el hermano había accedido a seguir las instrucciones de Emmanuel el día anterior en el muelle. En toda su vida no recordaba que el Nereida hubiera levantado una carga como la de la víspera.
Pedro Alatorre escardaba su hirsuta barba y mantenía la vista fija en el destartalado navío camaronero. Después de varios minutos, apuró de un trago el vaso de cerveza y le dijo a su hermano:
-Nunca hemos tenido la suerte de ayer. Probemos unos días más siguiendo las coordenadas que señale Emmanuel David. El trato es venderle toda la carga, en alta mar, en exclusiva. Dos viajes más y, si todo sale bien, nos asociamos con él. Necesitaremos más hombres, de plena confianza. ¿Has pensado en alguien?
- Sí, en los dos hermanos Del Trueno
-¿Santiago y Juan?
- Precisamente en ellos
-Busca a Santiago Del Trueno y tráetelo mañana para salir en el Nereida. Con el poco trabajo que tienen los remendones de avíos de pesca, seguro que acepta a cambio de unos cuantos reales. Emmanuel viene con nosotros y parece que tiene buen ojo. Si está de acuerdo, contaremos con un par de buenos brazos.
- ¿Y de Juan, el hermano?
-Primero calemos al mayor y después decidimos.
Los hermanos Alatorre salieron del bar y tomaron direcciones opuestas. Pedro se encaminó a su casa donde le esperaba su mujer, su suegra y cuatro hijos. Andrés echó a andar rumbo al Nereida, donde pasaría la noche para poder zarpar de madrugada. Ninguno de los dos se percató del hombre que los veía a distancia.
Emmanuel David bajó los prismáticos y sonrió satisfecho.
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