SANTIAGO
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Cristina Goddard |
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-¿Quién es ése sobre el caballo blanco, recorriendo la ensenada de punta a punta?
-Santiago del Trueno, es amigo nuestro.
-¡Preséntamelo! Me parece que puede unirse a nuestra empresa.
Andrés miró de reojo a Emmanuel David, azorado ante la perspicacia del forastero. Hacía días que no se encontraban y nada le había comentado sobre la conversación con Pedro. Los hermanos habían pensado en reclutar a los del Trueno para ampliar sus operaciones y aumentar los volúmenes de pesca. ¿Cómo diablos se había enterado Emmanuel de sus planes? Estaba a punto de preguntárselo, cuando el otro le dio una palmada en los hombros en señal de afecto y despedida. Así, sin más, el forastero se fue caminando por el malecón en dirección al faro.
Andrés bajó a la playa y se apostó en un saliente de roca para poder atajar a Santiago en cuanto cruzara por ahí. Vio cómo se acercaba lentamente, paseando al caballo con una soga para enfriarlo y descansarlo un poco. Ambos levantaron la mano en señal de saludo y se encontraron a medio camino.

-¿Qué dices, hermano? ¿Tienes tiempo para hablar de algo que te conviene?
-Andrés, Andrés… ¿Y ahora qué te traes entre manos?
-Pedro y yo hablábamos de ti el otro día y queremos invitarte a pescar con nosotros en el Nereida. Estamos levantando toneladas y no nos damos abasto.
-Algo he oído de eso en el puerto. También se rumora que el forastero de la guayabera tiene que ver con su buena fortuna. ¡Háblame derecho! ¿Qué hay de todo esto?
-Así es, hermano. Emmanuel David sale con nosotros a alta mar y nos señala los lugares dónde echar las redes. Nunca falla. No sacamos más pesca porque la capacidad del barco no da para más. Lo mejor es que el mismo Emmanuel nos compra todo el contenido de las redes y se lo entregamos en un barco de su propiedad con amplia capacidad de almacenaje refrigerado. Es una venta segura, a buen precio y sin desgaste. Pero necesitamos más gente y más navíos. ¿Todavía tienen el Tritón?
-Tendríamos que reparar los winches, repasar el casco y ajustar la máquina. Pero puede servir. Ahora dime dónde está el truco, porque seguro hay gato encerrado. ¿Qué gana el tal Emmanuel y por qué tan generoso si nadie lo conoce?
-Mira Santiago, lo mismo nos hemos preguntado Pedro y yo. No sé la respuesta a tu pregunta. Lo que sí sé, es que el forastero nos ha cumplido. ¿Por qué no hablas con él y lo tanteas?
Dos días más tarde, Andrés los presentaba… Emmanuel David paseó con Santiago del Trueno por la playa, explicándole de qué se trataba su empresa y por qué le convenía unirse al grupo. Las mil y una preguntas que Santiago tenía, se quedaron en el tintero. Por alguna razón, el hombre le había inspirado una confianza inmediata y todos sus recelos se habían disipado. Ambos charlaban animadamente cuando se encontraron con Pedro y Andrés y los cuatro se sentaron en la arena para planear la salida a alta mar en las primeras horas del día siguiente.
Una vez ultimados los detalles, los cuatro hombres se incorporaron. Emmanuel se despidió de Pedro y Andrés con un fuerte apretón de manos. A Santiago lo tomó por los hombros y le dijo: “Dile a Juan, tu hermano, que venga mañana a pescar con nosotros.” Luego lo abrazó como a un compadre. Andrés, sorprendido por la complicidad que denotaba el gesto, buscó los ojos de su hermano. El semblante de Pedro lo decía todo: rojo de ira, las venas estallándole en las sienes y la mirada centelleante. Sin querer admitirlo, Pedro Alatorre se sintió desplazado.
El forastero se alejó sin decir palabra.
Continuará…
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