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IV
JUAN 

 

Lorena Careaga Cristina Goddard

-¡Juan, Juan, la muñeca del zaguán! ¡Juanito, Juanito, el niño bonito! 

Las voces venían del cielo y el sonsonete denotaba burla. Juan del Trueno volteó hacia arriba y vio a los escuincles meciéndose en la copa de una palmera. Cogió al vuelo el primer coco que encontró y lo lanzó con fuerza a los chamacos, junto con una retahíla de insultos e imprecaciones. Los niños, con agilidad asombrosa, descendieron del árbol ahogados en risa y en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron entre las olas de la caleta. El joven, sofocado por la ira y la frustración, se quedó varado en la playa. 


Desde niño, lo estilizado de su figura y su fisonomía delicada, habían sido su peor tormento. Intentaba compensarlo con trabajo rudo, pleitos pendencieros y bofetadas a todo aquél que dudaba de su hombría. Juan se sabía intuitivo, sensible e interesado en todo lo que pudiera aprender de los libros. Autodidacta, era el único de su familia y del círculo de amigos que sabía leer y escribir. Admiraba a su hermano Santiago y trabajaba hombro a hombro con él en tierra y a bordo del Tritón. 

-Mañana nos vamos de madrugada a la pesca con los Alatorre. ¡No te desveles, Juan!

-¿Y desde cuando somos socios de Pedro y Andrés? Amigos, tal vez… Pero tú siempre lo has dicho: las barcazas  como las mujeres… Cada quien la suya.

-¿Has oído de un tal Emmanuel, el fuereño? Pues es él quien quiere que sumemos el Tritón a una flota pesquera que está armando. Dicen los Alatorre que donde pone el ojo, pone la bala. Quiero que lo conozcas y que mañana en alta mar veamos si lo que se rumora es cierto.

-¿O sea?

-Que el tipo tiene radar para localizar grandes cardúmenes de peces y camarón. Si resulta cierto, pienso que nos conviene entrarle al negocio. Él compra toda la mercancía, directo, sin intermediarios y ahí mismo en mar abierto. Nadie en el puerto tiene porqué enterarse de nada. Ya no preguntes más y vámonos a dormir porque mañana madrugamos. 

Juan vio tan decidido a Santiago, que no se animó a indagar más sobre el súbito cambio de su hermano. De cualquier manera, nada se perdía con tantear las aguas. Algo había oído en el muelle sobre el tipo de la guayabera y tenía curiosidad de conocerlo. 

El Nereida corcoveaba como potro bronco por el mar picado. Los hombres, aunque acostumbrados a la bravura de las aguas, se miraban entre sí con miedo y reserva. “Éstas no son condiciones para pescar nada,” mascullaba para sí Juan del Trueno, luchando porque las entrañas no se le salieran de un momento a otro. Levantó una vez más la cabeza para aspirar una bocanada de aire… Entonces lo vio y en un abrir y cerrar de ojos el mar quedó como una gran mancha de aceite. No se movía nada y el silencio daba miedo. Emmanuel David venía hacia ellos en un dinghy con motor fuera de borda, aproximándose con esa su sonrisa franca y el pelo revuelto de arena y sal. Levantó la mano en señal de saludo y Pedro Alatorre soltó la escalera de estribor para que el hombre subiera a bordo del Nereida, no sin antes enganchar la pequeña embarcación del visitante.Emmanuel saltó a cubierta y se plantó frente a la tripulación, las piernas separadas, los brazos en jarra. 

-¡Acércate Juan! Ven conmigo y Pedro a la proa. ¿Si sabes que Pedro es mi capitán, verdad? Yo les indicaré dónde echaremos las redes hoy. Santiago y Andrés prepararán un ceviche con estas sierras que saqué hace rato. Dejaremos que las redes revienten de peces y mientras eso sucede, comeremos aquí sobre cubierta. Y tú, Juan, te sentarás a mi derecha. Ten la certeza de que responderé a todas tus preguntas y sé de antemano que tomarás notas. Entre otras razones, por eso te mandé traer. Un escribano jamás sobra y las bitácoras que escribirás serán memorables, ya lo verás. 

Dos millas náuticas más tarde, el barco echó anclas, descendieron winches y el grupo de hombres comía, bebía y conversaba animadamente. Emmanuel David parecía tener todas las respuestas y los hoscos marineros se embriagaban con una sensación de plenitud y serenidad para ellos desconocida. 

Juan sintió, por primera vez en su vida, que al fin tenía un interlocutor, alguien de quien aprender, un maestro. 

Continuará… 

Cristina Goddard quiere saber tus comentarios, preguntas, críticas...Puedes contactarla en cdiazdelaserna@gmail.com

 

 
 
 
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