V
Felipe
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Cristina Goddard |
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La escena se repetía en su mente una y otra vez. Aquel día en La Candela, Juan El Loco cantaba sus mantras de costumbre, sumergido hasta la cintura en la poza de aguas termales. Felipe y otros muchachos lo observaban desde la orilla, lanzándole guijarros para provocarlo, pero el hippie no se inmutaba. Era una diversión inocente; un pretexto para romper con la rutina de los muelles. Los estibadores del sindicato solían emplear a Felipe y sus amigos para cargar y descargar mercancía. Les pagaban la cuarta parte de lo que ellos cobraban por tabulador y, cuando se veían generosos, les invitaban una cerveza. Era una práctica conocida por todos… Pero a falta de empleos, eso era mejor que nada.
Ya estaban por irse, cuando Felipe se apartó del resto para recoger una camisa que había puesto a secar en el sabino. Un desconocido la había descolgado de la rama y se la ofrecía con el brazo extendido. Cuando Felipe tomó la prenda, el hombre la retuvo un segundo, lo miró fijamente y sólo dijo una palabra: “¡Sígueme!” Desde entonces una inquietud permanente lo acompañaba. Volvió a verlo en los muelles, a veces en el malecón.
Santiago y Juan sudaban afanosos en el cuarto de máquinas. El motor se había ahogado con combustible y era imposible echarlo a andar. Con una manguera, los del Trueno succionaban haciendo un vacío para purgar la máquina. Pedro y Andrés oteaban desde la proa en búsqueda de Emmanuel David. No obstante las probadas muestras de compromiso por parte del fuereño, a Pedro siempre le asaltaba la duda: ¿No se irá a hacer ojo de hormiga y dejarnos metidos en un lío?

-¡Ahí viene!
-Sí ya veo a Emmanuel, pero trae a alguien más. ¡Qué manía la suya de invitar gente sin preguntar!
-El chamaco es Felipe, uno de los que ayudan a los estibadores. Es chambeador, eso sí te lo aseguro
Emmanuel abordó con Felipe, no dio explicaciones y ninguno de los otros se aventuró a pedirlas. Santiago arrancó el Tritón y Juan fue a sentarse junto al fuereño. Un apretón de manos fue la única cortesía que el resto ofreció al recién llegado. La rutina siguió su curso, llegaron a alta mar y anclaron en el sitio señalado por Emmanuel. Pescaron hasta agotar la capacidad del Tritón y del Nereida que pilotaba Andrés Alatorre. Eran las cuatro de la tarde cuando terminaban la faena y el hambre empezaba a hacer estragos entre los hombres.
-¡Tú, Felipe el estibador! Trae de comer para todos en la cubierta del Nereida
-¿De dónde voy a sacar para alimentar a todos? La pesca ya está en los congeladores…
-Si yo te lo mando, es porque puedes. ¡No lo olvides!
Felipe se volvió a mirar a los otros cuatro. Los pescadores se alzaron de hombros como única respuesta. Esa tarde todos comieron hasta saciarse, nadie preguntó de dónde había salido tanta comida y Emmanuel David sonreía con malicia.
Continuará…
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