VIII
SIMÓN
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Cristina Goddard |
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Aunque todo marchaba literalmente viento en popa para Emmanuel David y sus colaboradores, el inusitado éxito de la cooperativa empezaba a generar malestar y envidias entre algunos sectores de La Libertad. Bartolomé, el hombre de tierra, se había percatado de ello en su trato con los comerciantes del lugar, los paisanos, las mujeres en la plaza… escuchando aquí y allá comentarios y rumores. Algo se estaba gestando y así se lo hizo saber al patrón y a sus compañeros.

-Nos hemos convertido en un objetivo fácil. Cualquier día de éstos alguien va a salir mal librado…
-¡No seas pesimista, Pedro! No somos los primeros ni seremos los últimos en disfrutar prosperidad y holgura.
-Andrés tiene la razón. ¿De dónde viene tanta suspicacia?
-Yo estoy de acuerdo con Pedro. La cosa no es que nos este yendo bien. El problema es que no aceitamos la mano de gente clave en el puerto.
-Algo de razón tiene mi hermano Santiago. Pero por otra parte, ¿a quién tenemos qué comprar? Como toda la producción se la vendemos al patrón, no hay razón de intermediarios.
-¡Juan tiene razón! Además, aquí el patrón regala lo que compra y todo bajo la supervisión de Mateo para que no haya problemas con Hacienda.
Felipe y Emmanuel David escuchaban la animada conversación y Bartolomé se alzaba de hombros como diciendo “yo ya les advertí, allá ustedes…”
-¿Qué piensas tú de todo esto, Felipe? Siempre te quedas callado y no sueles opinar… ¿Cómo la ves?
-Bartolomé tiene razón. Si el río suena, agua lleva…No estaría de más tener a alguien que nos protegiera. Yo sé de uno…
-¿Quién?- dijeron todos al unísono
-Simón Blanco
-¿El que ha estado en la guerrilla?
-El mismo
Esa misma tarde, Bartolomé y Felipe fueron a casa de Simón para convencerlo de que se entrevistara con Emmanuel David. Sólo porque Blanco le debía un favor a Felipe, accedió al encuentro. Escuchó impasible las palabras de Emmanuel David y su intuición le dijo que el forastero era de ley. Discutieron ampliamente de política e intercambiaron puntos de vista. La simpatía fue mutua desde el primer momento: ambos eran unos idealistas incorregibles. Blanco era un tipo avezado en el manejo de armas, tácticas de combate y de resguardo. Además de aportar una efectiva protección al grupo, su moneda de cambio era la reputación que le precedía. Todos en La Libertad lo conocían, lo respetaban y le temían.
Simón Blanco, apodado El Celador, pasó a ser uno más de ellos.
Continuará…
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