La cara oculta de la violencia doméstica.
Lorena Careaga Viliesid
Cuando Flor tocó a mi puerta y se desplomó sollozando en mis brazos, de momento no supe qué hacer. Luego, después de escucharla y sorprenderme, entendí y compartí con ella mi propia historia. ¿Como no hacerlo si yo también fui una mujer golpeada? Hace ya mucho años de eso, pero los recuerdos surgieron de nuevo junto con viejas incógnitas y dudas aún sin respuesta. Quizá sea bueno de vez en cuando sacarlas a la luz y sanear no ya la herido sino la cicatriz.
¿Por qué se deja golpear y humillar una mujer? No siempre vivió golpes y humillaciones de niña, no siempre su entorno infantil fue violento. Yo misma no fui golpeada jamás por ninguno de mis padres, jamás vi a nadie de mi familia tomado, jamás mi padre le pegó a mi madre, crecí en un ambiente de mucho amor y confianza. Siempre critiqué duramente a las mujeres que se dejaban golpear, diciendo que yo jamás permitiría que eso me sucediera a mí. Y cuando sucedió, no solo no me rebelé, sino que guardé un silencio cómplice, corté los lazos familiares y amistosos, no permití que nadie se metiera a defenderme, y luego, al cabo de unos años, me sentí atrapada sin salida y para siempre, purgando no se qué condena.
He llegado a pensar que la violencia está siempre latente en nuestro entorno, que en muchos casos proviene de un NO que nunca se dijo y que escaló hasta sus alturas más extremas. Porque de niñas, si lo que queremos es decir NO ante una situación dada, pero nos vemos forzadas, por la causa que sea, a decir que sí, ese NO reprimido y multiplicado al infinito produce frustración, y conforme pasa el tiempo la frustración se convierte en resentimiento, luego en agresión y finalmente en violencia. Violencia, en mi caso, muy bien guardada. Pero si yo no la hubiera tenido dentro de mí, si yo misma no hubiese sido una persona con un potencial increíble para la violencia y la autodestrucción, estoy segura de que no me habría enganchado con un golpeador. Fuimos ambos víctimas y cómplices porque yo también cargaba mi propio golpeador interno, el de la autodevaluación, el del miedo a la soledad y al rechazo.
Fácilmente caí en un proceso de tensión, maltrato y reconciliación con él, porque de alguna forma lo aprendí desde niña. Con quién de mi familia, no lo se. Lo que sí se es que aprendí a confundir la agresión con el amor. Pero sobre todo, sin poder yo misma dar rienda suelta a mi frustración y rencor, el golpeador se convirtió en mi héroe, el ejemplo que yo misma quería seguir porque él sí podía demostrar su rabia, mientras que yo fui obligada desde niña a esconderla y reprimirla.
Escuchando a Flor recordé lo que es el miedo ante la posibilidad real de morir, de quedar desfigurada por un botellazo, la envidia ante la ternura con la que él trataba a otras personas, el odio brutal que me llevó a desear más de una vez su muerte, o peor aún, que le sucediera lo más terrible para él en la vida; el aceptar sus migajas de amor, sentirme una traidora si lo abandonaba, y desde luego, confrontar mi propia condición con los mandamientos del hombre verdadero, de un macho de verdad: “Nunca des explicaciones, nunca pidas perdón”. Muchas veces pensé en él y en otros hombres que he conocido en mi vida como en dioses violentos y peligrosos, a quienes se adora pero cuya ira intentamos aplacar y conjurar con obediencia, lealtad y entrega total.
No obstante, el caso de Flor, aunque muy parecido, no es igual al mío. Flor es sistemáticamente golpeada, no por un hombre, sino por una mujer enferma de celos que es su pareja, su amiga, su amante. Flor es lesbiana, al igual que la mujer que le grita, la insulta, la jalonea, la tira por el suelo, la avienta contra los muebles y se da el lujo de patearla. Me cuesta trabajo imaginar tal escena, a pesar de estar escuchando el llanto de Flor y ver las huellas del maltrato en su cuerpo. Y me doy cuenta de que todavía existen muchos mitos en torno a la violencia intrafamiliar, que las mujeres pueden ser tan machas como cualquiera, que son también capaces de agresiones sin nombre. Que en las relaciones lésbicas también existe el abuso, que no se trata de una pelea entre iguales, que no son relaciones sadomasoquistas donde hay placer doloroso ni tampoco que “así les gusta”, que le es tan difícil a una mujer lesbiana dejar a su pareja como a una mujer heterosexual, que no por ser lesbiana provoca la violencia y se la merece.
Hoy, abrazando y consolando a Flor, me entendí más como mujer y entendí un poco más acerca de mi propia violencia latente. Quizá todas la tengamos en mayor o menor grado. ¿Cómo podemos manejarla, reconocerla, aceptarla y luego dejarla atrás? Porque, como todo en este mundo, se trata de optar por la vida.
Aprecio mucho sus comentarios: premzia@prodigy.net.mx
|
|