Un Fresco Vaso de Leche Azul
El calor del verano era agobiante. Caminos de asfalto como onduladas masas negras y chiclosas escurrían dentro de los ductos de desecho. Los cristales abombados de las biósferas se expandían con el calor y parecían tener pulsaciones propias.
Las biósferas en Kyrios eran remanentes de la arcaica necesidad de territorio que trajeran consigo los colonizadores de Tierra. Al igual que en ésta, Kyrios tenía una zona llamada Creciente Fértil. La única diferencia era que el creciente se desplazaba conforme a la lenta rotación del planeta. Crescent era la única zona que permitía la vida. Al aproximarse al final de cada cuatrenio, los kyrionitas emprendían el éxodo hasta encontrar el follaje púrpura y rosado que indicaba la proximidad de otra biosferópolis: Tyros, Orión, Andros, Auris.
La existencia semi-nómada de los kyrionitas los obligaba a llevar una vida sencilla y práctica. La acumulación era un pecado social, no en términos de desigualdad, sino por las dificultades de alamacenamiento y de transporte. Cuando llegaba el momento de partir, no podía dejarse nada atrás. Había que simplificar la peregrinación por una ruta que, si bien ofrecía azulados ocasos y violáceas auroras, no estaba exenta de penalidades.
Mientras su padre y su madre ordenaban sus escasas pertenencias, Rifka chapoteaba en el estanque. “¿Por qué tenemos que partir y dejar esto? ¿Por qué no puedo empaparme durante el resto del verano? Es realmente estúpido salir a caminar al desierto con este calor que quema,” se quejaba el niño envuelto por la frescura del agua.
Rifka había nacido en Andros hacia el final del cuatrenio 2Gamma. Por eso no recordaba cuando sus padres lo llevaron a cuestas durante cuarenta días por el desierto desde Andros hasta Orión. Por más que ellos comentaban cómo en esa jornada la lluvia vespertina y el rocío del alba refrescaban un poco el ambiente y hacían más llevadero el viaje, Rifka no encontraba en su memoria nada que evocara esas escenas.
El Mandatario los visitó la última noche y dijo: “Estoy haciendo un ajuste al inventario y censo de la caravana. Vamos a ver.., Zoé, 32 años, encargado de mantenimiento metropolitano. Iris, 28 años, labores del hogar. Un hijo, Rifka, de 6 años. Veo que han registrado una vaca. Les recuerdo que los animales deben llevar su marca y código en una grapa sujeta a la oreja izquierda. Zoé, tú deberás llevarla al Campo II en las primeras horas de la madrugada. La caravana saldrá con el sol.”
Cuando El Mandatario se fue, Rifka murmuró: “Padre, tengo sed.” “Saca agua del pozo,” dijo Iris. “Mi sed no se quita con agua,” respondió Rifka. “¡Ah!” dijo la madre “¿Y se puede saber qué de particular tiene tu sed que el agua no puede saciarla?” El niño se dirigió a su padre y le dijo: “Papá, quiero leche.” Irritada, Iris le reclamó a su marido: “¡Zoé, por Dios! A este chiquillo le ha afectado el calor. Rifka, todos tenemos sed y resentimos igualmente este verano de infierno. Si tienes sed, bebe agua y vete a dormir.”
Rifka insistía: “Papá, quiero un vaso de leche fría.” Zoé, molesto, insistió: “Rifka, ya oíste a tu madre. Además, no tengo leche que darte. La próxima ordeña será hasta mañana muy temprano y para entonces ya estaremos en camino.” Pero Rifka no se daba por vencido y le preguntó: “¿Papá, te acuerdas de la revista del abuelo?” El padre estaba a punto de perder la paciencia, pero contestó: “Sí, Rifka. ¿Qué tiene que ver ese LIFE con tu necedad?” Entonces el niño evocó las imágenes: “¿Te acuerdas de esas fotografías del Ártico? ¿De esas montañas tan frías, tan blancas y a la vez tan azules?” Iris intervino: “Este niño delira. Dále agua y que se acueste.” Y el niño insistió por última vez: “¿Te acuerdas, Papá? Sólo un vaso de leche tan fría y tan azul como ese hielo del Ártico me puede quitar esta sed...”
Iris, impaciente, pasó a la bóveda contigua y empezó a alistar los bártulos del viaje. Zoé miraba fijamente a Rifka. Los azules ojos del niño parecían inundados de esa frescura que tanto anhelaba. El sudor le chorreó por la espalda, y Zoé se estremeció con escalofrío. La voz del niño lo saco de su ensimismada actitud. “Papá, quiero un fresco vaso de leche azul. Es lo único que te pido antes de salir de Orión.” Rifka besó a su padre en la mejilla y se marchó a dormir.
Aquella noche Zoé no pudo conciliar el sueño. La luz violeta del alba inundó la biósfera y se posó sobre la silueta durmiente de Iris. Al fin despertó y, viendo a su marido absorto y sentado al borde de la cama, le dijo: “¿Y qué haces aquí, tan quitado de la pena? Me imagino que ya habrás llevado la vaca al Campo II.” La respuesta de Zoé fue contundente: “No.” Desconcertada, su mujer le increpó: “Zoé, hoy marchamos para Auris. ¿Qué no escuchaste al Mandatario?” “Sí mujer, al igual que tú, lo escuché perfectamente,” respondió Zoé. Iris le miraba fijamente esperando algo más. Zoé continuó: “Tengo que ordeñar la vaca. Rifka quiere leche, ¿recuerdas?” Tratando de hacer entrar en razón a su marido, Iris respondió: “Zoé, no puedes arriesgar la vida de Rifka y la nuestra por una niñería. Si no partimos ahora mismo con el resto de la caravana, podemos morir.” Pero Zoé no cedía en su propósito: “Uno o dos días de retraso no pueden ser tan determinantes. La jornada hacia Auris está envuelta también en la incertidumbre. Recuerda, Iris, que no han sido suficientes los cuatrenios que hemos vivido en Kyrios como para saber con certeza que el ciclo del Creciente es predecible. Además, no se trata de una niñería. Es una ilusión, Iris. Y para mí es más importante la ilusión de Rifka en el presente, que el futuro incierto de una caravana.” “¿Y, entonces?” preguntó su mujer. “Yo voy a ordeñar la vaca,” dijo Zoé. “Vamos...” fue la respuesta de Iris.
El hombre y la mujer se tomaron de la mano y caminaron pausadamente al pequeño establo. Llenaron una cubeta de estaño con la ordeña de la mañana. La mujer regresó a la bóveda y acarició un mechón de cabellos que le caía a Rifka sobre la frente. Al sentir su presencia, el niño despertó. “Madre, no quiero irme con sed,” le dijo. “No hijo. No marchamos ahora y no tendrás sed.” “¿Y mi padre?” preguntó. “Salió con una carretilla para recoger todo el hielo de las biósferas vacías,” le contestó Iris.
El hombre regresó unas horas más tarde con un carro cuajado de diamantes que se iban fundiendo con el sol. Después cavó un agujero y vació en su interior los cristales de hielo. La mujer sacó un vaso cilíndrico y transparente de entre los bártulos y lo llenó con leche. Luego lo acomodó entre los hielos y el hombre cubrió la fosa con una laja de piedra.
“¿Papá?”
“¿Qué es, Rifka?”
“El vaso de leche.”
“¿Qué con ello?”
“La leche no es azul, papá.”
“Quizá por que no los has deseado con suficiente fuerza... Pero, ya verás cómo se arregla. Ven, hijo.”
Y diciendo eso lo elevó sobre sus hombros, tomó de la mano a su mujer y dirigieron su mirada hacia las puertas de la ciudad. La caravana abandonaba Orión y se adentraba en el desierto...
Pasaron las horas. Cayó la tarde y con el ocaso Kyrios se tiñó de azul. El hombre deslizó la laja de piedra y sacó un frío y escarchado vaso de leche. Bastaba mirarlo para sentir una refrescante quietud y serenidad. “¡Despierta Rifka, apaga tu sed!”
Y el niño bebió del vaso que contenía un néctar azul de ilusiones y estrellas.
Cristina Goddard
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