Mujeres
Un año ya de esta ¿revista? ¿publicación? Sí . . . Pero no, porque lo que hasta hace poco se entendía como revista o como publicación era algo escrito y publicado sobre papel. Ahora que las cosas han cambiado tanto (y no sólo éstas, que son apenas una muestrecita) habrá que reinventar la terminología y/o darle las nuevas acepciones que los avances informáticos requieren de los ya conocidos términos por tanto tiempo usados. Pero lo importante es ¡¡¡ FELICIDADES !!! por este año íntegro de acceso al público (como quiera que esto ahora se llame: “revista-publicación cibernética” ¿?).
Yo, que me siento portaestandarte del feminismo vigente, que tanto admiro, y honradísimo de haber sido aceptado a colaborar con ésta columna aquí, en eMujeres, la aprovecho en esta ocasión para expresar una dicotomía que me ha sobrevenido varias veces en los últimos años y que, vez tras vez, tratando de resolverla, me ha confrontado con su insolubilidad.
Y no solamente a mí, pues no me siento tan único en mi actitud hacia esta bienaventurada realidad de las actuales mujeres “ciento ocho por ciento humanas”.
La mayoría de mis amigos -y creo que esa es una importante base para que lo seamos- comparten esta actitud al respecto.
Reconozco que me es un tanto difícil “trazar la línea” que separa las dos actitudes, en ocasiones conflictivas entre sí. Haré lo posible. Tengo la convicción, además, de que a las mujeres se les presenta la misma-mismísima dicotomia cuando las circunstancias son equivalentes, para ellas, a las que voy a postular.
En las escalas de valores de antaño, con tradiciones seculares, estos enfrentamientos ante uno mismo creo yo que no se planteaban, ni con mucho, con el aspecto paradójico con el que se nos presentan ahora. Pues si por una parte sentimos a “la mujer” muchísimo más próxima en todos los niveles existenciales imaginables; más capaz de comprender tantas y tantas de nuestras más comunes realidades . . . Digamos cheques, facturas, problemas de tráfico, de horario, de jefes irritantes, etecé-etecé-etecé, que hoy en día compartimos todos y que, así pues, las hace a ustedes mujeres tanto y tanto más próximas como auténticas compañeras; con una comprensión que hace apenas dos generaciones era sencillamente inconcebible y que se limitaba, por ende, a nuestros compañeros y amigos varones.
Como a tantas cosas buenas, las celebramos al principio, las aceptamos y, muy en breve, dejamos de darles importancia. Entran a ser una parte de la realidad. Y como todos y todas estamos regidos por la prisa y la correspondiente enajenación, “pos ni pa’qué” buscarle tres pies al gato. Nos encogemos de hombros -y a seguir adelante.
Bueno, en términos generales y sin entrar en minucias, este nuevo compañerismo y positiva hermandad que ahora disfrutamos vosotras y nosotros puede repentinamente verse asaltado (es la primera palabra que se me ocurre) si una “nueva” mujer (nueva en mi ámbito cotidiano) “hace acto de presencia en el ruedo en el que vivo” pero con un atractivo -para mí al menos- de archimujer, en el sentido arquetípico que siempre tuvo (pues lo tuvo ya en la edad de piedra y lo sigue teniendo en pleno régimen de la actual cibernesis).
He ahí. Cuando eso ocurre, soy repentinamente asaltado por la misma timidez que me dominaba cuando adolescente -ya hoy en un pretérito asaz remoto. Conviene aclarar varias cosas. Si se trata únicamente de una “mujer muy cuero”, para usar la explícita terminología del caso, el “problema” acaso no lo sea tanto. Tragando gordo y con las horas de vuelo de que ya dispongo, de alguna manera podré sacar adelante . . . el proyecto, o el compañerismo o . . . . En fin. La cuestión es que si, por su voz, su sonrisa, su mirada, su postura corporal, me consta ya su inteligencia, su vitalidad, su humanidad etecé y encima me arrolla su atractivo de mujer, pues tengo casi que suplicar que se me tenga piedad . . .
al sentir que Eso me acogota. (Pero aquí, como no me gusta que ahí esté en masculino, el eso abstracto al que me refiero, sintiéndolo tan deliciosa-abrumadoramente femenino en su más pura esencia, en el elixir de lo arrobador-primigenio-femenino, “Lo Eterno Femenino” ¡ah Goethe!) Me valdré de una terminología compuesta, muy a la alemana, muy a lo heideggeriano: el Eso-en-Ella.
Ahí, claro, es el instinto el que rige otra vez. Ya sin cortapisas de todo lo enumerado en los párrafos anteriores. Y enhorabuena. Lo ilustra de manera inigualable la anécdota aquella de una sesión en el parlamento francés en la que se planteaba, precisamente, la cuestión de la igualdad de hombres y mujeres ante la ley, cuando un integrante se enderezó y, tomando la palabra, enunció “Pero entre hombres y mujeres hay una diferencia” ante lo cual otro, de inmediato, irguiéndose y con los brazos en alto, exclamó “¡Viva la diferencia!”.
Pero es un hecho que ese bouleversement que en ocasiones me posee, sí cobra factura en el trato civilizado que ya, y hasta de manera automática, tenía yo por adquirido con vosotras todas; cercanas, encantadoras, adorables que sois.
Guglielmo Perina
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