Hay en Barra Vieja, ahí por donde seguramente muchas de ustedes han degustado un delicioso pescado a la talla, un lugar que nos arrebata el corazón, justo frente a la playa, un poquitito más adelante de la famosa casa de Luis Miguel, donde miles de turistas vienen a probar los ricos platillos del mar, que identifican esta zona de Acapulco.
Se vislumbra un letrero de letras rojas, no muy bien pintadas, es grande, pero pasamos muchas veces frente a él y no le vemos... y dice así: Casa Hogar MARSH, y una flecha que apunta hacía el mar... y al paraíso.
Y no sólo porque está rodeado de bellezas naturales, sino porque ahí se respira amor, tranquilidad, limpieza, respeto y sobre todo, dignidad.
Es ahí en donde con su corta estatura, pero amplia sonrisa, nos recibe Doña Jovita, les confieso, había escuchado hablar de ella muchas veces, pero jamás puse mayor atención, sabía que existía la Casa Marsh, que algunas agrupaciones de este puerto recaban fondos, ropa y comida para ella, pero no sabía de la gran labor de amor que existe en ese lugar.
Llegué puntual a la cita para platicar con los 70 niños que ahí viven, lo que es el tenis, como se juega, como se lleva el score, como es una cancha de tenis y de lo que viviríamos un par de días después cuando nos visitara la tenista Angélica Gavaldón invitada por la Fundación Merced de HSBC, que es una de las organizaciones que más ayuda en su labor a doña Jovita.
Me sorprendió gratamente ver la forma en que los niños interactúan, no por el hecho de vivir en una Casa Hogar, porque mi hermano Emilio, siempre dedicado a la filantropía nos ha involucrado en este mundo de ayuda e integración social, sino porque no se trata de un lugar en donde llegan niños sin familia, que comen y se van educando para más tarde integrarse a la sociedad.
¡No, estamos hablando de una familia!
Su mamá Jovita, no sólo los provee de lo indispensable, vive ahí con su hijo César, y ambos fungen como los jerarcas de esta familia de 70 hijos, los llevan a la escuela, los organizan para hacer las tareas propias de un hogar, les supervisan las tareas, tienen un salón de computación, otros toman clases de inglés y los que van creciendo se integran al trabajo para ayudar a los pequeños. Sólo hay una empleada contratada, la cocinera.
Algunos han emigrado, pero sólo para atraer más recursos a Casa Marsh como cualquier hijo que ama a sus padres y quiere retribuir todo el amor, atención y cariño que le brindaron cuando niño.
Así lo percibieron Angélica, y su papi, don Sergio, que visitaron la Casa Marsh para convivir con ellos e introducirlos al mundo del tenis, ese deporte que es elitista sí, pero que queremos hacer posible para estos pequeños de ojos grandes, como los de Celerina, una chiquilla de la Montaña, la zona más pobre de Guerrero, que me cautivo, confieso.
Nos cantaron el himno nacional en mixteco y nos mostraron la forma en que organizan el hogar, porque es eso, ¡un hogar, no una casa solamente!
Nos dirigimos al estadio Mextenis, en donde Angélica puso en práctica lo que yo les había enseñado en el pizarrón, ¡y sorpresa!, nos encontramos a Leo Lavalle, que en cuanto los conoció, quedó cautivado y se unió a la Clínica, ¡voy por mi raqueta! y en 5 minutos estaba en la cancha con ellos, y un par de días después me acompañó a llevarles sus raquetas y pelotas, la mamá de Angélica les obsequió algunos uniformes y accesorios para jugar tenis y les mandará el resto pronto.
Fundación Merced y HSBC nos regalaron, no unos días de labor social, sino una nueva familia, sobrinos, amigos y un grupo de entusiastas tenistas que nos ofrecieron una nueva forma de gozar el Abierto Mexicano de Tenis.
Mientras Melissa Torres ganaba un duro partido, ellos comentaban las incidencias como expertos, sembrada está la semilla del amor por un deporte, del que sólo conocían un nombre: Roger Federer, y eso por un comercial de navajas de rasurar.
Ahora, los niños Marsh y doña Jovita son nuevos fans del tenis y algunos que se enamoraron del deporte empezarán a tomar clases, porque nos dedicaremos a buscarles los apoyos.
Carlos Moyá perdió prematuramente, David Nalbandian nos demostró que indiscutiblemente fue el mejor jugador que se presentó en la XV edición del Abierto Mexicano de Tenis, pero los Niños Marsh fueron los grandes campeones, los que nos contagiaron de su pureza y amor, los que obsequiaron a Angélica Gavaldón con una colección de cartas y dibujos, a su tía Angélica, desde ahora.
Doña Jovita creció en una Casa Hogar, la Latinoamericana que fundó el matrimonio Marsh, norteamericanos avecindados en Acapulco, quienes los llevaron consigo tras la muerte de sus padres durante un asalto, ahí conoció a su marido César, se caso, crió 4 hijos y una vez concluida esa labor en la vida, en 1990 se dio a la tarea de extender sus lazos familiares a esta casa hogar. Su esposo, falleció hace 2 años, pero su hijo del mismo nombre, y ella siguen con la labor.
Y nosotros gracias al deporte, la actividad que amamos, tuvimos la suerte de compartir con ellos esta experiencia y en adelante somos también parte de la gran familia Marsh, algo que no podía dejar de transmitirles, porque son los días más llenos de amor y luz desde que mi mami partió.
Saludos
Martha