Alicia en el país de los demonios Lorena Careaga Viliesid
Como en el proverbial cuento de hadas – o de brujas y monstruos - mi amiga se topó tres veces, en un solo día, con el sistema. O debiera decir, tuvo tres encontronazos que la dejaron adolorida primero, luego triste y llorosa, y finalmente muy enojada y con ganas de convertirse en guerrillera. Atestiguó la quema sin sentido de árboles en la carretera, corriendo además el riesgo de tener un accidente automovilístico y viéndose obligada a respirar el humo que la envolvía como niebla espesa. Fue despojada de 500 pesos por el Banco de México porque aparentemente el billete era falsificado. Y cuando se decidió a levantar una queja legítima ante la policía por el abuso que sufrió en un estacionamiento, ésta resultó “improcedente” después de largas colas y horas de espera.
Lo que mi amiga sufrió ese día es tan sólo un ejemplo del tipo de frustraciones, injusticias e inequidades que las y los mexicanos vivimos cotidianamente. El relato que escribió para desahogarse y ventilar su coraje y su miedo, es un espejo en el que todas y todos podemos mirarnos y reconocernos.
Cuando lo leí, una de las cosas que más me llamaron la atención fue que, al cabo de esa desesperanzadora ordalía, mi amiga pensó en Lydia Cacho. Recordó lo que Lydia ha escrito, lo que ha vivido y por lo que ha luchado, y sintió el deseo de conocerla personalmente y la urgencia de tomar también las armas de la denuncia, el activismo y la inconformidad.
A la luz de la experiencia y de los comentarios escritos por mi amiga, no pude menos que preguntarme nuevamente quién es Lydia Cacho y por qué pensamos en ella cada vez que el sistema nos propina “un coscorrón”, como a ella pretendió dárselo el gober precioso. Quién es Lydia Cacho y por qué es la referencia obligada en un México secuestrado por gangsters empresariales y maniatado por una banda de forajidos políticos, tal y como a ella le ocurrió. Quién es Lydia Cacho y por qué se ha convertido en una luz en las tinieblas para tantas mujeres y niñas que, como ella misma, han sobrevivido y denunciado las más abrumadoras y letales variantes de la violencia.

Y no pude menos que regresar a la serie de reflexiones que compartimos un grupo de universitarios y universitarias, hace unas semanas, durante la presentación de Memorias de una infamia , el libro más reciente de Lydia Cacho. El más personal. El mejor.
Una vez iniciada su lectura, es imposible dejarlo, y sin dejar de leerlo, hay que hacer pausas para cerrar los ojos, tragar saliva, respirar profundo. Es uno de esos libros que te hacen preguntarte: ¿dónde estaba yo cuando a Lydia le sucedieron estas cosas? Es un relato que permite acompañarla en el largo y difícil camino que ha recorrido desde la publicación de Los demonios del edén . Es una memoria que se remonta más allá de la infamia. Es una historia personal que explica quién es Lydia Cacho, por qué es como es, qué inspira su compromiso y su congruencia, dónde nace el recto y claro Norte que la guía.
El que Memorias de una infamia sea también una memoria personal, que relata la infancia de Lydia, que nos habla de su ejemplar abuelo y de Paulette Ribeiro, una mujer fuera de serie; el que tengamos por primera vez esta visión de la vida de la autora, no le resta nada a la mística que se ha tejido a su alrededor. Por el contrario, más bien la refuerza. Y al mismo tiempo, entendemos mejor el contexto de su vida, podemos ver su trayectoria profesional de forma más integral, y sus libros, sus artículos y su compromiso social aparecen iluminados por una luz más clara, como en tercera dimensión. Desde su labor de prevención y atención en VIH y SIDA, hasta surgimiento del CIAM Cancún, es posible seguir el hilo de las organizaciones que ha fundado, las publicaciones que ha dirigido y las redes de comunicación y periodismo que ha creado, entretejidas con su visión feminista, su talento de escritora, su activismo reconocido internacionalmente.
Después de este recorrido por caminos personales y previos, el libro contiene la historia de Lydia y de las víctimas de Succar Kuri desde noviembre de 2003, fecha en que conoce a “Emma”, pseudónimo de quien ya ha denunciado al pederasta, hasta la indignante resolución de la Suprema Corte de Justicia, en 2007.
Atinadamente, el libro incluye un excelente DVD dirigido por Alejandra Islas. En él aparecen participantes claves, como Blanche Petrich, Jorge Zepeda Patterson y Carmen Aristegui, acontecimientos como la marcha en Puebla contra Mario Marín, una investigación de fondo sobre quién es Kamel Nacif y la forma en que maneja sus empresas, y fragmentos de entrevistas y grabaciones que descubren y dividen la luz de las tinieblas. Una imagen en particular queda registrada para la historia: el careo entre una Lydia Cacho segura, íntegra, sólidamente plantada y plena de recursos, y un Kamel Nacif iracundo, pobretón, analfabeta verbal e incapaz de enfrentar las preguntas de los periodistas.
Memorias de una infamia termina con el triste epílogo de la persecución, la censura y la represión en los medios de comunicación, contra sus colegas periodistas y en varios ámbitos públicos en donde se ha querido difundir esta historia.
¿Por qué? ¿Por qué se ha dado esta censura y esta persecución y represión?
Memorias de una infamia es el esbozo de una realidad mucho más amplia y cenagosa. Es como la serie de círculos concéntricos que conforman el infierno. A partir de la experiencia de Lydia y de la delación de unas niñas abusadas, sale a relucir una red de corrupción enorme, nacional e internacional. Aparece la tortura a la que cualquier ciudadana y ciudadano está expuesto, el peligro mortal en el que se encuentra quien se atreve a alzar la voz.
A fin de cuentas, Memorias de una infamia es un libro sobre México. Y quien aparece al juicio de nuestra mirada es el mundo de la corrupción institucional, que es la columna vertebral del poder en este país. Al final, ahí está el México con el que nos topamos cada día, el México de los coscorrones y las amenazas, el México de la indiferencia, el México que trivializa y olvida, que sin vergüenza se declara impune y corrupto. Lydia Cacho nos lleva de la mano desde su dramática vivencia personal, desde la vivencia trágica de esas niñas y niños, al análisis de un país donde la pederastia, la corrupción y la impunidad gobiernan a costa de sus habitantes. Memorias de una infamia es una denuncia nacional.
Difícilmente podría decirse que en todo esto hay amor, pero Memorias de una infamia es también un libro sobre el amor. Descuella el amor de la pareja y el amor por la vida y un amor traducido en un compromiso inamovible con las niñas, los niños, las mujeres y los habitantes de este país que han pasado y pasan cotidianamente por la violencia institucional en todas sus formas. El coraje, el asco y la vergüenza que afloran al leer sus páginas de denuncia, tienen su contraparte en el amor, la esperanza, la lucha cotidiana. En una frase – una de las muchas frases hermosas que tiene el libro – Lydia Cacho resume de dónde viene y a dónde va: “Desde la luz, sin miedo”. Y evidentemente, desde el amor también.
lorena.careaga@gmail.com
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