Empaca tu propio paracaídas
Lorena Careaga Viliesid
En un puesto de la calle, de esos que comercian con libros viejos y de segunda mano, me sorprendió ver uno cuyas pastas se estaban ya desprendiendo de tanto que había sido leído. “Empaca tu propio paracaídas” decía el título. Al principio pensé que se trataba de una especie de manual de paracaidismo, pero al abrirlo, lo primero que vi fue la foto de una ancianita. Estaba parada junto a una avioneta, con una mochila a la espalda y una gran sonrisa en los labios. Pero eso era todo lo que había en el libro acerca del qué y cómo de este emocionante deporte.
La autora del libro, que era precisamente la señora de la foto, había decidido, en el ocaso de su vida, experimentar con el paracaidismo, no solo para saber qué se sentía flotar por los aires e ir descendiendo en caída libre hacia la tierra, sino para comprobar una vez más una teoría que su vida le había llevado a formular. La sabiduría de los años le había enseñado que cada quien tiene que empacar su propio paracaídas.
 Cuando la existencia está en juego ¿estamos realmente dispuestos - se preguntaba ella - a poner en manos de otra persona nuestra propia vida? ¿Podemos darnos ese lujo? Cuando un paracaidista se va a lanzar desde un avión confiando únicamente en su paracaídas, es su obligación y de nadie más, así sea principiante, empacarlo por sí mismo, es decir, doblarlo cuidadosamente, con conciencia y método, colocar las cuerdas de forma que no se enreden, introducirlo en su mochila de manera que funcione sin problemas al jalar del hilito. Porque nadie puede ni debe hacerse responsable, más que el propio paracaidista, de que efectivamente, allá en las alturas, su paracaídas se abra en el momento preciso y de manera tal que aterrice sano y salvo en el suelo. No solo es demasiada responsabilidad para otra persona, sino que le enseña una invaluable lección de supervivencia a quien quiera que se lance al vacío.
El título del libro, como ya lo han adivinado, era una metáfora, basada sin embargo en una experiencia real y muy concreta: la experiencia del paracaidismo. Una metáfora que puede parecernos simple y de sentido común, pero que requiere de valentía y de un uso consciente de la libertad que tenemos como individuos. En este sentido, es una metáfora radical y revolucionaria: hazte responsable de tu propia vida. Porque, después de todo ¿qué es la vida, sino un vacío insondable, desconocido e imprevisto al que nos lanzamos todos los días? ¿Y qué tan bien hemos empacado nuestro paracaídas? ¿O nos lo ha empacado alguien más?
No se trata de no confiar en nadie. La confianza es la base de todas nuestras relaciones interpersonales, pues el amor y la amistad no existen sin ella, ni tampoco los intercambios profesionales, ni siquiera nuestra convivencia social sería factible sin un mínimo de confianza en las instituciones que nos sirven y rigen. Tampoco se trata de creer, con arrogancia, que nadie puede hacer las cosas mejor que nosotros. La idea es que, en lo que a nuestra integridad física y moral se refiere, seamos responsables de nosotros mismos y de nuestras decisiones. Toda acción, por mínima que sea, implica una decisión, y toda decisión conlleva una consecuencia. Si nuestra vida está de por medio, y quizá siempre y en todo momento lo está, cada decisión consciente y responsable que tomamos es un pliegue del paracaídas que evitará que nos estrellemos contra el suelo.
lorena.careaga@gmail.com
|
|