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Más que un atleta

POR MARTHA GUERRA

 

Marta Guerra
 

Hay deportistas que nos impactan por su fortaleza, su velocidad y su disciplina, otros más por su carisma y espectacularidad, pero pocos, muy pocos por su altruismo y amor a los seres humanos, más allá del deporte que practican, y en el que gracias a esa limpieza de alma, conquistan las máximas alturas.

Tal es el caso del tenista brasileño Gustavo Kuerten... "Guga" para quienes tuvimos la suerte de verle jugar y especialmente de convivir y conocer su vida, que fue dura paradójicamente a la calidez que emana  de él, primero,  la prematura muerte de su padre, justo cuando arbitraba un partido juvenil de tenis, y la larga y dolorosa enfermedad de su hermano menor, Guillermo ,quien padecía una parálisis cerebral que lo arrancó de este mundo en el 2007.

Momentos duros, como el que Guga  vivió el mes pasado, cuando se despidió del tenis, tras una exitosa carrera, que los convirtió en número uno del mundo y tres veces campeón de Roland Garros.

Cuando lo ví levantar ese trofeo especial que marcaba su adiós, precisamente en el escenario que le vio triunfar, los recuerdos se agolparon en mi mente, estaba frente al televisor, mientras Kuerten se despedía del tenis, justo  en el mismo sitio en el que nació su historia, la historia de un campeón en aquel junio de 1997.

El escenario parecía el mismo, pero no lo era... en aquellas dos semanas del ´97,  quienes tuvimos la oportunidad de atestiguarlo, fuimos viendo cómo, el nacimiento de Guga, el largo, ¡que digo largo, larguísimo! chiquillo de rizos rodeado por un staff que parecía agredir a muchos con su entusiasmo, al que se llegó a calificar como "escandaloso", incluso en las conferencias de prensa, rompía todos los esquemas en Roland Garros, desde vencer a los 3 campeones de los últimos 4 años, hasta coronarse con el rankig 66, siendo un total desconocido para el mundo tenístico.

Guga parecía sorprendido de sí mismo, de lo que estaba logrando en la arcilla parisina y que tenía enloquecida a la sala de prensa, que poco a poco iba delineando el estilo y personalidad de ese chico  llegado de Brasil.

¿Se trataba de un verdadero campeón o de un chispazo de suerte?

Fue el propio Guga quien nos dio las respuestas y no tardó mucho en hacerlo.

Motivaciones para superarse le sobraban, la enfermedad de Guillermo, que fue uno de los que le inspiró a dar amor a manos llenas, las promesas a la abuela Olga, su gran amor infantil y el orgullo propio, que le llevó a dejar en el camino a los consagrados del momento en Roland Garros: Thomas Muster, Yevgeny Kafelnikov y Sergi Bruguera.

¿Quién se creía ese Guga para llegar a Roland Garros y querer imponer un estilo casi tan brasileño como la zamba? De Brasil se recordaba, y eso entre las generaciones anteriores a María Bueno, ganadora de títulos de Grand Slam, pero en los 60s y esta, era otra época.

Y él, discreto, a diferencia de sus entrenadores encabezados por su descubridor Larry Passos,  fue bordando punto tras punto, rival tras rival, sin importar la jerarquía, un título que siempre será inolvidable para quienes tuvimos la suerte de estar ahí y atestiguar su nacimiento como estrella del deporte blanco.

A partir de aquel junio del 97, ya nadie en el circuito ATP se preguntaría: ¿quién es ese Guga?

Su tímida sonrisa y su amabilidad para con los fans y la prensa le convirtieron en uno de los grandes consentidos,  ¿qué encanto tenía para que todos se rindieran ante el nuevo monarca? en adelante sería: "Guga la nueva estrella del tenis", el que ascendió todos los peldaños para colocar a Brasil en el libro de récords de un deporte en el que no son los pentacampeones del fútbol mundial, pero él se atrevió a convertirse en número uno del mundo.

Ya para la final todos teníamos claro quién era Guga, quién era Olga y los no latinos, empezaron a comprender que su estilo latino, esa forma brasileira era tan sólo una abierta expresión de alegría frente al triunfo, de esa que en ocasiones campeones como Thomas Muster, Ivan Lendl, Sergi Bruguera, Yevgeny Kafelnikov, Marcelo Ríos o Michael Chang, la generación entonces dominante del polvo de ladrillo, no se permitía.

Kuerten hizo de Roland Garros su casa, se enamoró de la arcilla parisina y le dibujó un corazón a sus fans tras ganar un recordado encuentro, pero sobre todo, les sublimó con 3 títulos y se convirtió en el primer latinoamericano en ostentar el sitio de privilegio del ranking ATP.

Lesiones le alejaron de las canchas ya hace un tiempo, pero todos esperábamos su regreso, un regreso tan triunfal como el de Roland Garros, el escenario de sus grandes batallas.

Se le recibía con afecto y cariño en el  Abierto Mexicano de Tenis, en donde nos regaló un gran título y toda su calidez humana.

Es ese mismo Guga el que hoy dijo adiós a Roland Garros, el que nos deja con un hueco en el corazón, porque cuando se atestiguan nacimientos de grandes figuras como lo fue Guga en su momento, su adiós llena de tristeza al corazón, pese a que ya sabíamos que su retiro era lógico y en esta gira del adiós se irá apagando la flama de una de las más brillantes trayectorias de un jugador latinoamericano.

Y no sólo por sus logros en la cancha, Guga será recordado como el campeón de la gran sonrisa y carismática personalidad que le unió al público estrechamente, por su vocación filantrópica y su amor a  aquellos que sufrían como su adorado hermano Guillermo,   los fans con los que amaba convivir y a los que nunca negaba autógrafos, a diferencia del que se podría decir era su rival generacional y regional, Marcelo Ríos.

Once años después, atestiguamos el adiós a Roland Garros y al tenis de sus amores, la emotividad con la que los franceses le despidieron, los mismos que una década atrás se sorprendían con su estilo latino y hasta le criticaban, pero que aprendieron a querer y respetar como una de las máximas figuras de los últimos tiempos en la arcilla de ese estadio monumental que, curiosamente debe su nombre, a un piloto de la Primera Guerra Mundial, que no a algún jugador de tenis.

Saludos

Martha

 
 
 
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