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Tres veces

Lorena Careaga Viliesid

La primera vez que vi a mi madre salvar a una mujer de ser raptada y violada, tenía yo unos 7 u 8 años. Vivíamos en Cuernavaca, en una época en la que la calle del Puente estaba rodeada de maizales lotes baldíos y barrancas deshabitadas. De hecho, había más monte que casas. Recuerdo que el chofer estaba sacando el coche para irnos a la escuela, un Ford Galaxie amarillo. En ese momento, una mujer joven apareció corriendo por la calle gritando socorro. La perseguía un hombre.

La chica se agarró a la manija de la portezuela, suplicándole al chofer que la ayudara, mientras el tipo la jaloneaba para arrancarla de su asidero al tiempo que insistía en que se trataba de su novia, “No le haga caso, señor, está muy alterada la pobrecita, ahorita mismo me la llevo”. El chofer permaneció estático, callado, sin ayudar, sin tomar ninguna decisión. Quizá no sabía qué hacer o no quería meterse en problemas.

Para fortuna de la jovencita, que seguía gritando desaforada sin soltar la manija, mi mamá salió en ese momento a la calle, yo con ella, y preguntó que qué pasaba. “Señora, por su madrecita santa, por la virgen, ayúdeme, señora, ayúdeme por favor”, suplicaba la muchacha mientras el tipo argumentaba, “Es que soy su novio y me la tengo que llevar, se tiene que venir conmigo”, y el chofer, “Es que es su novio, señora, qué quiere que yo haga”. “No, señora, no es cierto, yo a este señor ni lo conozco, ayúdeme por diosito santo, ayúdeme”. Todo esto como a las 7 de la mañana, en medio de la calle donde no había un alma.

“Qué novio ni que ocho cuartos”, dijo mi mamá. “Aunque sea su marido, su hermano y hasta su padre, no se la va a llevar a la fuerza si ella no quiere”. El tipo empezó a protestar, pero mi mamá lo ignoró. “Ándale, súbete al coche, que te vamos a llevar a donde tú quieras”. Nos subimos las tres al coche y ya en él, la jovencita afirmó que no conocía a ese hombre, que desde luego no era su novio, y mi mamá, que aunque lo fuera, que no se dejara maltratar, y al chofer, “¿Cómo es posible que no la ayudara, fulanito? ¿Iba a dejar que ese hombre se la llevara así como así?” y él, “Es que dijo que era su novio, señora”, “¿Y eso qué?”, contraatacó mi mamá, etc. El hecho es que dejamos a la muchacha en un sitio de taxis cerca del centro, y ella, llorosa, casi nos besa las manos.

Las otras dos ocasiones en las que fui testigo presencial de la energía salvadora de mi madre, evitando que una mujer fuese probablemente asaltada y violada, tal mujer era yo misma. Y lo atribuyo, no al proverbial instinto materno, que no existe – mi formación de antropóloga lo asegura, pues el único instinto que se da en todos los seres vivos es el de la supervivencia, ése sí que es instinto y es el único - sino a algo que sí me consta: una especie de lazo poderosísimo entre mi madre y yo, supongo que entre la mayoría de las madres y sus hijas, una especie de cordón umbilical intangible pero muy real que nos unía, un olfato inexplicable, una voz interna que le anunciaba peligro y que, como en el caso de aquella chica de la calle del Puente, la hizo aparecer en el momento más adecuado y necesario.

Aquella vez fue en mi departamento de soltera en la ciudad de México. Llegué de la universidad y no se por qué descuido estúpido, dejé la puerta abierta. Me fui a mi habitación, dejé mis cosas, y cuando regresé a la sala, me topé con un hombre que estaba a medio camino hacia el pasillo. Yo ya lo había visto antes a la entrada del edificio o bajando las escaleras, pues era amigo del vecino de arriba, y su aspecto siempre me había parecido repulsivo. Era un tipo chaparro, gordo y que cojeaba de un pie. Todo en él, desde su traje gris abolsado hasta sus zapatos empolvados, hablaba de descuido, pero su señal más distintiva y desagradable era el color zanahoria de su pelo grasoso y ralo.

Al verlo me quedé paralizada del susto, mientras que él retrocedía hasta la sala, disculpándose. Ya ahí me dijo que lo único que quería era un vaso de agua, e hizo el ademán de cerrar la puerta que todavía estaba abierta. La garganta se me secó y recuerdo que sentí los pelitos de la nuca erizarse. No me podía mover, pero le dije, “Ahorita le doy un vaso de agua, pero no cierre la puerta porque mi mamá está por subir, está por llegar de un momento a otro, así que déjela abierta”. No se, ni sabré, de dónde me salieron esas inexplicables palabras. Y en esas estábamos cuando, milagrosamente, porque no hay otra forma de decirlo, mi madre salió del elevador y apareció en la puerta. El tipo, todo amabilidad, salió corriendo sin beberse el vaso de agua, acordándose que tenía algo importantísimo que hacer en alguna otra parte.

Cuando le expliqué a mi madre lo que había sucedido, me dijo, “Ay, hija mía, no hagas esas estupideces, no lo hagas, es peligrosísimo, ¿te imaginas si yo no hubiera aparecido?”. Luego le conté lo que yo le había dicho al tipo, de dejar la puerta abierta porque mi madre iba a llegar, y ella me contestó que estaba de compras a unas cuantas calles, pensó en mi, sintió la necesidad de verme y que sin más se había venido para mi casa. Hasta el día de hoy estoy segura de que me salvó de una terrible experiencia.

La tercera ocasión en la que ocurrió algo parecido fue tiempo después, cuando Víctor y yo ya vivíamos juntos. Para festejar el cumpleaños de mi madre, la invitamos a un hotel de la Zona Rosa donde daría un concierto Alfredo Zitarrosa. Y era tal el gentío que había en la puerta, que le pedí a Víctor que acompañara a mi mamá a nuestra mesa, mientras yo, que ya estaba al volante, llevaría el coche al estacionamiento contiguo. Debió haber sido al revés, pero, por una parte, con la flema escandinava que lo caracterizaba, Víctor sólo sonrió, dijo que sí y ayudó a mi madre a bajarse del coche. Por otra, se trataba de mi coche y, en mi soberbia autosuficiente, ese espacio en particular no lo iba yo a ceder...

El estacionamiento era de varios pisos, oscuro, solitario. Lo recorrí hasta encontrar un lugar. Me bajé del coche, lo cerré y estaba por dirigirme a las escaleras hacia la calle cuando un hombre se me acercó a preguntarme la hora. No parecía empleado del estacionamiento ni del hotel, ni huésped, ni asistente al evento. Se me fue acercando, yo empecé a bajar las escaleras un poco más rápido con la adrenalina ahogándome el pecho, y él detrás de mi, cada vez más cerca, preguntándome con voz pastosa algo que yo no lograba entender. No había absolutamente nadie y me empecé a asustar en serio.

En ese momento, aparece mi madre subiendo por las escaleras, seguida de Víctor. Como si nunca hubiera existido más que en mi imaginación, el tipo se desvaneció en el aire. Con el corazón todavía a cien por hora le pregunté a mi mamá que qué hacían allí, y me contestó que sencillamente había presentido que yo estaba en peligro y le había insistido a Víctor que fueran a buscarme. De nueva cuenta en el momento preciso. No se si estábamos tan conectadas que era capaz de percibir a distancia mi angustia o si fue simplemente el sentido común que prevaleció, o su vena sobreprotectora lo que la impulsó a encontrarme en un estacionamiento enorme, sin la menor idea de dónde podría estar. ¿Resonancia? ¿Telepatía? Sólo sé que la abracé como pocas veces y nunca me parecieron tan balsámicas las guitarras apasionadas de Zitarrosa.

lorena.careaga@gmail.com

 

 
 
 
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