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Infierno y paraíso

Cecilia Lavalle
 

Dice el escritor español Manuel Vicent que el infierno se compone de las minúsculas cosas que no nos gustan.

El mío, entonces, está conformado por las escenas de cuerpos decapitados o masacrados que repiten en la televisión, en la radio, en las primeras planas de cada periódico de lunes a lunes; porque, además, los asesinatos en México dan para una nota diaria, el reportaje de la semana y la columna del mediodía. Tampoco me gusta el potaje de lentejas, la gente ruidosa, las miradas de desprecio, las personas que le dan muchas vueltas a un asunto y los discursos largos e inútiles; aunque eso es un pleonasmo, porque en general los discursos largos son inútiles.

No me gusta la ausencia de mi abuela a la que lloro cada vez que tengo algún pretexto o me lo invento, porque no hay manera de no extrañarla; tener prisa, estar saturada de trabajo porque no supe o no pude o no quise decir que no; los huracanes y su viento de macho violento; la violencia contra las mujeres que alcanza para fijar en el mapa mundial un pueblo como Ciudad Juárez y no alcanza para evidenciar otros once estados de México ni para indignar lo suficiente como para que las autoridades se lo tomen en serio.

No me gusta el reguetón, las avispas, las arañas, las cucarachas, las malas palabras como corrupción, impunidad, pederastia, violencia y narcotráfico, las arrugas alrededor de mis ojos o las que marcan lo mucho que me río; mi cadera que se hace ancha y la celulitis que se instala en mis muslos sin pedir perdón ni pedir permiso.

Si Vicent tiene razón, mi paraíso se compone de lo que me gusta y a mí me gusta el café  en la mañana, molido y recién hecho, cuyo aroma me recuerda que el placer también viene en taza; el capuccino frapé que me recuerda que el placer también puede venir helado; el mar, casi cualquier mar, aunque puesta a escoger me quedo con el del Caribe mexicano, con su playa de leche en polvo, su arrullo de nana, su olor a sal y a pez recién bañado.

Me encanta la compañía de mi hijo y de mi hija; compartir su risa es tener la certeza de que la eternidad existe, pero es pasajera; las bromas de fina ironía de Alejandro, la sonrisa de Talía que ilumina el día más triste; amanecer un domingo sin prisa y tomarme el tiempo de quedarme enredada en los brazos de Carlos, donde todavía quepo y me acomodo, aunque haya habido días en que ni cupe ni me acomodé; los domingos familiares que jugamos a estar juntos y a reírnos de nada importante que es lo importante; las reuniones en casa de mi padre y mi madre, las bromas de mis hermanos que juntos son tan divertidos que desarman la más infame preocupación, el modo en que nos burlamos y nos reímos de nosotros mismos y de quien aguante una sesión dominical en la mesa materna.

Me gusta mi pequeño espacio de tres metros cuadrados donde caben dos libreros, un escritorio, mis sueños, dos ventanas y mi manera de entender el mundo; escribir, aunque en realidad más que un gusto es una necesidad; leer, conversar con mis amigas, que no son muchas pero son tan variadas que me alcanzan para conversar, reír, llorar, hacer yoga, leer un oráculo o componer el mundo.

Mi infierno y mi paraíso conviven pacíficamente; pero cuando el primero me inunda, escribo para exorcizarlo, y si eso no basta, siempre me queda el mar.  

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com



 
 
 
   
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