Amores cibernautas
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Lorena Careaga Viliesid |
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Si yo cambio, el mundo a mi alrededor cambia. Si la anterior aseveración es cierta, lo que más cuenta son las opciones que las personas se dan a sí mismas. Y con respecto al amor y a las relaciones de pareja en el actual mundo de la globalización/alienación, la pregunta clave es una pregunta de conciencia, de auto-examen honesto: ¿para qué quiero yo una pareja? ¿para qué necesito una pareja? Es decir, enfrentar con honestidad y realismo mis necesidades, qué espero del otro, si está dispuesto y es capaz de darme lo que pido, y sobre todo, qué estoy yo dispuesta a dar.
Estas necesidades nada tienen que ver con estereotipos y fantasías, como la del príncipe azul, por ejemplo, que desde que nacemos nos han recetado a cucharadas de muchas formas y a través de distintos medios. Asimismo, varían a lo largo de la vida de una persona y dependen, entre otras cosas, de su edad y de su situación particular en un momento dado. No somos seres estáticos sino históricos y cambiantes en el tiempo, por lo que una relación amorosa necesariamente también lo es.

Ésta deberá corresponder a un mundo en el que cada vez más mujeres trabajan, estudian y se vuelven independientes. Mujeres dispuestas a no cargarle al otro los éxitos ni los fracasos de una relación, sino a reconocer el papel que cada quien juega y las decisiones que continuamente tomamos junto con sus consecuencias.
Puedo hablar de mi caso particular. Hasta hace poco era una mujer divorciada, que a los 49 años casi había perdido las esperanzas de encontrar una pareja acorde con mis deseos. ¿Que no habrá en el mundo - me preguntaba - alguien que esté buscando lo mismo que yo? No necesito a un hombre para que se case conmigo, ni para que sea el padre de los hijos que ya no tendré, ni para que me mantenga ni me resuelva la vida cotidiana. Quiero a un hombre que sea mi amor, mi amigo, mi cómplice y mi amante, que tenga su casa, su trabajo, su vida resuelta, que viva cerca pero no muy cerca, que desee experimentar el amor con libertad pero dentro de un acuerdo de pareja única, estable, leal y comprometida. ¿Existe tal personaje? Desde luego, en mi entorno inmediato no, ni siquiera en la ciudad en la que vivo. Así, contra todo mi escepticismo, acudí a Internet.
Cada vez son más las personas que encuentran pareja a través de estos servicios cibernéticos y no se si ya se ha hecho una estadística de los “éxitos” de esas uniones, cuántas de ellas realmente resultan en parejas estables, al menos por un tiempo. Hasta qué punto una computadora es el Cupido de la nueva era, ya que son unos cuantos chips los que determinan las compatibilidades.
Digno de un estudio sociológico es también el cortejo a través del ciberespacio. La relación se da de manera totalmente diferente a las relaciones tradicionales, pues se comienza por la mente de la persona, se establece antes que nada una relación intelectual a través de la palabra escrita. Luego, si las cosas van bien, se pasa a la fase de las llamadas telefónicas, de la melodía y la cadencia de la voz, de la palabra hablada. Finalmente viene la prueba de fuego, que es verse cara a cara y donde lo que no se planteó desde el principio con honestidad saldrá necesariamente a relucir. Es ahí donde se da el amor a primera vista, la atracción física, la famosa “química”, cosa que normalmente es por donde se empieza. O se empezaba.
El amor cibernético está replanteando en el mundo la forma de relacionarse y los códigos de honestidad, de ética, de medidas precautorias, de protocolos y pasos a seguir en este ámbito. Territorio virgen que sin duda implica una transformación radical en las relaciones amorosas, en el matrimonio y la familia, en las relaciones de género y de equidad.
En mi caso, acudir a Internet, lanzar un mensaje como en una botella al mar, cambió mi vida. Encontré lo que buscaba.
Sus comentarios son bienvenidos y apreciados: premzia@prodigy.net.mx lorena.careaga@gmail.com
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