Anuncio de primavera
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Cecilia Lavalle |
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Cuando la vi me asusté. ¡A simple vista se veía tan desvalida! Me quedé observándola con pena, casi con tristeza, hasta que la voz de Araceli me sacó de mi ensimismamiento: ¿Ya vio que vienen las plantitas nuevas?
Para empezar ha de saber que eso de tener jardín es nuevo para mí. De niña crecí en pequeños apartamentos donde el verde más cercano se encontraba, si acaso, en el árbol del camellón que podía atisbarse desde la ventana de la sala. Luego, cuando cambiamos de paisaje, mi madre no hizo del jardín una preferencia, así que en casa abundaban las plantas de tela o de plástico con apariencia más o menos natural, que permanecían inalterables lloviera, tronara o relampagueara.

Con esos antecedentes se podrá imaginar que cuando comencé a vivir mi propia vida en mi propio espacio, el lugar para un jardín se convirtió en terreno poco visitado, cuyo remedo de pasto creció no sólo sin mi ayuda, sino a pesar de ella.
Pero llegó el día en que mi hijo y mi hija se fueron de casa a comenzar sus propios vuelos, y entonces un jardín me hizo falta. No porque necesitara a quien cuidar, sino porque necesitaba una bella vista que le trajera primavera a mi corazón que se sentía en invierno.
Tras un par de jardineros que abusaron de mi ignorancia y me timaron, llegó un ingeniero agrónomo que puso y dispuso de mi jardín más con un sentido práctico que de embellecimiento. Decentísimo, el hombre colocó plantas que soportaran el clima de la región y que, si logro vivir unos cincuenta años más, tal vez logre ver embelleciendo ese espacio en todo su esplendor.
Por lo pronto sigo extrañando flores y veo con cierta impaciencia que plantas con hojas de distintos colores crecen más despacio que un hijo. Pero, de todas maneras, miro en las mañanas mi jardín, sonrío, y todo lo que sucede en él me parece un misterio, una novedad, un milagro o una tragedia.
Así pues me asusté al ver que una de mis plantas se había quedado sin hojas. Y me dio pena, porque en verdad se veía desvalida. Ahí estaba pensando si lo apropiado era agradecerle, despedirla y enterrarla, cuando Araceli, la señora que me ayuda a mantener mi hogar en pleno funcionamiento, cambió todo el panorama con su observación. En efecto, unas diminutas hojitas verdes coronaban aquellas varitas desnudas y aparentemente secas.
Me acerqué y entonces vi cómo todas las hojas que antes la vestían estaban en el pasto no con aire de abandono, sino como si hubieran sido despedidas con honores. Y de desvalida mi planta no tenía nada; si bien no podría ser la estampa de la felicidad y la gallardía, lucía muy derechita los incipientes brotes verdes de un futuro anunciado.
La miré largo rato y me acordé de un mensaje, cuya autoría desconozco, pero conservo en el pizarrón de mi estudio: “Una crece cuando enfrenta el invierno aunque pierda hojas, recoge flores aunque tengan espinas, y marca camino aunque se levante polvo”.
Se acerca la primavera, parece decirme mi planta, ¡es hora de recoger flores y levantar polvo!
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
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