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Cecilia Lavalle |
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¿Cuáles sueños son imposibles? Y, en ese caso, ¿quién decide cuáles sí cuáles no lo son?
Ayer mi hija me llamó por teléfono con su desánimo a cuestas. Una materia que es muy importante en la profesión que ha elegido le resulta tan difícil que está a punto de reprobarla. Y no es por falta de esfuerzo o de dedicación, simplemente no ha podido alcanzar el estándar exigido.
—Mamá, a lo mejor no es para mí. A lo mejor no estoy echa para esto. A lo mejor estás equivocada y no es cierto que tenemos talento para aquello que deseamos, para lo que nos gusta. ¿Y si el sueño no es posible?, me pregunta.
Y me preguntó: ¿Quién cataloga los sueños?, ¿Quién es responsable de decidir que éstos son posibles y aquéllos no?, ¿quién les pone la etiqueta?
Recordé a los que hace siglos quisieron volar. Cuántas personas no les habrán dicho una y otra vez que eso era imposible, que estaban locos, que era sólo un sueño.
Recordé a las mujeres que hace siglos deseaban independencia, capacidad para elegir sus destinos, ser ciudadanas con capacidad de votar y ser electas. Cuántos y cuántas no les dijeron que estaban rematadamente locas, que eso era un sueño imposible.
Cuántos maestros habrán pensado que Albert Einstein era un absoluto inepto para las matemáticas y le animaron a dejar los estudios porque lo suyo era un caso imposible.
Cuántos sueños que creíamos imposibles hoy forman parte de nuestra vida cotidiana.
Entonces, ¿qué hace que unos sueños se realicen y otros no?
Supongo que una fe a toda prueba de que el sueño es posible aunque medio mundo diga lo contrario.

Algunos de los sueños “imposibles” que se hicieron posibles, nos entregan otras claves. Esfuerzo, trabajo, tenacidad, perseverancia, entre ellas.
El idealismo tuvo que emparentarse con lo pragmático. No sólo se trató de soñar, sino de la capacidad de dar los pasos necesarios para alcanzar el sueño; de trabajar en el ensayo-error hasta que fue una realidad.
Y esa amalgama me da otra clave: no hay una sola manera de llegar. Hay varios caminos; si uno no da resultado, seguro hay otro.
Es verdad que algunos sueños tardaron generaciones. Es decir, quienes lo soñaron no vivieron lo suficiente como para ver su sueño hecho realidad. Pero entonces ya no estamos hablando de sueños imposibles, sino de sueños de largo aliento, y ésa es otra cuestión. En todo caso, me gustaría suponer que esas personas se sintieron muy satisfechas de haberlo intentado.
Y si eso es cierto para los sueños que cambian al mundo, seguro es cierto para los sueños que simplemente cambian nuestro mundo, el privado, el personal.
En resumen, ¿cómo saber si nuestro sueño es imposible? Creo que sólo intentándolo. ¿Quién otorga el veredicto final de que nuestro sueño es imposible? Apuesto que sólo quien lo sueña.
Todo esto lo pensé después de hablar con mi hija; lo que sí recuerdo haberle dicho es que no debía permitir que nadie le dijera que no era posible alcanzar su sueño, porque, en todo caso, intentarlo la haría feliz.
Y cuando se lo dije a ella me lo dije a mí también. Ahí hay un par de sueños que me revolotean y no les estoy prestando demasiada atención porque he estado ocupada poniendo los pies en la tierra.
“Nuestras dudas son traidoras y nos hacen perder, lo que con frecuencia podríamos ganar, por el simple miedo de arriesgar”, dijo Shakespeare. Claro, otro soñador.
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
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