 |
Cecilia Lavalle |
| |
Venía en un precioso arreglo floral que una amiga me envío por mi cumpleaños. No era, ciertamente, la más bella, pero tampoco deslucía en ese concierto de colores y formas que iban del rosa pastel al borgoña intenso. Tan no deslucía que no la distinguí en el florero. Armonizaba perfectamente. Estaba colocada en el lugar preciso que manos expertas le habían otorgado y hacía su papel con delicadeza y fragancia, como corresponde a una buena flor.

Al pasar los días la noté alicaída. A ella en particular. Así que, me esmeré al cortar con cuidado un poco de su tallo y al rociar agua en su carita. También le dediqué algunas palabras de más. Pese a todo, hacia la tarde tenía la cabeza gacha. Literalmente. Sus pétalos miraban al suelo en una actitud tan penosa que fue inevitable sacarla del escenario y llevarla a otro espacio donde tuviera más soledad y más silencio, como se hace con cualquiera que ande con la cabeza baja.
La puse en un florerito y la llevé a mi estudio, un pequeño espacio lo suficientemente grande para cobijar mis sueños, un par de desvaríos, mis pensamientos en teclado y algunas otras maneras de ser feliz.
Le expliqué que si sentía triste estaba bien por un rato, pero que había que hacer un esfuerzo por levantar la cabeza porque, además de que la vista del suelo no era muy atractiva, su espalda iba a resentirlo terriblemente.
Poco a poco fui notando su enorme esfuerzo por enderezarse. Al principio no fue muy exitoso, pero conforme transcurría la mañana empezó a dejar de mirar el piso de mi escritorio para mirar mi teclado y, al ratito, mis manos y luego mi cuello.
Esa tarde, antes de apagar mi computadora, le di las buenas noches y la felicité por tamaño logro.
Al día siguiente, grande fue mi sorpresa cuando me la encontré perfectamente erguida pero casi sin pétalos. Parecía una guacamaya a la que algún huracán impulsivo la hubiese tomado desprevenida, no obstante lo cual se había defendido con fiereza. De tal batalla sólo le habían quedado tres plumas en la coronilla; eso sí, muy paraditas.
Al mirarla y, confieso, después de reír disimuladamente por su aspecto, me percaté de la enrome dignidad con que estaba erguida. Si no fuera por los escasos tres o cuatro pétalos paraditos que le quedaban diría que estaba en su mejor momento.
Ese mismo día le llevé por compañía a otras flores que francamente ya se habían hartado de la vida en común y deseaban vivir sus últimos días en santa paz.
Y en los días que siguieron fui despidiéndome de cada una, excepto de la copetona que ahí seguía, con sus tres pelitos paraditos muy erguida.
Ayer la despedí. Finalmente sus pétalos se le vinieron a la cara. Murió, eso sí, con mucha dignidad, bien derechita.
Mi flor me dio grandes lecciones en un par de días.
Y luego dicen que las flores no hablan.
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
|