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El centenario

Cecilia Lavalle
 

Hay centenarios que merecen festejarse en grande. Comer, beber, bailar, abrazarnos, reírnos a todo pulmón. Yo estuve en uno y, créanme, será más memorable que algunos de los festejos gubernamentales con motivo del centenario de la revolución mexicana.

Mis adoradas amigas Lía y Alicia cumplieron 50 años cada una, y decidieron organizar juntas lo que llamaron como La Fiesta del Centenario.

Verlas celebrar fue todo un agasajo y una lección.

Antes, cuando una mujer cumplía 50 años, se esperaba que guardara las velas de su barco, tocara, con la mayor dignidad posible, la retirada, se pusiera un chal, tomara posesión del sillón más cómodo que encontrara y se dedicara a cuidar de la tercera generación, o de la generación que le precedía o del perro o de algún jardín abandonado; total, que cuidara algo o a alguien, cual correspondía con su edad.

Pero, los avances de la medicina, las nuevas tecnologías, el nuevo estilo de vida, han roto paradigmas y hoy se arriba a los cincuenta con alma de 20, energía de 30 y cuerpo… Bueno, eso depende del clima, las circunstancias, el ejercicio, la armonía, los astros, la genética, el botox, el acido hialurónico, la liposucción, anexas y conexas.

En fin, el punto es que, dado que todo ha cambiado, las rutas que marcaron nuestras abuelas para atravesar los 50 ya no son útiles en absoluto.

Ninguna de mis amigas de 50, ni yo que estoy a punto de formarme en esa fila, tenemos la más remota intención de arriar velas; al contrario, en más de un aspecto hacemos planes de navegación que serían la envidia de Magallanes.

Y nada más para que no quedará duda, Alicia y Lía con un puñado de amistades cercanas y queridas bailamos en la fiesta del centenario hasta quitarnos los zapatos (aunque luego nos pusimos un suetercito y hablábamos de los desinflamatorios que seguramente necesitaríamos al día siguiente). Comimos como si fuéramos adolescentes (luego compartimos digestivos y hablamos de ensaladas). Bebimos poco, eso sí; pero tequila, cómo que no (por supuesto lo intercalamos con litros de agua de limón con chía). Reímos hasta perder toda compostura, que tampoco era mucha. Festejamos todo lo festejable y olvidamos todo lo olvidable.

A cada una de esas dos mujeres la vida les dio batalla de distintas maneras, y salieron a dar la pelea y sufrieron y las lastimaron y se levantaron y lucharon hasta ganarla o perderla con honor.

Libraron sus propias batallas y también apoyaron a otras a librar las suyas.

Y de todas en las que han participado, han emergido más sabias, más fuertes, con una sonrisa más limpia y más plena.

Una ya es abuela y cuando habla de su nieta se le iluminan, más aún, sus hermosos ojos azules. La otra todavía no termina con su tarea de mamá, así que goza y sufre según las novedades de sus crías, pero cuando sonríe se ilumina todo a su alrededor.

Ambas mantienen sus proyectos personales, participan activamente en distintas organizaciones civiles, escriben libros, van y vienen, y nadie diría que estén buscando un puerto de abrigo, a no ser que sea para proveerse de agua y revisar la embarcación antes de continuar con la aventura.

Verlas es tener la certeza de que los cincuenta es una gran estación, donde lejos de buscar un sillón hay que vivir la vida con toda intensidad, aunque tras bailar se requiera un desinflamatorio; tras comer, un digestivo; y al caer la tarde se necesite un suetercito. ¡Todo fuera como eso!

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

 

 

 
 
 
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