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Cecilia Lavalle |
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La historia, aunque es una palabra femenina, se ha escrito en clave masculina. Los libros de historia, escolares o no, están plagados de las hazañas, los heroísmos, los yerros, los titubeos, las angustias y las decisiones de los hombres. Así sus acciones hayan sido grandes o insignificantes.
En cambio, las acciones de las mujeres, así sean heroicas, hay que rastrearlas con lupa, leerlas entre líneas, sacarlas de algún archivo perdido en la inmensidad de una caja.
Tan la historia se escribe en clave masculina, que en ella las mujeres suelen no figurar o, si lo hacen, a menudo es a partir de la anécdota y, con frecuencia, se nos presenta en calidad de acompañamiento: la amante de, la esposa de, la acompañante de.
Pero la visión masculina con que se ha escrito la historia, no sólo silencia, minimiza o ridiculiza la participación de las mujeres en periodos clave de nuestra historia, sino que resta valor, y por tanto ignora, tareas y actos que históricamente se les asignaron a las mujeres y que en absoluto son menores.
En los frentes de batalla, ¿quién buscaba alimentos?, ¿quién cocinaba?, ¿quién lavaba? Las acciones cotidianas que permitían la supervivencia en sitios prolongados o en refugios temporales, no cuentan como participación en la batalla y, sin embargo, lo fueron y en ocasiones definieron la batalla.
María Soto la Marina, por ejemplo, rompió un sitio militar para llevar agua al ejército insurgente de Javier Mina, cuyos soldados morían de sed porque los realistas habían tomado el río.
Así pues, en la visión tradicional, sólo cuenta el que empuñó el arma y disparó; y no a quien vendió sus bienes para comprar las armas, consiguió al herrero para fabricar balas y fusiles, se envolvió el cuerpo con pertrechos para llevarlos al campo de batalla o cruzó el campo enemigo con cántaros llenos de agua para dar de beber a los insurgentes.
En clave masculina cuenta quien dirigió, así haya sido un desastre, una campaña militar. Pero se ignora a quien sirvió de correo o de espía, a quien cocinó y lavó, a quien dio refugio y escondite a insurgentes, confeccionó vendas con sus sábanas o su ropa, limpió y cuido heridas, enterró a los muertos y cuidó de los vivos.
Se cuenta quien destruyó una ciudad, sirviera eso o no para ganar una guerra. Pero se olvida que cuando la guerra terminó alguien levantó el tiradero y entre las cenizas levantó un hogar e hizo patria.
Muchas mujeres hicieron eso y algunas, además, empuñaron un arma y dirigieron un ejército.
Por eso no sólo es importante rescatar y difundir la historia de las mujeres en las gestas heroicas; sino, además, hacerlo en clave femenina; es decir, redimensionando, revalorando aquellas tareas en las que tradicionalmente fuimos educadas y que pusimos al servicio de la causa.
Porque si no lo hacemos así, sólo cuenta la participación de aquellas mujeres excepcionales que empuñaron un arma, dirigieron un ejército y mataron a otros. Es decir, sólo cuentan las mujeres que tuvieron acciones similares a los hombres. La historia se sigue mirando en clave masculina.
Las mujeres participamos de muchas maneras. Debemos rescatar y difundir esa participación en clave femenina.
Más aún, habría que revalorar las acciones de las mujeres para re establecer la paz, para evitar la guerra, para negociar un acuerdo; o para reconstruir un hogar en medio de las ruinas o una ciudad en medio del desastre.
Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com
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