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Lo que no perdona

Cecilia Lavalle
 

Bien decía el insuperable Germán Dehesa: Dios perdona siempre; los padres, a veces; el cuerpo y la naturaleza, nunca.
De la naturaleza hemos tenido pruebas de sobra en los últimos años. ¡Nada como esto!, dice una mujer angustiada que miro en la televisión. ¡Es lo peor en años!, dice un hombre que mira desolado su sembradío. Ha llovido como nunca, dice el corresponsal de un noticiero.
Pareciera que es el año en el que más se ha ensañado la naturaleza. Y puede ser, en algunos sitios. Pero también sucede que tenemos memoria a corto plazo.
Ayer nos sorprendía Tabasco, antier Chiapas, hoy Veracruz. Ayer Monterrey, antier Guerrero, hoy Oaxaca. Y de nuevo Chiapas, Tabasco.
Cada año es el peor para algunas comunidades. Pero cuando se mira la fotografía completa, llevamos años con los peores registros en lluvias, en huracanes, en inundaciones.
En realidad llevamos años enfrentados con una naturaleza que no perdona. Y a la que, justo es reconocerlo, en general tampoco le hemos pedido perdón; de hecho, muchas personas la siguen ofendiendo a la menor provocación.
Y no sólo la ofenden, también la retan. Se destruye manglar para construir hoteles. Se instala un circo en el lecho seco de un río. Se asienta una comunidad en zona inundable. Se construye un pueblo a la orilla de un río.
Las lecciones no se aprenden.
Falta mucho por aprender en materia de respeto en nuestro país. Mientras no lo entiendan la mayoría de las personas o lo soslayen en aras del interés inmediato, casi siempre económico, la naturaleza seguirá pasando las facturas; y ésas, todas y todos tenemos que pagarlas, así no hayamos contribuido en mayor medida al desastre.
El cuerpo tampoco perdona.
Heme aquí postrada con una enfermedad que, me dicen, seguro es un virus. Puede ser influenza; pero que no me alarme, en todo caso es influenza estacional. Y ha de ser porque se ha estacionado en mi cuerpo hace cinco días y no veo la hora en que emigre. Y emigre de mi casa, porque ya cayó mi marido y mi hijo y la señora Aracelly, que tiene a bien trabajar conmigo. Y emigre de mi ciudad porque los casos de personas de que tengo noticia se multiplican.
Como sucede con todas las enfermedades ésta trae lecciones.
Las institucionales me alarman. Desde mi cama, sintiéndome peor que nunca, me enteré de al menos cinco casos similares al mío en síntomas. Pero no sé de ninguna institución en mi ciudad que lleve un registro. No sé de ninguna medida que obligue a los servicios médicos particulares a llevar un registro. No sé de ninguna investigación que mida si se han incrementado las ventas en farmacia de analgésicos, por ejemplo.
Los antibióticos ya no se pueden adquirir sin receta. Bien. Pero los analgésicos sí y los antihistamínicos también.
Cómo saber si estamos ante un brote que se puede calificar de epidémico. Me temo que sin un sistema de monitoreo eficiente que brinde información oportuna y confiable, para cuando sepamos ya la mitad se habrían aliviado. En el mejor de los casos.
La lección personal no me toma por sorpresa. Pero he sido arrogante.
Le he exigido a mi cuerpo mucho en los últimos meses. Ni bien terminé mi duelo por la muerte de mi padre, una serie de compromisos adquiridos me ha mantenido trabajando horas extras sin descansar en casi dos meses. De modo que era cuestión de tiempo que mi cuerpo dijera: si tú no te bajas, yo sí. Y se bajó.
Así que ni me quejo. Nada más le digo que el genial Dehesa tenía razón.

Apreciaría sus comentarios: cecilialavalle@hotmail.com

 

 
 
 
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